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Editorial



Aniversario de concursos

Por: 
Fernando Bandín

Los concursos son de naturaleza injusta, como toda competición. Siempre pienso que uno se lleva el premio y el resto debe quedarse mirando con cara de tonto, preguntándose por qué esa imagen fue considerada como la mejor por el jurado y la suya no. Supongo que esto será debido a que rara vez coincido con los criterios de los jurados no tengo por hábito concursar, pero sí tengo ocasiones de ver los resultados y a que siento aversión por la competitividad.

Esto no ocurre solamente en fotografía. Basta que uno acceda a los medios de comunicación para que le rompan la cabeza con los resultados deportivos. Cuando todo el mundo mira cómo su favorito sube a lo alto del podio, me pregunto qué sentirán aquellos que, de repente, desaparecen de la escena. El atleta que llegó una décima de segundo después del ganador guarda las formas y sonríe, ocultando en muchos casos la amargura de tener que enfrentarse a ser tratado como un segundón, incluso como un perdedor: aquel que no logró superar al vencedor. Ya no hablemos del que se lleva el cobre, al que en ocasiones ni se menciona, por no decir el puñado de participantes en la carrera que, si lo pensamos bien, han pasado cuatro años realizando un entrenamiento extenuante para quedar entre ese grupo final. Todo sea por el espectáculo y, dadas las audiencias que tiene el deporte, debemos ser rara avis los que no comprendemos la competitividad cuando va más allá del puro juego por diversión.

Este año se celebra la vigésima edición del Concurs de Fotografía Naturalista, organizado por la Associació de Naturalistes de Girona, y la décima del Trofeu Montbarbat, instituido por el Centre Excursionista de Lloret de Mar, aniversarios que denotan su veteranía, así que es un buen momento para reflexionar sobre algunos aspectos de los certámenes de fotografía de la naturaleza.

En su momento critiqué duramente la concursística, especialmente porque en aquella coyuntura existían muchas convocatorias que lo único que escondían eran unos intereses espurios, donde bajo el aparente manto de promover la fotografía de la naturaleza sólo se escondía el interés por parte del organizador (entidad privada o institución pública) de hacer acopio de un número elevado de imágenes de alta calidad por el mísero precio de un primer premio, ya que en la letra pequeña de las bases siempre se reservaban todos los derechos sobre todas las imágenes presentadas. Obviamente, los únicos culpables de la persistencia de tales métodos eran los fotógrafos que se sometían a tales bases. Alguno incluso luego se quejaba, cuando veía que las cuentas de la lechera no le salían ante la realidad de que el jurado había elegido a otro.

Para mí la fotografía tiene ese aliciente, como el arte en general, de que no existe el mejor. De un fotógrafo me encantan ciertas obras en las que ha seguido determinada corriente, pero ello no minimiza el disfrute de las de otro que, en la misma época, fotografiaba bajo otra bandera estética, manteniendo ambos enfrentamientos intelectuales. Entre la obra de autores destacados encontramos fotografías que no nos dicen nada, para hallar en otras auténticas joyas del medio. Y lo que es notable para uno, puede no serlo para otro. Incluso me sucede frecuentemente que de la obra de un autor con el que comparto amistad, valoro mucho más trabajos que éste relega ante otros de su propia cosecha que él destaca. Por tanto, preguntas como cuál es la mejor fotografía, o cuál el mejor fotógrafo de determinada especialidad, carecen de sentido para mí.

Pero el caso es que los concursos, cuando detrás de ellos se encuentran personas honradas y entendidas, también son una forma tanto de estimular la actividad fotográfica como de aglutinar una selección de fotos de la naturaleza, variada y de calidad, que permita montar una exposición mediante la cual difundir entre el público unos valores respecto al medio ambiente. Rara vez encuentran las organizaciones preocupadas por el medio ambiente formas de canalizar su mensaje a través de un vehículo de comunicación, por otra parte tan efectivo, como es una antología de imágenes espectaculares. Su estímulo lleva a muchas personas a continuar en la práctica y a intentar mejorarse, gracias a un referente que le permita valorar hasta qué punto ha avanzado en el dominio del medio.

Pero sigue ahí el concepto de ganador. Para favorecer la asistencia de concursantes y se aumente la probabilidad de mejores obras presentadas, es necesario dotar económicamente bien los premios, lo cual lleva habitualmente a concentrarlos. Siempre me he preguntado si hasta el último de los finalistas no merece tanto como el ganador una porción de la tarta económica, pues su foto forma parte del evento y de la exposición tanto como la imagen ganadora. Pero, en fin, así son las reglas del juego y, sin un buen caramelo nadie corre.

No puedo menos que alentar a todos aquellos que no aparecen nunca en el podio ni en la lista de corredores: las personas que están detrás de toda organización desesperándose cada año por tener todo a punto y jurando que no volverán a organizar nada. Animarles a que en cada edición vuelvan a invitar al mejor jurado posible, exhortándoles a ser imparciales y a fomentar las formas más creativas y concienciadas de fotografiar la naturaleza, desenmascarando el fraude estético y metodológico. (¿Para cuándo una regla en las bases que elimine de futuras convocatorias al que pillen con una falsificación o con una toma que ha puesto en severo peligro al sujeto fotografiado?) Les invito a que trabajen por la dignificación de los autores y su obra, tratándolos como una creación artística más, merecedora de unos espacios expositivos y tratamientos semejantes, así como obligada a ofrecer al público una calidad y honradez consonantes.

Por último, quisiera mencionarles que al menos algunos siempre buscamos la letra pequeña para conocer quién está detrás de todo ello, quién ha mirado para que el último detalle esté pulido y darle nombre al merecedor de los elogios a todo ese esfuerzo. Sea pues la ocasión de estos aniversarios aprovechada por todos los fotógrafos de la naturaleza para rendir homenaje a aquellos que hacen posibles los certámenes serios.





Créditos
Dirección: Fernando Bandín
Consejo de redacción: Oriol Alamany, Fernando Bandín, Oriol Muntané, Fernando Ortega.
Diseño gráfico: Oriol Muntané.
Responsable técnico: Juanma Orta.
Redactores: Oriol Alamany, Fernando Bandín, Roberto Costas, Joan Guillamat.
Han colaborado en este número: David Álvarez, Julio Álvarez, Álvaro Amieiro, Ángel Calleja, Pilar del Cañizo, Sara Lages, Jordi Morán, Joana Palahí/ANG, Jesús Rodríguez-Osorio, SEO/Birdlife y Jordi Xampeny.

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