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Editorial



Problemas aeroportuarios

Por: 
Fernando Bandín

Leer la prensa todos los días es hacer ejercicio de ciudadanía responsable, pues permite opinar y decidir informadamente. Sin embargo, tiene el inconveniente de hacerle a uno sentirse como un marciano. Veamos un titular ampliamente recogido: Bush busca ideas para resolver el conflicto iraquí. ¿No había hecho y ganado la guerra contra el terrorismo? ¿Qué hay que resolver ahora? Esta ironía tendría gracia si uno no pensara en los efectos colaterales, eufemismo que engloba el finalizar una feliz boda, o eliminar colas de la compra, por el método expeditivo del obús. El triste balance se resume, de un lado, en miles de muertos y un país abocado a la guerra civil; por el otro, tan sólo un haber: una dictadora menos.

Pero éste es un editorial de una revista de fotografía, no de política o de defensa de derechos humanos elementales, como el derecho a vivir en paz. Podría deslizarse por el camino del elevado número de reporteros gráficos asesinados en este conflicto y de las restricciones informativas que se han impuesto a estos profesionales. Pero tampoco irá por ahí, sino por los efectos —realmente intrascendentes con respecto a los anteriores— en los derechos de los viajeros, entre los cuales nos encontramos habitualmente los fotógrafos de la naturaleza.

Siempre hemos tenido problemas en los aeropuertos. Hasta hace poco, la frecuente exigencia de algún que otro cabeza-cuadrada de pasar los rollos de película por el escáner. Era preocupante, porque ni todos estaban regulados a la misma potencia ni los rollos pasaban una única vez (en un viaje fácilmente podían llegar a exponerse a la radiación hasta seis veces). Curiosamente esto no era necesario en todas partes ni siempre. Por ejemplo, la autoridad aeroportuaria alemana confirmó a la GDT por escrito que se podía solicitar inspección manual de los carretes siempre que se quisiera. Al socio de la GDT le bastaba fotocopiar dicha carta, publicada en la revista de esta asociación de fotografía de la naturaleza, para exigirlo ante cualquier funcionario alemán que se excediera en su celo.

Resolver estas situaciones no va a ser tan fácil actualmente. Con las cámaras digitales nos hemos ahorrado ese problema, pero aparece otro. Si antes íbamos cargados de equipo, ahora aún más, pues hay que incluir el portátil o los discos autónomos en el equipaje de mano. Dado el alto índice de pérdidas y retrasos con el equipaje, es prudente llevar con nosotros elementos imprescindibles como cables, cargadores y discos portátiles de respaldo. En resumen, más peso aún que antes. Pero el caso es que las compañías aéreas han querido aprovechar el refuerzo de la seguridad para reducir el equipaje al que tiene derecho el viajero. Sufren la competencia de las compañías de bajo coste y del aumento del precio del combustible (otro efecto colateral de la dichosa guerra). No sería mala idea, piensan, reducir el consumo de combustible u obtener unos ingresos extra cobrando el exceso de equipaje.

Si la nueva normativa reduce el equipaje de mano, ésta alcanza el absurdo con los líquidos. Nos perjudica si debemos llevar medicamentos imprescindibles de difícil o cara adquisición en un destino remoto o subdesarrollado, donde pueden no valer nuestras recetas, y que no queremos dejar a su buena suerte en la maleta. Al respecto, hay noticias divertidas, como aquella de que Las ensaimadas rellenas mallorquinas ya pueden subirse al avión (El País, 9-11-2006). Obviamente, las ensaimadas mallorquinas merecen un titular y lo que haga falta. No sé si es cierta la afirmación de que detienen a cualquier ciudadano que provenga de Mallorca y no porte su correspondiente ensaimada (realmente es un comportamiento muy sospechoso), pero lo que afirma la prensa es que “la prohibición de subir a bordo este postre en su modalidad rellena había provocado protestas en el aeropuerto de Son Sant Joan de Palma de Mallorca,” seguramente que por parte de honrados ciudadanos que cumplían con la patriótica tradición de llevar sendas ensaimadas a su familia y compañeros de trabajo. Pero no fueron dichas protestas el motivo de que directivos de AENA y mandos de la Guardia Civil hayan cambiado de criterio, sino que “la dificultad de abrir todas las cajas había hecho que en muchos casos se impidiese el acceso a los aviones con cualquier tipo de ensaimada”, con lo que a las quejas de los “viajeros con rellena” se sumaron las legítimas de los “viajeros con lisa”. Vamos, que ya se estaba al borde del motín.

