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Reportajes



Península Valdés

Lo que el viento nunca podrá llevarse

La caleta Valdés: el paraíso de las orcas

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Saliendo de la punta Delgada hacia el norte siguiendo la RP47, la implacable pista de ripio nos conduce hasta la caleta Valdés.
Da la impresión de como si el viento se hubiese esmerado por construir una fortificación de arena e islas para que los lobos marinos de un pelo y las orcas (Orcinus orca), mientras la marea lo permita, se vean obligados una buena parte del día a vigilarse sin tregua.
Estamos hablando básicamente de una delgada franja de tierra, de aproximadamente unos 30 km de largo, la cual encierra una cuchara de mar que desemboca en el océano por una pequeña boca en su parte más septentrional. Su interior, compuesto por canales y planicies esparcidos por la marea caprichosamente, se convierte en un deleite de remansos protegidos del embate de las olas. Ahí es donde hemos de prestar el máximo de atención.
En el extremo sur de la caleta Valdés, concretamente en la punta Cantor, encontraremos el parador La Elvira, donde podremos repostar fuerzas y consultar al guardaparques el estado de la marea. Justo ahí está situado un mirador hacia el mar con una importante colonia de elefantes marinos (Mirounga leonina) y una escalinata que nos permite acceder más cómodamente a su intimidad.
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Una vez tengamos clara la frecuencia de las mareas, nos dirigiremos por un sendero que recorre la costa en dirección norte hasta llegar a una baranda que nos sitúa justo delante de la desembocadura de la caleta Valdés. Estamos ante el punto donde más posibilidades tenemos de poder ver orcas. Hemos de estar en el momento en que la marea empiece a subir y se alcance la suficiente profundidad como para que su cuerpo de 9 metros de largo y 8 toneladas pueda acceder por ella. Una vez ahí las orcas recorren los 35 km hacia el norte patrullando para que, en caso de que algún elefante o lobo marino se despiste, les sirva de banquete. La técnica, que todos conocemos al haberla visto en un sinfín de reportajes en televisión, consiste en que si alguna de las posibles presas está lo suficiente cerca de la orilla y aprovechando las playas de suaves cantos rodados, las orcas realizan un varamiento intencionado exponiendo una gran parte del cuerpo al intentar atrapar a la posible víctima, cosa que se produce en uno de cada tres intentos. Si os encontráis en el momento en que la marea está baja, es más seguro esperar en la punta Cantor a que salgan e intenten hacer algún ataque.
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Se trata de unos animales magníficos, envueltos de una magia especial. Sólo con poder observar su aleta dorsal cortando el agua produce una sensación indescriptible. Si tenéis la suerte de fotografiar alguna no olvidéis transmitir la información al guardaparque, que os la devolverá con el nombre del individuo en cuestión pues, en este caso, no estamos hablando de simples individuos, ya que aquí la gran mayoría de las orcas tienen nombre propio y la gente del lugar conoce su familia, sus hábitos e incluso, si demostráis un mínimo de interés, os explicarán cosas de su carácter.
Para fotografiar a estos bellos animales os recomiendo que utilicéis el teleobjetivo más largo que el bolsillo os permita, pues no estamos ante unos animales confiados y nunca se sabe dónde pueden aparecer.
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Siguiendo por la caleta Valdés rumbo norte, a unos 2 km y sin dejar de mirar el mar por si aparecen orcas encontraréis una pequeña colonia de pingüinos de Magallanes (Spheniscus magellanicus) al pie de la carretera. Esta colonia es especialmente agradecida por su fácil acceso, y así podemos aprovechar los momentos en que la luz es más interesante.
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