Finlandia al fin
Cuatro horas de avión nos pusieron en Helsinki, apacible y cuidada ciudad cuya visión sólo pudimos disfrutar durante el breve trayecto entre el aeropuerto y la estación de ferrocarril, ya que la hora de que disponíamos entre ambos transportes la ocupamos en sacar los billetes, y tomar unas cañas, aporte imprescindible para afrontar las más de seis horas de viaje hasta Oulu.
Éste discurrió a través de lo que parecía un único bosque compuesto sobre todo de pinos silvestres, píceas y abedules que se elevaban sobre una alfombra de arándanos. Aquí sí que la famosa ardilla ibérica no tendría problemas para viajar cientos de kilómetros sin descender de los árboles. Ni los pequeños pueblos que cruzábamos rompían su continuidad, sino que armoniosamente parecían formar parte de él con sus árboles llenando todos los espacios que no ocupaban construcciones o calles. De hecho, durante algunas horas, llegué a pensar que en la zona por donde transitábamos escaseaban los lagos, aunque luego me di cuenta de que simplemente los ocultaban los millones de árboles que bordean la vía en todo su trayecto.
Llegamos a Oulu poco después de la medianoche. En la estación nos esperaba Harry, que prácticamente no se separaría de nosotros en los días siguientes. Al llegar al hotel, en Kempele, a pocos kilómetros de aquélla ciudad, media hora después, ya la luz comenzaba a excitar nuestros propios sensores fotográficos. Harry sugirió las seis de la mañana como buena hora para comenzar la primera excursión. Nuestro “sí” fue tan convincente y despreocupado que al día siguiente nos propuso las cinco. Aceptamos, por supuesto. Supongo que cuando al tercer día nos insinuó las dos como hora de partida, quiso someternos a prueba, pero asentimos sin pestañear. Menos mal que a esa hora cayó un pequeño chubasco y por unanimidad pudimos dormir un par de horas más. Aunque, para información de lectores aguerridos, este narrador ya estaba duchado le tocaba el primer turno y listo para la salida.
Bromas aparte, el hecho es que en esa época del año y en aquella latitud, con buen tiempo, como sucedió gran parte de los días que estuvimos allí, la luz es extraordinaria durante prácticamente las 24 horas. El sol se oculta menos de dos horas, y aún en ese tiempo la luz, equivalente a la de nuestros mejores crepúsculos, es suficiente para realizar fotografías de fauna, sobre todo usando las altas sensibilidades que permite una Canon sin que el exceso de ruido las malogre. Como consecuencia de ello, la vida de los fotógrafos fue absolutamente irregular, por lo menos en lo relacionado con el sueño, durmiendo a salto de mata y cuando el cuerpo no aguantaba más.
Volviendo al primer día, nuestro debut fotográfico en Finlandia tuvo lugar en Niilesjärvi, pequeño lago situado al Este de Oulu. La mañana era tranquila, radiante, aunque algo fresca. Antes de abandonar el coche, Harry nos previno contra lo que él llamaba “la fuerza aérea finlandesa”. En principio nos pareció una exageración el proveernos de sendas mosquiteras que nos cubrían de cabeza a rodillas. Pero no habíamos avanzado unos metros cuando cada uno de nosotros se vio cubierto de una nube compuesta de cientos de mosquitos que competían con saña para conseguir un milímetro de cuerpo en el que hincar su trompa. Nos faltó tiempo, a Luis y a mí, para recurrir, como complemento de la prenda mosquitera, a un poderoso repelente de insectos que, previsores, habíamos llevado. Harry, más acostumbrado a estos ataques, se mostró más flemático y declinó nuestro ofrecimiento de compartir el repelente.
En la orilla, una libélula recorría incansable su territorio y un archibebe claro (Tringa nebularia) marcaba el suyo con un estridente canto que aquí nunca pude oír. A Luis y a mí ya nos bastaba para intentar alguna foto, pero Harry nos detuvo. “Gavia arctica”, entendí, y traduje “colimbo ártico” a Luis, aunque no lo necesitase. Pero nuestro convenio previo me obligaba: yo me las arreglaría para entendernos con el nombre científico de las aves, que Harry manejaba con soltura, y él con el inglés para cualquier otro aspecto de la vida diaria.
Harry extrajo de su mochila un reproductor MP3 con un pequeño amplificador. Enseguida oímos el grito enlatado del colimbo, que, desde nuestros pies, se extendió melancólico, como en las viejas películas, por el límpido aire. Harry se impacientaba mientras observaba con sus prismáticos la superficie del lago, pero súbitamente montó su Canon 300 mm f/2’8 en la Eos 30D y dijo algo, que Luis no tuvo necesidad de traducir. Un colimbo se oyó a lo lejos y pronto pudimos verlo, nadando decidido hacia el “intruso” que osaba invadir su territorio. Sauces y carrizos que salpicaban la orilla nos ocultaban parcialmente. Las mosquiteras también contribuían a camuflarnos. Después de algunas inmersiones de las que cada vez emergía más cerca, el colimbo surgió tan próximo a nosotros que la sorpresa fue mutua. Luis disparaba cortas ráfagas con el 500 mm f/4 a pulso, y yo con el 200-400 mm f/4 de igual forma. Lo de Harry era un metralleo constante. A veces se acercaba tanto que dificultaba o hacía imposible el enfoque. Durante unos minutos y más de un centenar de fotos nos olvidamos de lo que pesaban los objetivos y de los mosquitos. Y cuando Harry lo creyó oportuno, sugirió la retirada, para evitar que el colimbo se estresase, tanto por nuestra presencia como por la tensión que le suponía responder al reto del competidor invisible, cosa ésta que hizo sin dudarlo en ningún momento. En alguna otra ocasión utilizamos esta técnica de reclamo, con resultados dispares, aunque en todas ellas durante un breve lapso de tiempo, ya que Harry, como era de esperar y nosotros deseábamos, era absolutamente respetuoso con las especies que queríamos fotografiar.