Texto y fotos de Fernando Puche.
Prólogo de Valentín Sama.
Artual, 2007; 96 páginas, 40 fotografías en blanco y negro, 25x26 cm, en cartoné.
Idioma: Bilingüe, castellano e inglés.
Si hay una trayectoria sólida entre los paisajistas españoles, tanto por su trabajo como por sus planteamientos, ésa es la de Fernando Puche. Nos lo demuestra en esta ocasión mediante una obra que se sale de la norma habitual entre los fotógrafos de la naturaleza de estos pagos. Su viaje imaginario ha tomado el derrotero del blanco y negro, con un porfolio de imágenes meditadas, pausadas, donde el tiempo se desvanece al discurrir por territorios solitarios en estrecha intimidad con la naturaleza, presentado en una edición de lujo en la que se ha cuidado hasta el menor detalle.
“No nos encontraremos enteramente solos, pues las palabras del autor nos acompañan como un amable guía que no impone, sino que sugiere una reflexión individual para que cada uno realice su propio viaje, volando sobre las huellas de plata dejadas por el fotógrafo.”
Valentín Sama
Al recibir el libro y echar un vistazo para saber de lo que se trataba, no pude menos que dejarlo a un lado a la espera del momento adecuado para disfrutarlo. Como si de un buen oporto se tratara, merecía ser degustado con la tranquilidad y descanso necesarios para paladearlo y descubrir cada una de sus esencias. El viaje imaginario, tomando como metáfora el agua que busca un mar utópico, atravesando bosques y dejando atrás rocas erosionadas. El río que se aleja, discurriendo por cañones en busca de su meta, el mar primordial, siempre presente en su memoria geológica. Constantemente peregrinando desde su origen hasta su destino, tampoco allí cesará su movimiento, bañando su agua los cantos rodados de la orilla y los farallones que se alzan en la costa. Quizás el fotógrafo buscara otras sugerencias, pero la obra no es sólo lo que nos ofrece el autor, sino también lo que encontramos en ella.
Por eso, antes que hacer valer unas impresiones personales, volvemos a recurrir a la entrevista como forma de acercamiento a la obra y su autor. Tras el primer libro,
Fotografía y naturaleza: Más allá de la luz, que recogía un porfolio en color acompañado de textos, siguió un segundo título,
El paisaje interior: Reflexiones de un fotógrafo de naturaleza, con marcado carácter ensayístico al recopilar una colección de artículos publicados en distintos medios y acompañados de algunas imágenes en blanco y negro. En esta ocasión estamos ante un porfolio donde todo gira en torno al disfrute de una selección de imágenes en blanco y negro. La primera pregunta es obvia:
¿Ha basculado la trayectoria del autor hacia el abandono del color?
Nunca he abandonado el color. Me sigue atrayendo poderosamente la extraordinaria gama tonal que nos ofrece la naturaleza. Sin embargo, cuando uno ha fotografiado verdes esmeraldas, azules turquesa, ocres saturados, rojos incandescentes o amarillos chillones (y muchos de los colores entre medias), entonces el interés parece desplazarse, al menos en mi caso, hacia la composición de la imagen más que hacia su colorido. Así, además de que el blanco y negro fue siempre para mí una asignatura pendiente, la ausencia del color me obliga a prestar más atención a los aspectos compositivos de la imagen, olvidándome de plasmar las fantásticas tonalidades que me ofrece el mundo natural. Al principio te resistes a dejar esos territorios que dominas y en los que te sientes más a gusto, pero esa comodidad entierra muy a menudo todo nuestro potencial creativo.
Cambiar del color al blanco y negro es complicado. Mucha gente sigue pensando que éste último es más artístico que el primero, lo cual es solamente un indicio de ignorancia y de oclusión mental. Además, muchas de las personas que afirman tal cosa, generalmente no fotografían en color, precisamente porque es bastante más difícil sorprender al espectador con una imagen que tenga los mismos colores que nosotros usualmente vemos. Sin embargo, el paso de uno a otro requiere un aprendizaje que a mí me ha llevado años. Al principio, mis fotos en blanco y negro eran muy malas, simples imágenes que carecían de color: fotos que necesitaban colorido y yo se lo había quitado por el simple hecho de utilizar una película en blanco y negro. Aprender a distinguir qué fotografías requerían del color y cuales del blanco y negro me ha supuesto el esfuerzo necesario para dejar de ver siempre lo que me rodea (al menos cuando llevo la cámara encima) en términos de tonalidades y saturaciones. Este libro es la prueba de que, finalmente, el aprendizaje ha dado sus frutos.
Es sorprendente que en España se edite un libro como éste, por varios motivos. Por una parte, son pocos los porfolios fotográficos dedicados al paisaje en sí, pues aunque hay muchos libros con fotografías de paisaje éstos suelen centrarse en describir con más o menos arte un espacio natural o comarca. Sin embargo, te centras en un paisaje descontextualizado, donde no hay elementos señeros y reconocibles de nuestra geografía. Incluso incides más en los elementos modestos y cercanos del paisaje, como rocas y troncos caídos, que en las vistas. Los iconos paisajísticos, de obligado peregrinaje fotográfico para la mayoría, aquí están ausentes. ¿Qué presupuestos han dirigido la selección de imágenes?
En mi caso, descontextualizar las imágenes siempre ha sido uno de mis objetivos prioritarios. Salirse de la fotografía documental significa precisamente evitar lo que ve todo el mundo y mirar más profundamente. En una imagen donde se reconozca el lugar es mucho más fácil que el espectador dé prioridad al enclave sobre la mirada del fotógrafo. En este caso, suele ser el espacio el que se impone a la mirada personal del autor.
En realidad, seleccionar las imágenes para este libro no ha dependido de si se identificaban los lugares o no, puesto que intento por todos los medios que el lugar quede en un segundo plano a la hora de realizar una fotografía. En este caso, la selección la realicé simplemente entre el material de blanco y negro que había hecho en los últimos cinco años: aquellas imágenes que más me transmitían. De hecho, si el libro sólo contiene 40 imágenes es porque no he encontrado más, entre mi producción monocroma, que me satisficiese realmente. Un número reducido de fotografías, además, ayuda a realizar una publicación más limpia donde se disfrutan mucho mejor las propias imágenes. Por otro lado, el título de Un viaje imaginario hace referencia precisamente al viaje mental que todo autor ha de realizar cuando busca en el entorno aquello que finalmente decidirá trasformar en imagen. Un viaje activo y sobre todo emocional.