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Vender fotografía de naturaleza

De la utopía a la esperanza
Por: 
Fernando Puche

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La comercialización de imágenes tiene dos grandes apartados: la cesión de derechos de reproducción y la venta de copias en papel del original. El primer apartado es el más desarrollado en nuestro ámbito, permaneciendo el segundo en la marginalidad. Los motivos por los cuales el primer tipo de comercialización es precario y las razones por las que en Europa no se valora suficientemente la copia en papel quizás haya que buscarlos en la propia actitud de los fotógrafos respecto a su trabajo. Es pues hora de una autocrítica.
Tradicionalmente, vender fotografía de la naturaleza en nuestro país ha sido una actividad a medio camino entre la desesperación y el altruismo más absoluto. No es que aquí nadie compre fotografía, al fin y al cabo la existencia de innumerables bancos de imágenes es la prueba de que vender fotos puede llegar a ser un negocio muy rentable (que se lo digan, sino, a Bill Gates, dueño y señor de Corbis, probablemente el archivo visual privado más grande del mundo). Es más bien que la idea de vender una de nuestras imágenes como si fuera una pintura nos parecía demasiado utópica.
Hace unos años, sin embargo, fuera aún de los circuitos fotográficos de este país y sumido en la inocencia más absoluta, me asombraba al escuchar que en España existían fotógrafos que vivían de sus imágenes, es decir, que sacaban un sueldo más que decente alquilando sus fotos a revistas, galerías virtuales, empresas publicitarias o fondos editoriales. Todo esto, claro está, generalmente a través de los todopoderosos bancos de imágenes. Reconozco que mi ignorancia en el asunto era mayúscula, pero también he de reconocer mi asombro cuando me enteré de los precios que se pagaban por muchas de esas imágenes, algunas incluso portadas de importantes publicaciones de tirada nacional.

Una venganza engañosa

No soy quien para decirle a nadie lo que puede o no puede hacer con sus fotos, faltaría más, pero no tengo ninguna duda de que la deplorable situación que vivimos respecto a la venta de nuestra obra es, en gran parte, culpa nuestra. Sí, de los propios fotógrafos. Cuando leemos un artículo como el publicado en el suplemento ABCD las letras del 12 de agosto y titulado La venganza de los aficionados, uno puede vanagloriarse de ser uno de esos millones de aficionados que comercializan sus imágenes a través de bancos como es.fotolia.com, ourstockworks.com o istockphoto.com, en los cuales hay miles de fotografías para alquilar entre uno y tres euros. Podemos comulgar con la filosofía que hay detrás de ésta práctica: “(…) miles de colaboradores que no aprietan el disparador por dinero, sino por placer, por la belleza de la instantánea, quizá por un extra a fin de mes”. Podemos estar poderosamente de acuerdo con Dave Winer, especialista en software, en que “ser amateur no es menos que ser profesional (…) La raíz de la palabra amateur es amor”. Pero sería también difícil no estar de acuerdo en que la manera más rápida de devaluar nuestra obra es vendiéndola a un euro de manera ilimitada. Esto, sinceramente, no es una venganza, es un suicidio. Y lo es, no porque no tengamos derecho a vender lo que queramos al precio que nos dé la gana, sino porque mientras los dueños de muchos de estos bancos de imágenes se hacen ricos, nuestras imágenes disminuyen su valor hasta extremos increíblemente ridículos. Y todo esto, os lo aseguro, no tiene nada que ver con ser profesional o aficionado.
Ejemplos aún más evidentes de la devaluación que sufren nuestras imágenes los tenemos en ciertas sentencias pronunciadas por determinados jueces que no ven ningún indicio de delito en la apropiación de una imagen ajena por parte de una empresa cualquiera o el abuso con que ciertas editoriales tratan a muchos fotógrafos, a los cuales se les llega a negar en ocasiones la devolución de sus propias diapositivas originales. Quizá el colmo de este sinsentido lo tengamos en esos concursos fotográficos en los que se demanda, por parte de los organizadores, la apropiación de todos los derechos sobre las imágenes ganadoras. Afortunadamente, desde diversas asociaciones fotográficas y naturalistas se está haciendo hincapié en sensibilizar sobre las consecuencias negativas de estas prácticas y en el boicoteo hacia los contratos tiránicos y las cláusulas abusivas. Pero aún así, continúa siendo muy difícil sensibilizar a la gente cuando los propios fotógrafos desvalorizan su obra por el afán de verse publicados o de ganar un concurso de cierto prestigio. Mientras tanto, fotógrafos y fotógrafas de la naturaleza de este país siguen empeñados en una carrera sin cuartel (y sin cabeza) por ser los que más publican o los que más venden.
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