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Vender fotografía de naturaleza

De la utopía a la esperanza

Cosas que hemos dejado de hacer

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Algunos ejemplos pueden servirnos para mostrar la diferencia de criterios con que se puede afrontar la venta de imágenes de la naturaleza. Mientras fotógrafos de la talla de John Sexton se preocupaban hace ya años por vender sus fotografías en ediciones limitadas, numerosos autores de este país se han dedicado a aumentar desorbitadamente sus archivos fotográficos a base de quemar decenas de tarjetas de memoria cada año. Mientras fotógrafos como William Neill se dedicaban a investigar qué materiales podían ofrecer a sus copias las mismas ventajas (y algunas más) que los antiguos procesos químicos (decantándose en su caso por la última tecnología en tintas pigmentadas), demasiadas personas de nuestro mundillo fotográfico se enzarzaban en discusiones absurdas y banales sobre lo digital y lo analógico. Mientras autores como Robert Glenn Ketchum se preocupaban por trabajar codo con codo con laboratorios profesionales como West Coast Imaging (utilizando impresoras Lightjet y papeles especiales como Fuji Crystal Archive o Kodak Endura) para poder ofrecer ampliaciones de inmejorable calidad sea cual sea el tamaño final, muchos fotógrafos de la naturaleza españoles se dedicaban a vender copias hechas en impresoras domésticas utilizando papel barato. Mientras numerosos autores norteamericanos no escatimaban a la hora de escanear sus originales en escáneres de tambor con el fin de obtener archivos absolutamente fidedignos sin necesidad de interpolar datos, demasiadas exposiciones de la naturaleza en nuestro país salían de archivos digitales pobremente escaneados en la oficina del propio autor. Mientras la inmensa mayoría de las copias vendidas por nuestros fotógrafos más admirados vienen acompañadas de un certificado donde se especifica el proceso seguido, el material utilizado y las características del original (entre otras cosas), uno no puede evitar preguntarse cuánto le durará el brillo o la gama tonal a esa foto que tanto le gusta y que ha visto en una muestra cercana sobre fotografía de la naturaleza. En fin, que mientras yo me he gastado cantidades ingentes de dinero en conseguir archivos de hasta 320 MB, utilizar los mejores papeles fotográficos, montar mis exposiciones con materiales garantizados que no afectasen a la imagen (ph neutro y libres de ácido) y en acompañar a todas y cada una de las copias vendidas de un certificado que informase a los compradores de los materiales utilizados, del proceso seguido y de las características de la edición, he sido testigo de cómo algunos autores vendían in situ copias fotográficas de ínfima calidad montadas con materiales de saldo que al cabo de unos cuantos años tenían demasiadas posibilidades de no parecerse en nada a lo que vio el comprador.
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Toda esta lista de cosas que hemos dejado de hacer y que no han hecho más que ayudar un poquito más a que no se valorase mejor la fotografía de la naturaleza hecha en nuestro país, no es un intento de desprestigiar a la venta masiva de imágenes para usos comerciales. Es simplemente una forma de ilustrar que también se puede hacer de otra manera, que existen alternativas a los bancos de imágenes y que para educar a los demás en una apreciación más seria del arte de fotografiar la naturaleza, primero hemos de educarnos nosotros en el oficio de ser serios, en la práctica de ofrecer un producto de calidad y, sobre todo, en la capacidad de darle valor a las fotografías que hacemos. Iniciativas como la del colectivo Portfolio Natural son una muestra de que entre numerosos autores de nuestro país existe inquietud por hacer las cosas de otra forma y por ofrecer obras originales, bien positivadas y mejor presentadas. Ya sé que son mucho más caros los escaneados de tambor, los laboratorios profesionales y los materiales de ph neutro y libres de ácido, pero creo honestamente que una persona que decide pagar unos cuantos cientos de euros por una de nuestras imágenes, se merece todo esto y quizá algo más. Puede que nuestros beneficios sean menores, puede incluso que nunca lleguemos a vivir de ello, pero estaremos despejando el camino para que los particulares, las galerías y las propias instituciones se animen a comprar alguna de nuestras magníficas obras. Puede que incluso algún día alguien pague 3.000 dólares por una fotografía nuestra y pasados los años siga pensando que mereció la pena.
Yo sigo mirando a la fotografía de Michael Fatali que tengo colgada en mi estudio y puedo asegurar que no me arrepiento en absoluto de su adquisición (aunque he de reconocer que en realidad fue un regalo a medias con mi mujer) allá por las navidades de 2004. Saber que fue positivada por él mismo a partir de la transparencia original y que dentro de 25 ó 30 años estará igual que el primer día, no hace más que reafirmarme en el convencimiento de que fue una muy buena compra. Esta copia original, numerada y firmada, de su fotografía Evening’s Edge, no hace más que recordarme que hay momentos únicos que sólo los podemos disfrutar a través de las imágenes de otros. Vender fotografía de la naturaleza no es, como aún piensa mucha gente (fotógrafos incluidos), ofrecer un trozo de papel con una imagen idílica. Es, definitivamente, algo más: es entregar un pedazo de la imaginación del autor a precio de copia impresa. Bueno, algo más caro.


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