La fotografía de cimas, entre el esfuerzo y la plástica

El proceso

Fotografiar cimas no es una tarea sencilla. Muchos temas tienen una aproximación clara, pero las cimas de las montañas pueden abordarse desde muy distintos puntos de vista. No siempre es necesario llegar arriba y fotografiar el mojón o la cruz que marca con exactitud el punto más alto. Hay montañas con carácter y las imágenes que vamos a mostrar a nuestros lectores deberían recogerlo. Otras son impersonales, sin trazos característicos, sin nada que las diferencie claramente de otras montañas. A estas hay que acercarse de otro modo. Habrá que buscar una luz especial, unas condiciones concretas, un ángulo distinto.

Desde mi punto de vista, es necesario conocer bien la montaña para poder sacarle un buen partido. Haberla observado desde distintos puntos de vista, conocer su cima y lo que los humanos hemos construido allá arriba. Saber la hora del día, la estación del año y las condiciones meteorológicas más apropiadas para crear una imagen atractiva, sugerente y descriptiva.

La doble cumbre característica e inconfundible del Pedraforca. Foto: Francesc Muntada.

En algunos casos, se pueden utilizar elementos circundantes para ofrecer un punto más de calidad: un pequeño pueblo, un árbol monumental, un espacio rural, unas nubes de tormenta o nieblas que se arremolinen en torno al pico. O esperar la puesta del sol y recortar la silueta negra del mojón cimero contra un cielo rojo, amarillo y azul.
Hay picos que se fotografían al primer intento. La planificación y las luces encajan a la perfección. Otros en cambio requieren varios intentos, varias ascensiones, varias aproximaciones. Subir y volver a subir o, incluso, ascender y luego preferir la fotografía que se hizo desde lejos, a pie de coche sin esfuerzo alguno.

Pero, para los que amamos la montaña, subir y bajar es un placer. Aunque la montaña nos eche sin regalarnos ninguna imagen remarcable. Antes de ser fotógrafo subía sólo por subir, sólo por el placer de haber estado allí. También hay ocasiones en las que la montaña nos ofrece visiones impresionantes, insólitas, únicas. Recuerdo ascensiones bajo la lluvia que terminaron con luces sorprendentes o días completamente rasos, con un cielo azul blancuzco liso, sin una nube, que acabaron en tormenta de verano. Esos regalos nos reconcilian con la montaña, la que tanto nos quita pero que tanto nos da.

Como todos los proyectos, este empezó con mucha ilusión y terminó con prisas. Siempre hay algún pico que se resiste, que no se deja vencer, que no nos deja ver su cara más amable y nos presenta siempre la más vulgar, la menos atractiva. ¿Es culpa de la montaña o es culpa del fotógrafo que no sabe dejarse cautivar? En mi opinión, no hay que buscar culpables. Hacemos lo que podemos y, si una montaña no nos llega a seducir pues será que no somos sensibles a sus encantos. Al fin y al cabo, cada uno tiene sus gustos y sus pasiones.

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