Aventurarse con la cámara en una jungla de dos palmos

Los descampados, yermos periurbanos y cunetas pueden proporcionarnos una aventura naturalista y fotográfica inesperada, además de ser de lo más asequible. Esas pequeñas tierras de nadie en las que nadie repara son el hábitat de multitud de seres que luchan denodadamente por sobrevivir. Impera la ley de la jungla, aunque en este caso sea de escasos dos palmos de altura.

Los herbazales de solares abandonados y cunetas suponen un nuevo e interesante ecosistema, donde la vida surge con sorprendente abundancia. Multitud de especies animales y vegetales se desarrollan aquí, manifestando fascinantes estrategias de vida.

Son las primeras gotas las que bastan para hacer germinar las diminutas simientes que yacían, pacientes y latentes, bajo tierra. Prácticamente, en apenas dos semanas, lo que fuera un suelo yermo y aparentemente inerte, se vuelve toda una alfombra verde y prácticamente mágica.

Y una vez que la hierba brota, que todas esas plantas crecen para alcanzar la luz del sol, la tierra se cubre de un bosque en miniatura. Es entonces cuando el dosel de “malas hierbas” se convierte en un motor del ciclo del agua. Todas las mañanas, los herbazales de cunetas y descampados capturan el agua atmosférica y la conducen al suelo. Pueden retener, en el follaje, entre 50 y 300 gramos de agua por metro cuadrado, según las especies. Pero también funcionan como bombas hidráulicas, que expulsan diariamente entre 1 y 3 litros por metro cuadrado a la atmósfera. Y descended un poquito la cabeza hasta la altura de las hierbas más bajas, notaréis la humedad, que puede llegar a ser del 80 o el 90 %. Todo ello es fruto de la intensa transpiración. Para un pequeño invertebrado que no llega, de lejos, al gramo de peso, es un mundo ideal, donde agua y comida hay a raudales.

Cynodon dactylon. Su acelerada fenología la convierte en una especie de rápida expansión. ISO 200. 1/250 seg. F4. Focal 12 mm.

Y como si de una selva de dos palmos de altura se tratara, este ecosistema encierra una rica biodiversidad, tan interesante como fascinante, donde cualquier individuo puede sufrir una vida dramática, y donde cada día podría ser el último.

Basta con darse un pequeño paseo por un solar abandonado, para acabar con los antebrazos arañados, estornudando y con un sinfín de bichos, de todo tipo, agarrados a tus pantalones. O a tus propios calcetines, que acaban siendo el sumidero de formas iridiscentes, rastreras o venenosas. Incluso algunos ni siquiera son animales. Multitud de frutos tienen cubiertas espinosas y ganchudas para quedar prendidos de cualquier tipo de pelaje.

Coreus marginatus sobre Polygonum vulgare. ISO 200. 1/125 seg, f4. Focal 105mm.

A pastar

La aparición de todo ese follaje comestible supone un aliciente deseado para multitud de invertebrados, ansiosos por crecer y multiplicarse. Para aprovecharlo las especies poseen desde piezas bucales masticadoras, como los saltamontes y escarabajos, hasta auténticas bombas succionadoras con su propia aguja hipodérmica, como es el caso de chinches y pulgones. Para contrarrestarlo, muchas plantas han adoptado diversos mecanismos para disuadir a los insectos. Las gramíneas, por ejemplo, poseen en la epidermis de sus hojas, altos contenidos de sílice que dificultan la masticación. Las labiadas, en cambio, fabrican una multitud de sustancias aromáticas, algunas de los cuales resultan agradables para nuestro olfato, pero que para algunos insectos pueden ser mortales.

En respuesta, muchos insectos han desarrollado una maquinaria enzimática para contrarrestar cualquier tipo de veneno: el “citocromo P450”, una compleja sustancia que han desarrollado diversos grupos de insectos, desde moscas hasta mariposas. Es tan eficaz que incluso les confiere resistencia a ciertos insecticidas.

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