A diferencia de sus primeras obras —manuales fotográficos muy populares— en esta ocasión Oriol Alamany ha publicado un porfolio fotográfico que, por su temática y editorial, es en cierto modo continuación de otro anterior titulado
Aigüestortes, una mirada al parc nacional, ya comentado en su día en esta sección.
Aunque el autor conocía Arán desde hacía décadas, la idea de acometer este proyecto tardó en surgir. Sin embargo, varios encargos profesionales, entre 1999 y 2001, le permitieron profundizar en el conocimiento de la zona y de sus gentes, así como acumular un buen número de imágenes. En los años siguientes continuó trabajando allí a título personal, pero ya con la firme convicción de publicar un libro sobre su naturaleza y patrimonio cultural.
Este último punto es una de las diferencias significativas con respecto a
Aigüestortes, pues en esa obra el fotógrafo se centraba exclusivamente en los aspectos naturales del parque nacional. Por el contrario, el tema de la presente obra es un enclave pirenaico singular con personalidad geográfica y cultural propias. Dado que no se trata específicamente de una reserva natural y valorando la importancia de su patrimonio monumental, el autor amplía los motivos fotográficos a iglesias y pueblos que conservan el sabor del viejo Arán. Pero esta herencia monumental no sobrevive si no es gracias a un paisanaje que, frente a los embates de un turismo masivo —recordemos que allí se ubica la estación de esquí de Baqueira-Beret, con todo lo que conlleva—, mantiene vivas tradiciones y una forma de vida claramente menguante. Por ello el autor recurre a su faceta de fotógrafo de viajes para retratar esa integración de pueblos e iglesias en el paisaje, a la vez que nos ofrece, quizás demasiado brevemente, una muestra de los habitantes y sus tradiciones.
Aclarada esta pequeña incursión en el terreno de lo monumental y etnográfico, lo cierto es que el motivo central sigue siendo la naturaleza. En este terreno se puede hablar de continuidad, ya que el estilo del autor sigue evolucionando en la misma línea. Esto es notable, porque pocas veces se puede hablar de estilo propio entre los fotógrafos de la naturaleza españoles, más dirigidos por los motivos fotográficos que por su propia personalidad creativa. El amor por los planos medios, donde Oriol realza con delicadeza y armonía sujetos sencillos que pasan desapercibidos para los demás, le ha llevado a crear algunas de las imágenes más memorables por su carga poética. Asimismo saca partido de las tomas de paisajes más amplios, donde se centra en los bosques, los cursos de agua y las inclemencias meteorológicas, que le permiten desarrollar su manera personal de retratar el paisaje mucho mejor que las cumbres. No se basa en iluminaciones fortuitas que resuelvan espectacularmente las tomas, sino en la composición y el equilibrio, jugando en ocasiones con las sombras, todo ello adobado siempre con un ambiente lleno de sensaciones y matices, frecuentemente invernales. El autor tiene las ideas claras:
“Muchos trabajos sobre áreas geográficas que están la mitad del año bajo la nieve o las lluvias tan sólo recogen fotografías de prados y montañas verdes a pleno sol. Pienso que los Pirineos son un lugar de climatología compleja y que esto hay que plasmarlo de algún modo. Por otra parte, a nivel formal la nieve o la niebla simplifican las formas y colores permitiendo crear imágenes muy limpias de contenido, con el fuerte contenido gráfico que a mí me gusta.”
Aunque el renombre del valle de Arán no se basa en su fauna, lo cierto es que no deja de tener los valores propios de los ecosistemas pirenaicos, con la presencia desde osos a quebrantahuesos, tal como refleja la obra. En este terreno el autor destaca en las imágenes en que integra al animal en el paisaje, formando parte de él.
