Todo empezó cuando en el foro Fotonatur@ me otorgaron un premio en una de las categorías y gané Jungles, el magnífico libro de Frans Lanting. En la página 103 me cautivó la foto de un ocelote bajando por un tronco. Si Lanting es capaz de hacer eso con un ocelote, me dije, ¿no vamos a ser nosotros capaces de hacerlo con algún animal de por aquí? Al menos debíamos intentarlo.
La idea que tenía era construir un sistema de trampeo fotográfico para "capturar" a alguno de los escurridizos carnívoros nocturnos que rondan nuestros bosques. Planteé la idea a un buen amigo, Jordi Clariana, Mr. Inventos, y entrado ya el invierno nos pusimos manos a la obra. Nos faltaban dos elementos básicos que debíamos conseguir: algún sistema de trampeo fotográfico, fiable y, sobre todo, asequible a nuestra economía, y el protagonista de nuestra historia, que finalmente resultaron ser una pareja de ginetas.
El sistema de trampeo
La base del trampeo fotográfico consiste en que el sujeto a fotografiar se "autodispara" la foto al accionar algún elemento que hemos situado de antemano en un lugar por el que debe pasar. Aunque no la única, la técnica más habitual consiste en colocar un haz infrarrojo (IR) invisible que, al ser "cortado" por el sujeto, dispara la cámara. El sistema está formado por dos elementos: un emisor y un receptor que deben alinearse cuidadosamente para que el haz de IR del emisor impacte en el receptor. Cuando ponemos algún elemento entre emisor y receptor y este "nota" que no le llega el haz IR, automáticamente acciona un dispositivo electrónico capaz de accionar cualquier elemento que le conectemos. En nuestro caso una cámara fotográfica dotada, evidentemente, de algún tipo de disparador electrónico.
El trampeo fotográfico puede usarse de dos maneras un tanto diferentes: una primera para fotografiar animales muy escurridizos, frecuentemente nocturnos, casi imposibles de encontrar "a pelo"; la segunda para realizar las espectaculares fotografías de alta velocidad en las que se detiene en el aire el vuelo de un pájaro o el rápido salto de un ratón. Ni que decir tiene que es en este segundo caso cuando hay que hacer un mayor alarde de tecnología para diseñar equipos de ultrarrápida respuesta (la respuesta es el tiempo que transcurre entre la interceptación del haz IR y el disparo de la cámara), mientras que para fotografiar, por ejemplo, un felino en plena noche puede hacerse (o al menos intentarse) con dispositivos menos sofisticados.
Buscando nos topamos con las llamadas "células de IR de rebote directo". Baratas, minúsculas y con una enorme ventaja: funcionan con un solo elemento, evitándonos en el campo la engorrosa operación de andar alineando emisor y receptor. Además, tras unos pequeños ajustes también resultaron ser de una velocidad de respuesta asombrosa. Conseguimos una de esas células, una Siemens. Le montamos un sistema de interruptor electrónico –primero fue con un relé y posteriormente con un mini-circuito de transistores– para poder conectarla a la cámara y empezamos a hacer pruebas y más pruebas hasta tener todo el equipo más o menos afinado.
Ya habíamos jugado alguna vez con algún sistema de disparo por barrera de IR, pero los equipos que conocíamos o resultaban demasiado caros (barreras comerciales diseñadas expresamente para fotografía), o resultaban poco efectivos, por ser de reacción lenta o por ser poco fiables (algunos rudimentarios sistemas que nosotros mismos habíamos fabricado con sensores de ascensor, de puertas de garaje o similares).