Las fascinantes aves nocturnas
Aquel mismo día nos desplazamos a una zona situada al suroeste de Lumijoki, donde pudimos fotografiar cárabo uralense (Strix uralensis), con dificultades, ya que el bosque era muy tupido y la rapaz muy desconfiada, y pico tridáctilo (Picoides tridactylus), éste en mejores condiciones, ya que su nido estaba en un pequeño árbol solitario, no lejos de una pista de tierra que cruzaba un bosque recién talado, y la pareja se mostraba bastante confiada.
El día siguiente, poco después de las cinco de la mañana, nos adentrábamos de nuevo en el bosque cercano a Oulu. El objetivo consistía en localizar al mochuelo chico (Glaucidium passerinum), del cual Harry tenía noticias de que había criado en una caja nido. A ésta la localizamos enseguida, pero al mochuelo… Aunque había leído algo sobre él y visto algunas fotos, no fui consciente realmente de su tamaño hasta que Harry lo señaló posado en una rama a algunos metros sobre nuestras cabezas. En la penumbra del bosque, se diría que un gorrión enfurruñado, quizás por haber roto su feliz sueño, nos observaba con severidad. Para mí, amante de las rapaces nocturnas, su simple visión satisfizo un deseo de años, que nunca creí podría hacer realidad. Para mi colega Luis, aunque lo ametralló inmisericorde con su 500 mm f/4, su imagen se convirtió durante unas horas en lo más gratificante que le había sucedido en su corta experiencia de cazador fotográfico.
Poco después abandonamos el lugar, siguiendo la norma de no molestar en exceso a las aves, deambulando por la zona en busca de un urogallo (Tetrao urogallus) de cuya presencia habían informado a nuestro guía. Aunque aquél no apareció, días después pudimos fotografiar una puesta de esta especie. Antes de partir hacia al norte, en dirección hacia el área de Kemi, lindante con Laponia y el círculo polar ártico, tuvimos tiempo de poner a prueba el enfoque de nuestros objetivos con los acrobáticos vuelos de las gaviotas enanas (Larus minutus), que se alimentaban capturando sus presas en la superficie de una pequeña laguna.
Esa tarde nos aguardaban lechuza gavilana (Surnia ulula) y cárabo lapón (Strix nebulosa). A la primera, una vez localizado el lugar en que presumiblemente se encontraba, un bosque con zonas pedregosas despejadas, no tardamos en descubrirla observando las evoluciones de aves más pequeñas que la acosaban. Acabó posándose en una rama alta de un viejo árbol seco, donde los otros pájaros la dejaron en paz y nosotros pudimos llenar una tarjeta de memoria con su imagen.
Al final del día nos dirigimos a una zona próxima donde se hallaba el nido del cárabo lapón. Nada que ver con el mochuelo chico. De tamaño equivalente al de un búho real, parecía aguardarnos, majestuoso, imponente en su percha, sin mostrar, en principio, excesivo recelo, y nos permitió hacer varias fotos. Aunque cuando nos aproximamos al nido, su actitud cambió. Éste se hallaba a unos ocho o nueve metros del suelo, y sobre un árbol próximo y a una altura equivalente, habían instalado una especie de hide al que le faltaba bastante para llegar al metro cuadrado, supongo que para que pasara más desapercibido, amarrado al tronco. Hasta él se accedía a través de tres tramos de escalera de aluminio. Cuando contesté afirmativamente a la pregunta de Harry de que si quería subir para intentar alguna foto cebando, me preguntó si tenía vértigo y a continuación me dirigió un pequeño discurso cuyo resumen me hizo Luis: la empresa no se hacía responsable del batacazo que podría darme y que si subía era por propia iniciativa. Miré hacia el hide y el asunto no me parecía tan dramático. De acuerdo, entonces. Luego sugirió que tendría que subir con la mochila a la espalda porque cabía la posibilidad de que el cárabo atacase en plena ascensión, y entonces debería quedarme quieto y encogerme delante de la mochila para que hiciese presa en ella. Volví a mirar hacia el hide y…
Comencé a subir. Puedo aseguraros que entre la excesiva flexibilidad que mostraba la escalera cuando trepaba por el segundo tramo, la danza que inició el árbol que soportaba el tinglado, los casi quince kilos a la espalda y los gritos de Harry y Luis, ¡ataca!, en finlandés y español, respectivamente, me entraron unas ganas tremendas de jubilarme de la fotografía de aves. Pero cuando me aseguré que el cárabo no me tocara y oí los disparos de las cámaras de mis compañeros que comentaban encantados la situación del nuevo posadero del cárabo, iluminado por el único rayo de sol que traspasaba las copas de los árboles, seguí. Mis penurias no terminaran, claro. En el hide, tanto el escaso espacio como su oscilación, dificultaban enormemente cualquier movimiento. Y además, ¿nunca notasteis que desde lo alto de un árbol la perspectiva es de gran angular, que parece duplicar la distancia al suelo? Creo que nunca fui tan cauteloso realizando la simple acción de sacar el teleobjetivo de la mochila, acoplarlo a la cámara y montar ambos sobre el trípode, que previamente alcé por medio de una cuerda. Cuando por fin acerqué mi ojo al visor encontré al otro lado dos pares de enormes ojos rodeados de un antifaz negro que me miraban entre curiosos y asustados. La luz era ya muy escasa dentro del bosque, pasaba de las diez de la “noche”, y tuve que poner a prueba el 650 ISO de mi Nikon. Y bueno, el resultado tampoco es para llorar.
Cuando descendí y quise aportarle a Luis mi experiencia para subir y fotografiar los pollos, declinó la invitación. Pero nada que ver con los veinte centímetros que me saca en altura, y algo más de esa cifra en peso, ni las dificultades para mantener el tipo allá arriba. No, "la luz no era buena", incluso para su 5D. Y si además ya había hecho unas extraordinarias fotos de uno de los adultos… Ejemplar, por cierto, que destronó al mochuelo chico del pedestal de sus preferencias.