“Cada vez me emocionan menos los retratos de animales en primer plano. Dejando aparte que hoy en día nunca sabes si se trata de un animal salvaje, amaestrado o cautivo, un encuadre cerrado no me transmite la misma emoción que siento cuando tengo la oportunidad de observar el animal en su hábitat natural. Incluyendo el entorno en la fotografía uno tiene una sensación más real, se presta más a hacer composiciones jugando con elementos del paisaje y pone fuera de dudas la autenticidad de la experiencia vivida por el fotógrafo.” Obviamente, no recurre sistemáticamente a esta fórmula, pues también aparecen encuadres directos. Algunos de los más notables, fruto de la fortuna y de la constancia, son los de la familia de armiños. Así nos narra el encuentro:
“Me gusta pensar que fue una especie de regalo de la naturaleza, quizás en reconocimiento a los años dedicados a la defensa y divulgación de los valores de los Pirineos. Una madrugada de junio mi compañera Eulàlia y yo emprendimos una excursión, pero al cabo de un rato un torrente excesivamente crecido por el deshielo nos obligó a cancelar nuestros planes. De regreso por el bosque descubrimos a una familia de confiados armiños. Nos sentamos a su lado, sin escondite alguno, y los jóvenes no paraban de jugar mientras su madre les traía topillos para comer. ¡Estuvimos con ellos tres días! Luego regresamos a Barcelona, pero no nos los quitábamos de la cabeza. Por ello al día siguiente volvimos a conducir las cinco horas que separaban nuestra casa de los armiños y permanecimos tres días más con ellos. Eulàlia se sentaba algo más lejos con unos binoculares y me anunciaba cuando la hembra venía con una presa mientras yo permanecía sentado inmóvil a escasos metros de ellos, sin escondite alguno. A veces venían hasta tocar las patas de mi trípode, me miraban y salían corriendo.” De este modo pudo retratar entrañablemente sus simpáticos juegos en plena intimidad. La fotografía digital le permitió disparar generosamente hasta un millar de fotografías y, ante la escasa luz que penetraba en el bosque, recurrir a sensibilidades de 400 a 1.600 ISO, e incluso 3.200 ISO.
Desde el punto de vista técnico, esta obra se sitúa en un momento de transición, donde el fotógrafo parte con un austero equipo de formato medio para los paisajes (Bronica 6x4,5 con tres objetivos de longitud focal fija, con el que se ha encontrado a gusto y tan buenos resultados le ha dado), reservando el 35 mm para la fauna (dos Canon cargadas con sensibilidades distintas), al de la era digital con una única réflex para todo el trabajo.
“Fue de un día para otro y sin retorno. Mis primeros seis meses con una Canon Eos-1D Mark II de 8 Mp no me proporcionaron resultados a la altura de mis Fujichrome Velvia de formato medio y por ello la cambié al poco tiempo por la 1Ds Mark II de 16’7 Mp, con la que trabajo desde entonces.” El interesado por la técnica podrá comprobar en el índice fotográfico los datos de cada toma, pero lo cierto es que a primera vista no se aprecia un cambio formal entre un medio y otro. Con respecto a la impresión nos comenta que
“no deberían haber prácticamente diferencias, aunque algunos profesionales del sector aún se lían con la gestión del color y en este caso estuvo a punto de pasar un desastre con la tonalidad de las imágenes digitales”. Por fortuna supervisaba de cerca el proyecto y pudo solventar el problema a tiempo.
A cargo del texto ha corrido Josep Coll, en el que hace un breve repaso a la geografía, naturaleza, historia y cultura del valle. Aunque las fotografías se acogen al lenguaje universal de las imágenes, dicho texto figura en varios idiomas, incluido el aranés, para llegar a un público muy amplio.
El balance es una obra interesante de un fotógrafo de reconocida trayectoria. Queremos destacar el esfuerzo de Símbol, que, a pesar de ser una editorial muy modesta, se ha embarcado en este tercer título de su colección de libros fotográficos. Ha mejorado la impresión respecto a los anteriores, aunque en el otro lado de la balanza quizás se echa de menos un mayor reposo del proyecto, el cual permitiría repensar algunos aspectos puntuales tales como la redacción gráfica. Los libros, como el vino, requieren tiempo.
AUTOR/ES