Vistas desde el aire, las islas Canarias parecen pequeños trozos de terreno salpicados en mitad del océano sin mucho que ofrecer. Sin embargo, cuando el avión comienza a acercarse, la majestuosidad de las cumbres sobresaliendo entre los mares de nubes, así como la extensa y variada costa, ya va dando una idea de la riqueza enorme que nos brindan estas islas.
No hay más que comenzar a perderse en la infinidad de rincones que ofrece cada una de las siete islas para comprender que esas pequeñas islas son, aunque ya sea un tópico decirlo, pequeños continentes llenos de microclimas diferentes. Son tan diferentes unas de otras que el sólo ejercicio de intentar compararlas se hace imposible. Cada una tiene su personalidad propia, cada una muestra orgullosa una o varias grandes joyas, pero también cada una tiene sus tesoros escondidos.
Las islas Canarias son dominio de Poseidón. Antiguamente estaban habitadas por los atlantes —o al menos eso decía Platón en Timeo y Critias, y a mí me gusta creerlo así—, hasta que Zeus los castigó —¡ay, estos dioses!— y destruyó su civilización con erupciones volcánicas y maremotos, dejando sólo las cumbres más altas al descubierto sobre el nivel del mar. Siempre que camino por los montes o las costas de las islas me gusta pararme a pensar que la grandeza de los espacios que me rodea es un reflejo de esos atlantes que un día poblaron las islas… Que todos los impresionantes espacios naturales que tengo a mi alcance son la personificación de éste y aquel atlante… Que sus espíritus han quedado inmortalizados en los diferentes caprichos que cada isla ofrece. Los grandes señores inmortalizándose en cada uno de esos imponentes espacios naturales que ya todos conocemos: Timanfaya, Taburiente, Teide, Maspalomas, Garajonay, Jandía o la propia isla de El Hierro, una gran dama de aquella época.
Pero también los atlantes de a pie han quedado inmortalizados en cada roca de la orilla, en cada acantilado, en cada playa, en los barrancos, en las laderas y en las montañas. Los había valientes, convertidos hoy en día en grandes acantilados, imponentes ante el océano. Los había mimosos, convertidos en playas suaves. Los había tranquilos, convertidos en bosques de laurisilva. Apacibles y calmos, orgullosos, como los pinares canarios que se escurren por las laderas de los barrancos. Misteriosos y tímidos, perdidos hoy en día en rincones imposibles y difíciles de encontrar. Aquí y allá, el espíritu de las tierras de Poseidón se respira en todos los lugares e incluso, si te paras a escuchar, todavía se oyen los lamentos del dios, pues hay días que ruge en tempestades y otros en que se mantiene manso en olas suaves. Echando de menos a los atlantes, sus suspiros, convertidos en bruma y nubes, recorren todos los espacios para embeberse de todos estos recuerdos convertidos en bellezas naturales.
No en vano, aproximadamente el 40% del territorio del archipiélago Canario está protegido de una u otra manera, abarcando desde cuatro parques nacionales hasta varios parajes naturales, reservas integrales, reservas marinas y monumentos naturales, aparte de varias reservas de la biosfera declaradas por la UNESCO en Gran Canaria y en La Palma, así como las islas de El Hierro y Lanzarote al completo. El archipiélago está en el paralelo 28 y, junto con los archipiélagos atlánticos de Madeira, Salvajes, Azores y Cabo Verde, forma la región de Macaronesia.
Un clima envidiable
La climatología está caracterizada por la influencia del anticiclón de las Azores y la corriente marina fría de Canarias, que determinan la aparición de los vientos alisios, responsables de las temperaturas suaves y la humedad reinante en las caras norte de las islas montañosas por acumulación de nubes, formando los famosos mares de nubes, y el clima seco de las caras sur. Tan sólo las islas de Lanzarote y Fuerteventura quedan fuera de estas particularidades, por alcanzar alturas menores que no consiguen retener las nubes que arrastran los alisios.
Las precipitaciones se dan principalmente en los meses de noviembre a marzo, cuando el anticiclón de las Azores se desplaza hacia el sur y da paso a las borrascas del norte y oeste. Asimismo, la proximidad con la costa africana hace que a veces el siroco alcance al archipiélago, un viento sahariano que arrastra arena y forma calimas con polvo en suspensión.
Serán estas condiciones climatológicas, junto con la tremendamente variada orografía del terreno, las que determinen los climas particulares de cada isla y, dentro de cada una, los microclimas, según estemos mirando al norte o al sur, según se esté en el fondo de un barranco o en una ladera expuesta, a nivel del mar o en las altas cumbres de las islas.