Península Valdés

Viento y cielo, mar y tierra inacabables repletos de fauna. Así se manifiesta una de las regiones más salvajes del Cono Sur. Álex Martín nos relata sus encuentros bajo el azote de la ventisca.

Lo que el viento nunca podrá llevarse

Las cortinas de lluvia en el horizonte tamizaron la puesta de sol cerca de Puerto Pirámides, regalándonos un contraste de colores fríos y cálidos especialmente atractivos. Nikon D70, zoom Nikkor 18-35 mm f/3’5-4’5 AF D IF-ED, posicionado en 30 mm, 1/2 sg a f/22, 200 ISO.

La búsqueda de un motivo se hace difícil cuando la elección se debate entre orcas, ballenas, lobos y elefantes marinos, pingüinos, guanacos, maras, armadillos y un gran número de aves. Todo ello enmarcado en un paisaje de 4.000 km2, que en un principio se presenta desagradable, pero que inevitablemente se tatuará en la memoria. No en vano, la UNESCO lo declaró Patrimonio de la Humanidad.

Un vasto territorio, parco en vegetación. Rodeado por un mar que se diluye sutilmente en el azul de un cielo resquebrajado de nubes. Tres elementos desiertos. Eso es lo que Península Valdés podría parecer a primer golpe de vista. Vamos a romper un tópico.

Lo primero que llama la atención son los cielos que sobrevuelan nuestras cabezas conforme entramos por el istmo Carlos Ameghino, que une el continente con la península separando los golfos Nuevo y de San José. Espectaculares nubes se pasan el día destacando los latigazos del viento patagónico y conforman una delicia durante toda la estancia a aquel fotógrafo que quiera aprovecharlas.

Primera advertencia: Tened mucho cuidado con vuestro equipo y mantenedlo en todo momento protegido del viento. Más de un fotógrafo ha tenido problemas por la arenilla que ha entrado en su objetivo, inutilizándolo. Intentad hacer el cambio de objetivo en un lugar resguardado para evitar que el sensor se ensucie. La típica mota de polvo, aquí se puede convertir en una auténtica duna.

Tras una larga espera descubrimos a esta orca (Orcinus orca) saliendo a mar abierto. Nikon D70, Nikkor 400 mm f/5’6 ED-IF, 1/160 sg a f/8, 200 ISO.

Seguimos avanzando y mientras, como si de un imán se tratase, el constante viento nos empuja hacia el interior de la península, con lo que empezamos a oír las ruidosas aves que habitan en la cercana isla de los Pájaros. Buen lugar para hacer un pequeño receso, abonar la entrada a la Reserva Faunística Integral de Península Valdés, visitar el Centro de Interpretación y el Museo Regional Fuerte San José, donde podemos atiborrarnos de toda la información que creamos necesaria para sacar el máximo provecho de este solitario paraíso.

Puerto Pirámides: el feudo de las ballenas francas australes

A unos 25 km podremos empezar a divisar el único núcleo urbano de la península: Puerto Pirámides. Nos encontramos ante el centro neurálgico por excelencia del avistamiento de la ballena franca austral (Eubalaena australis). Sin duda un lugar perfecto para situar el campamento base, preparar el material fotográfico y empezar a explorar los 260 km aproximados de costa que perfilan la península y unos 400 km de pistas de tortuoso ripio que delinea una maraña de telarañas en su interior.

Ballena franca austral (Eubalaena australis) asomando la cola bajo la lluvia. Nikon D70, zoom Nikkor 80-200 mm f/2’8 AF-S D IF-ED posicionado en 92 mm, 1/1.000 sg a f/2’8, 1.600 ISO.

En Puerto Pirámides la brisa transmite una calma extraña. Vale la pena empaparse de ella antes de subirse a alguno de los múltiples barcos que salen de la playa para buscar los ansiados cetáceos. Acostumbran a llegar en junio, habitando las aguas del golfo hasta diciembre para cortejarse y dar a luz a sus crías.

La forma de entrar al mar es sorprendentemente curiosa: Un tractor, mediante un remolque, ayuda a la barca a recorrer los metros de arena que la marea ha dejado al descubierto. Coloca la embarcación en el agua y suelta los cabos. Ahí empieza el festival.

Se trata de unos animales extremadamente curiosos y no será difícil de que en cualquier momento se acerquen lo suficiente a la embarcación como para que envíe al traste toda esa calma que hemos ido acumulando a lo largo de nuestra estancia. En ocasiones, la primera que se acerca a la barca es la cría, seguida muy de cerca por un adulto con el que, no cabe duda, con sus casi 17 metros y cerca de 30 toneladas, se siente segura. Si además se tiene la fortuna de verlas saltar, entenderéis lo difícil que se me hace expresarlo en este artículo. Espero que cada uno de los que leáis esto podáis llegar a tener la oportunidad de describirlo.

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