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Fotografiando a la bella lutra

Tras la nutria eurasiática

Medio físico y rastros

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El hábitat en que se ha desarrollado este trabajo de observación y fotografía de las nutrias corresponde a un embalse para abastecimiento de agua potable, con escasas pendientes en las orillas y amplias zonas cubiertas por juncos y, puntualmente, carrizos. El terreno circundante es plano, con escobas y arbustos de escaso porte. La presencia humana no es continuada, aunque el principal peligro lo constituye una carretera que salva con un puente el arroyo que alimenta el embalse. La abundancia de alimento es constante así como la calidad del agua.
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La presencia de la nutria se manifiesta primeramente por los excrementos, grises o negros (incluso rojizos si han sido ingeridos cangrejos), con olor a aceite de pescado. Son depositados por los machos para marcar el territorio, preferentemente en piedras muy visibles, aunque también marcan en zonas de juncos próximas a los comederos o encames. Asimismo se detecta por las huellas, de una longitud entre 6 y 7 centímetros, marcando 4 ó 5 dedos y, si el substrato es muy blando, la membrana interdigital y las uñas. Otra pista son los restos de sus comidas, pues, aunque los peces pequeños los devoran enteros, de los grandes dejan las cabezas y de los cangrejos rojos (Procambarus clarkii) las cabezas, patas y pinzas.
En nuestro caso la presencia de la nutria se constató por observación directa de un adulto y, posteriormente, mediante la vigilancia de la lámina de agua desde localizaciones diferentes, lo cual nos permitió determinar sus vías de aproximación y la zona de alimentación principal.

Madrugones, frío y prismáticos

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Recurrimos a dos puntos de observación y trabajo. Uno era fijo, consistente en una caseta de madera colocada sobre el embalse, en la que Jesús, armado con sus prismáticos para observación crepuscular (pupila de salida superior a 6 mm y rellenos de nitrógeno para evitar el empañamiento por las bajas temperaturas), y yo con los míos (que no tienen nitrógeno, pero que se soluciona limpiando con un kleenex de vez en cuando), nos hemos pasado muchos y muy fríos amaneceres, observando con paciencia las idas y venidas de estas queridas amigas. El otro puesto era otro movible y temporal, el hide, que resultaba más cercano y, por tanto, permitía observarlas con más detalle.

Desde esa caseta, y gracias al trabajo de constante y paciente observación, hemos llegado a conseguir muy buenas tomas. Pero la perspectiva era demasiado picada, el nivel del agua quedaba a dos metros por debajo de la caseta, y eso nos obligó a buscar la forma de acceder a la orilla. Así que, ¡manos a la obra! Después de unos días de investigar los alrededores, encontramos un acceso que nos permite colocarnos al mismo nivel del agua y, a partir de ahí, alternamos la caseta con el hide. Ventaja: la perspectiva es mejor; inconveniente: ese oído tan desarrollado que antes mencionamos, pues al primer disparo te miran, al segundo se zambullen, y al tercero… No hay tercero. Para el próximo día, hay que cambiar de estrategia.
Conocidos sus hábitos y andaduras, después de ensayar en distintas jornadas la colocación más adecuada para el escondite, había llegado el momento de una nueva estrategia. Para ello colocamos el hide un poco más lejos de la orilla, por lo cual se precisó añadir al equipo un teleconvertidor 1’4x ó 1’7x para extender la óptica utilizada, incrementar la sensibilidad y esperar que la luz acompañe, teniendo por supuesto que aguardar a que las nutrias nos concedieran el honor y el privilegio de acudir a nuestra cita.
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