Los paisajes íntimos y libres de Islandia

La primera vez que visité Islandia, fue un gran choque para mí. Tal vez porque yo era muy joven. O tal vez porque aquel era mi primer gran viaje. O, ¿quién sabe?, tal vez porque Islandia, al margen de las evocaciones personales y subjetivas, es en realidad un paisaje verdaderamente sorprendente.

Aquel primer viaje me dejó probar la isla. Fue una gran aventura personal, visitando cada rincón en autobús de línea regular, acarreando todo mi material en la espalda y durmiendo en tienda de campaña.

A tan poco me supo aquel primer contacto con la isla, que decidí regresar. No quería volver a sentirme como un niño al que dan a probar una chocolatina para después quitársela. Regresé en mi propio vehículo, cargado de comida y rollos de película. Dormí en el suelo durante dos meses (era más joven que ahora, aunque igual de pobre), y fotografié todos los paisajes que tanto había anhelado. Fruto de aquel segundo viaje, publiqué mi segundo libro.

La tercera vez, lo reconozco, mi paso por Islandia, fue casi accidental. Volvía de un largo viaje por Groenlandia. Mis fuerzas estaban justas, pero mi escala de pocos días en la isla, me permitió experimentar la sensación de familiaridad con los cálidos paisajes islandeses.

El pasado verano y con motivo de la realización de un taller fotográfico con 12 alumnos por tierras islandesas, tenía frente a mi un nuevo viaje de 20 días. Pero por supuesto –ya que no soy profesor y ni tan siquiera guía de viajes- esperaba encontrar un aliciente y un reto personal en los paisajes, ahora ya lejanos en el tiempo, para fotografiarlos una vez más.

Resumir los atractivos fotográficos de esta tierra primitiva, donde los elementos fluyen como si el planeta acabara de nacer (en parte así es en Islandia), es un reto muy complejo. El agua, el hielo y el fuego se funden en paisajes violentos, inhóspitos, deshabitados. Pero, en este artículo, he querido destacar tres motivos fotográficos que por sí solo merecen sobrevolar el Atlántico: las montañas de Landmannalaugar, el hielo del glaciar Vatnajökull y algunas de las más bellas cascadas de la isla. Las colonias de millones de aves marinas, como el frailecillo, símbolo del país, son, sin duda, otra gran excusa para viajar hasta Islandia.

Landmannalaugar, montañas creadas para el fotógrafo

¿Alguna vez habéis estado en algún lugar que parece haber sido concebido como un decorado para los fotógrafos de paisaje? sin duda, ese es Landmannalaugar. Todos los factores que un fotógrafo puede desear para poder componer una bonita escena se dan lugar allí: el relieve, los colores, las texturas y por último, la dramática luz.

Landmannalaugar está situado en un lugar más o menos recóndito de la Isla, y el recorrido para llegar ya es en sí mismo un espectáculo en el que el paisaje va cambiando de las suaves llanuras fluviales de la costa del sur, desde donde se accede, a montañas de riolita volcánica cada vez más altas, que confieren al lugar una sinfonía de amarillos, verdes, negros y rojos, todo ello adornado por los neveros blancos de las cumbres y los valles cerrados, que ni siquiera desaparecen en verano. Para llegar al valle central, en el que está ubicada la única zona de acampada y un pequeño albergue, hay que recorrer una pista sinuosa y cruzar unos cuantos ríos, algunos, intimidadores.

Foto: Iñaki Relanzón

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