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Reportajes



Diez días en Finlandia

Osos

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Al día siguiente partimos temprano en dirección al área de Kuhmo, al este del país, fronteriza con Rusia, con la intención de fotografiar nuestros primeros osos pardos (Ursus arctos), aunque un encuentro fortuito en el camino nos permitió fotografiar antes algunos ejemplares de los poco más de mil quinientos renos (Rangifer tarandus) salvajes que pueblan Finlandia, ya que, según nos explicó Harry, el resto, hasta bastantes miles, son domésticos.
Aquella misma tarde, a eso de las cuatro, una guía del Wild Brown Bear, pues así se llamaba el lodge que nos acogería durante los dos próximos días, nos explicaba las condiciones, silencio, sobre todo, a las que tendríamos que atenernos durante las catorce horas siguientes, las cuales pasaríamos enclaustrados en uno de los hides estratégicamente situados en una de las orillas de un pequeño lago próximo. Estos hides fijos están construidos con madera, la mayoría pueden albergar a dos o tres fotógrafos, y cuentan con una litera en la que el fotógrafo aburrido, o simplemente el más agotado, pueda descansar. Disponen también de un recipiente en el que realizar las necesidades fisiológicas, porque la prohibición de abandonarlo durante el plazo señalado es tajante. Proveen también a los usuarios de bocadillos, agua y café para pasar la noche, así como mantas y sacos de dormir, porque, a pesar de ser verano, puede hacer bastante frío. En nuestro caso, la temperatura nunca bajó de los tres grados, pero por la mañana el café caliente se agradecía. Al “anochecer”, en teoría, los osos y, si la suerte es mucha (que nosotros no tuvimos), algún glotón (Gulo gulo), se acercarían a la orilla situada frente a las mirillas de los hides para alimentarse con los cebos previamente depositados.
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Cuando pasan las horas y la luz mengua, y sólo unas gaviotas perezosas animan un poco la otra orilla, dudas sobre si el sistema funcionaría. Pues sí.
La emoción de ver aparecer el primer oso en la lejanía, y seguir a través del teleobjetivo su andar pausado, majestuoso aunque no exento de cautela, es indescriptible, pero cualquier fotógrafo de la naturaleza me entiende, ya que seguramente vivió parecida situación con alguna otra especie, grande o pequeña, objeto de deseo fotográfico. En los hides dejaron de oírse carraspeos, toses y conversaciones veladas, aunque el silencio fue efímero, porque enseguida, a pesar de la lejanía del plantígrado, como si los fotógrafos fuéramos presa de alguna especie de histeria colectiva, se llenó el aire con el metralleo convulso de nuestras cámaras.
Fueron unos minutos en los que el oso, imagino que habituado a tales efusiones, ignoró por completo lo que, desde su orilla, sonaría como un chirriante susurro metálico, y se dedicó sin demora a la seria actividad de buscar su comida. En las horas siguientes, las que aquí llamaríamos “noche”, algún otro oso desfiló ante los objetivos con desigual fortuna para nuestros intereses fotográficos, debido unas veces a la luz y otras al encuadre malogrado por algún elemento discordante. Cuando dejaron de venir, las últimas horas como antes comenté, hasta las siete no podríamos salir de los hides— transcurrieron entre las inevitables cabezadas y la aparición fugaz de algún porrón osculado (Bucephala clangula) que animaba la vigilia.
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Al día siguiente repetimos la sesión, aunque desde otro de los hides, con el fin de cambiar la perspectiva. Ya más relajados, aquella tarde-noche-mañana discurrió también de forma satisfactoria, aunque con menos disparos en nuestro haber, ya que Harry nos había confesado, cuando comentamos la mala suerte de haber perdido alguna toma el día anterior, que no nos preocupásemos, que el sitio bueno para los osos sería el que visitaríamos más adelante. Y dado que nuestro emplazamiento estaba situado cerca de unos árboles secos, después de que los osos se ausentaron, las horas muertas fueron amenizadas por las idas y venidas de una pareja de pico picapinos (Dendrocopus major).
Nuestro periplo nos llevaría luego hacia el norte, hasta Martinselkonen, donde disfrutaríamos de otras dos jornadas con los osos, en las que, entre la experiencia acumulada, la belleza del entorno y la variedad de ejemplares que se pusieron al alcance de nuestros objetivos, que llegaron a rozar literalmente en alguna ocasión, mejoraron notablemente nuestras imágenes.
Entre ambas sesiones tuvimos oportunidad de fotografiar otras especies, como ardillas, lúganos, camachuelos o picapinos, que acudían a un comedero instalado cerca del albergue, que no despreciamos, naturalmente, aunque a costa de seguir aumentando el déficit de sueño.
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