La justificación perfecta
Podríamos hablar del retraso de España respecto al resto de Europa en materia de comercializar obra fotográfica, de nuestra introducción tardía a los circuitos artísticos dominantes, de falta de tradición o incluso de una alarmante falta de criterio propio a la hora de decidir lo que ha de estar en el mercado y lo que no. Pero en el fondo no son más que excusas, la justificación perfecta del que ha visto pasar el tranvía y no quiso hacer el esfuerzo de correr unos metros para alcanzarlo. Reconozcamos al menos que tampoco nosotros nos hemos esforzado mucho por crear un mercado serio y competente de obras de autor dentro de la fotografía de la naturaleza. Al margen de las galerías, que tienden a funcionar de forma endogámica y demasiado influidas por los contactos y las tendencias pasajeras de moda, los fotógrafos norteamericanos de la naturaleza (muchos de los cuales nos han servido de guía y faro para nuestro propio proceso creativo) sí han apostado por ofrecer al público en general un producto maduro, original y de calidad que sea capaz de diferenciarse de la avalancha de imágenes con que a diario nos bombardean los medios.
Y la lástima es que disponemos de las herramientas para crear un mercado competente, serio y de confianza; quizá lo que ha fallado ha sido nuestra propia autoestima. Al fin y al cabo, cuando alguien decide comprarle una imagen a un fotógrafo de renombre, entiende que lo que adquiere no es un trozo de papel con una imagen más o menos espectacular. Lo que compra es una obra única que refleja la percepción personal de ese autor sobre un enclave determinado. El que nos parezca cara o barata no depende del precio en sí, sino de con que lo comparemos. El que Christopher Burkett esté vendiendo en Norteamérica copias en Ilfochrome a 3.000 dólares y que aquí la gente te mire con espanto cuando le pides 600 euros por una copia numerada en blanco y negro de 40x50 cm, no es más que uno de los pequeños detalles que separan la apreciación de un trabajo personal y creativo de la comercialización masiva de imágenes para ser devoradas a precios de menú del día. Y conste que no trato de ningún modo de criticar a los bancos de imágenes, sino al poco valor que le damos a nuestro trabajo fotográfico; un debate, por cierto, que lleva tiempo en boca de muchos aficionados y profesionales de la fotografía de la naturaleza, pero que por extrañas circunstancias nunca ha salido realmente a la luz.
Ya en el siglo pasado, en la década de los cincuenta, fotógrafos europeos de la importancia de Henri Cartier-Bresson, consideraban la copia fotográfica como una simple prueba de lo que vio el fotógrafo, un mero trámite entre la realización de la imagen y su posterior publicación. Por el contrario, para sus colegas norteamericanos esta percepción simplista y descuidada era poco menos que una herejía. No es que los fotógrafos estadounidenses fueran unos puristas (aunque a Edward Weston, Alfred Stieglitz o Paul Strand, entre otros, les llamasen así) o que Ansel Adams, por ejemplo, le dedicase un libro entero a la copia, es sólo que los fotógrafos del otro lado del Atlántico entendían que el negativo no era nada sin una buena copia. Algo así como una receta de cocina, la cual por sí sola no produce un buen plato si no es por la labor del cocinero. El mismísimo padre del sistema de zonas dejó escrito su convencimiento de que el negativo era una suerte de partitura que el propio fotógrafo habría de aprender a interpretar de la mejor forma posible a través de una copia digna. Al fin y al cabo, ellos no vendían ni sus recetas ni sus partituras; ellos ofrecían el guiso ya dispuesto para degustarlo, y entendían que el cliente pagaba para que le supiese lo mejor posible. De la misma manera, nosotros no vendemos nuestros originales, así que aunque pensemos que destilan originalidad y encanto por los cuatro costados, aquella persona que nos compra una fotografía no quiere oír hablar de belleza, de poesía o de virtuosismo, quiere verlo impreso. Lo que les gusta a quienes deciden adquirir una obra nuestra no es la fantástica idea que tuvo el autor, sino el aspecto que esa misma idea tiene cuando puede verse impresa. Al fin y al cabo, los mejores fotógrafos no son los que tienen las mejores ideas, sino los que, además, saben plasmarlas en un soporte determinado: aquellos que son capaces de transformarlas en imágenes.