Reportaje relámpago de la erupción volcánica en un glaciar islandés

Y por supuesto, faltaba el factor más decisivo: ¿alguien podía orientarme acerca de la duración de la erupción? Tras enviar algunos correos electrónicos, la información coincidía en una misma línea: la lava podía fluir meses o acabarse mañana mismo. Decidí correr el riesgo de organizarlo todo, volar hasta Reykjavik y cruzar el glaciar para fotografiar, únicamente, unos tristes montones de lava humeante. Por último opté por estar allí algo más de una semana, ya que el mal tiempo era otro posible inconveniente con el que debía contar.

Otro factor jugaba a favor. Islandia es un territorio conocido, casi familiar, en el que me desenvuelvo con soltura. Antes de partir pude mantener una charla sobre la situación con Úa Mattiasdóttir, una periodista islandesa que vive en Barcelona, autora del texto de mi segundo libro de fotografías, “Islandia reflejos en la madrugada”.

El reportaje

La lava va fluyendo en forma de ríos enfriándose poco a poco y ofreciendo al fotógrafo un juego de texturas y luces. Foto: Iñaki Relanzón.

Nada más llegar a la isla, alquilé un vehículo de neumáticos imposibles, casi más altos que yo. Después de tres horas de carretera, mi guía y yo tomamos una pista hacia el interior. La tarde era radiante y tenía que aprovecharla; podía ser la excepción. Atravesamos, durante una hora más, uno de los mayores glaciares de Islandia, el Myrdalsjokull. De lejos ya se veía la columna de humo y gas que emanaba del cráter. Alguna avioneta sobrevolaba a baja altura la erupción. Mentalmente iba repasando los diferentes planos que necesitaba para el pequeño reportaje: imágenes nocturnas de la lava saliendo despedida a baja y alta velocidad de obturación, detalles, turistas al lado del cráter, imágenes aéreas, etc. Como no tenía muy claro hasta que distancia iba a poder acercarme, llevaba varios objetivos, desde un 17 mm. hasta el utilísimo 200-400 mm. e incluso algún teleconvertidor; y por supuesto, el trípode. La temperatura durante el trayecto por el glaciar era de -15 grados centígrados, pero ahora, cerca de la lava, había subido algo.

Uno de los momentos más importantes fotográficamente debía ser el crepúsculo, ese momento en el que la luz de la lava y la luz natural se igualan. Antes, a plena luz del sol, la incandescencia de la lava apenas se vería, y más tarde, ya de noche, la luz del volcán se recortaría contra un fondo completamente negro. Se trataba entonces de trabajar lo más rápido posible, y por ello no había ningún aspecto técnico más complejo que el simple hecho de utilizar velocidades de obturación lentas y el trípode.

Al día siguiente tenía planeado sobrevolar el cráter, los ríos de lava roja que caían hacia el valle y los nuevos campos de lava negra de apenas diez días de antigüedad. Fue imposible. Y los cinco días posteriores no pude hacer nada más que esperar en la habitación del pequeño hotel a que la lluvia, el viento, la niebla y la nieve amainaran. Hay un dicho islandés que dice: “si no te gusta el tiempo que hace, espera quince minutos”. Pero a finales de invierno, en un glaciar a 1.500 metros de altura cerca del círculo polar ártico, el tiempo no cambiaba.

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