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Reportajes



Namibia: sueños de un fotógrafo

Por: 
José María García de Francisco

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Namibia es uno de los destinos más atractivos del globo para el fotógrafo de la naturaleza. Son muchos los motivos que pueden decidirnos a emprender un viaje fotográfico por este país surrealista. Sus increíbles paisajes desérticos incluyen lugares tan fascinantes como el Fish River Canyon, el desierto de Namib o la Costa de los Esqueletos. También encontraremos uno de los parques nacionales más emblemáticos y cómodos de Africa, Etosha.
Namibia tiene una de las densidades de población más bajas del planeta. Ocupa una extensión similar a la de una vez y media España y tiene algo más de un millón y medio de habitantes. Salvo en las contadas ciudades como Windhoek, Swakopmund, Walvis Bay o Lüderitz, apenas si tendremos oportunidad de relacionarnos con la población local. Aquí no encontramos el bullicioso colorido africano de la costa Swahili de Kenya y Tanzania. Estamos en Namibia, un desierto.
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Iniciamos nuestro viaje en Sudáfrica, atravesando el río Orange en dirección norte hasta el Fish River Canyon, primera parada obligada. Se trata del segundo cañón más largo del mundo y, sin duda, uno de los más espectaculares. Su origen se remonta a los tiempos geológicos del Mesozoico, unos 130 millones de años. Tiempo más que suficiente para que este pequeño afluente del río Orange haya modelado un paisaje que hará las delicias de los fotógrafos en las últimas horas del día. El cañón se puede recorrer en avioneta. Sólo desde el aire nos haremos una idea de la geomorfología de este espacio mágico. En el área abundan extrañas plantas del desierto como el kokerboom o quiver tree (Aloe dichotoma) cuya corteza era utilizada por los khoisan (bosquimanos), para la confección de sus carcaj. El milk bush o arbusto de la leche, llamado así por la secreción lechosa (látex) que fluye cuando se rompe una ramita verde - ¡cuidado con chuparse luego los dedos! Es muy tóxica, pudiendo ser mortal.- Las euforbias y acacias nos recuerdan que estamos en África.
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Siguiendo en dirección noroeste encaminamos nuestros pasos hacia otro de los platos fuertes del viaje, el desierto de Namib. Se trata de uno de los desiertos más viejos y hermosos del mundo. Es conocido por sus altas dunas -alguna alcanza los 300 metros- de un llamativo color rojo teja que se debe a la presencia en la arena de un mineral, la almandina, muy común en esta zona de África. Con las luces laterales de la mañana y la tarde, las aristas afiladas de las dunas definen una línea perfecta de separación entre luces y sombras. En este momento el fotógrafo podrá deleitarse con la composición, obteniendo imágenes abstractas y sensuales de enorme plasticidad. Otros motivos que sin duda nos llamarán la atención son las cercanas montañas de Naukluft, increíbles cielos, plantas de desierto, suelos desnudos, insectos, puestas de sol, oryx...
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