Claro que si viajas con una ensaimada, siempre te la puedes comer antes de que se la quede un tricornio víctima del exceso de celo de sus invisibles y siempre ausentes jefes. Pero, ¿también te comerías tu portátil? Éste es el caso que nos narran en Laptops give up their secrets to U.S. customs agents (The New York Times, 24-10-2006). No sólo hay que preocuparse de que se golpee el portátil, o de que te lo roben, sino que “ahora hay una nueva preocupación, la de que el portátil sea incautado o examinado su contenido en los controles aduaneros y de inmigración de EE.UU. al entrar en este país procedente del extranjero”. Esta incautación puede producirse legalmente sin necesidad de dar ningún motivo, sin mediar sospecha y por un período de tiempo no determinado, que puede resultar interminable, como en el caso de una viajera que “ha estado esperando durante un año que le devuelvan su portátil y su contenido.” Y esto le ha ocurrido a una viajera normal, no a una criminal, como se deduce de habérsele incautado de modo aleatorio y no haber sido arrestada.
Si a los ejecutivos les preocupa la información empresarial confidencial, a nosotros nos debe preocupar el dejar de disponer de un medio donde almacenar nuestras fotos, incluidas las mismas fotos cuando ya han sido tomadas, por un tiempo indefinido. Aunque estos extremos parecen no darse en Europa, las actuales medidas obligan a la presentación fuera de sus fundas de todos los aparatos electrónicos incluidos en el equipaje de mano para su inspección por separado.

¿Realmente tiene sentido la obsesión norteamericana por tal concepto de seguridad? Además de pretender dar una imagen —falsa— de tener todo bajo control, tengo sobradas sospechas de que lo que realmente les interesa —del mismo modo que a los terroristas— es generar miedo. El eurodiputado Ignasi Guardans comienza su tribuna Bombas de desodorante (El País, 23-11-2006) con un claro retrato de la situación: “Desde hace unos días, millones de pasajeros en los aeropuertos de toda Europa creen que alguien se ha vuelto loco.” Continúa indicando que las normas sobre líquidos en vuelos a EE.UU. o al Reino Unido fueron “improvisadas tras la supuesta desarticulación de un supuesto comando que pretendía un supuesto atentado de grandes dimensiones”, aclarando el motivo de la reiteración mediante referencia al The New York Times, pues este medio “puso en cuarentena gran parte de la información que sobre ese oscuro episodio se divulgó desde Londres”. El caso es que en la reunión celebrada, a puerta cerrada y con acta secreta, en septiembre de 2006 por el Comité de Seguridad de la Aviación Civil se aceptó la propuesta de extender esta normativa. Sin consulta previa al Parlamento, la Comisión Europea la aprobó a la semana siguiente como reglamento para su aplicación en toda Europa. Lo curioso es que la norma nunca ha sido publicada y el texto fue declarado secreto. Aclara el autor que “el Reglamento tiene un solo artículo, que se limita a aprobar un Anexo con las especificaciones sobre qué se puede llevar, cuándo y cómo. Y estas reglas ‘serán secretas y no se publicarán’, aunque ‘se pondrán a disposición de las personas debidamente autorizadas por los Estados miembros o por la Comisión’. En consecuencia, los ciudadanos […] no tenemos derecho a conocer su contenido. […] Claro que tampoco la conocen los uniformados que deben aplicarla en los controles de nuestros aeropuertos, profesionales que encuentran en su intransigencia y su rigidez la mejor garantía de continuidad para su puesto de trabajo.” Vale, así entiendo que los guardias civiles no se enteraran de si la norma permitía o no las ensaimadas rellenas y, ante la duda, la ensaimada al gollete. Termina Ignasi Guardans con un resumen que merece ser meditado: “Millones de personas y miles de empresas sufren ahora los efectos de una norma secreta, impuesta por quienes poco menos que responden sólo ante Dios y ante la Historia, cuya entera tramitación legal ha durado una semana.” Preocupante.

“Lo que más me fastidia —decía un hombre de unos cuarenta y tantos que empleaba una expresión más dura— es que sí que te puedes llevar una botella de un litro siempre y cuando la compres del otro lado del control, a mí me da que hacen negocio”, se narra en La normativa sobre los equipajes provocó largas colas en Peinador (La Voz de Galicia, 7-11-2006). “¿Quién garantiza que las tiendas libres de impuestos, donde se pueden adquirir líquidos, son seguras? ¿Qué pasa si dentro del avión varias personas juntan sus botecitos con líquidos y provocan una explosión?”, preguntan los eurodiputados Krahmer y Matsakis al presidente de la Comisión de Transportes tal como recoge Secretismo aéreo en la UE (El País, 3-12-2006). “La Comisión justificó las medidas, en una nota de prensa, porque las ‘han experimentado los norteamericanos’”. Amén. Claro que de las garantías de las botellas ya se encarga Sarkozy por el medio expeditivo de despedir a musulmanes que trabajen en esa parte de los aeropuertos franceses (La Nueva España, 22-10-2006).

Todo esto es muy gracioso, porque tal como se cuenta en UK 'plot' terror charge dropped (BBC News, 13-12-2006) el origen de esta manía a los líquidos es la detención de un británico musulmán en Pakistán, seguida de otras en Gran Bretaña, acusado de ser una figura clave en un complot terrorista para utilizar explosivos líquidos en vuelos entre el Reino Unido y EE.UU. El peligrosísimo líquido, con el que se podían fabricar bombas, era peróxido de hidrógeno, o en otras palabras, ¡agua oxigenada! Como era difícil de sostener tal acusación, fue absuelto de ese cargo y “la decisión del juez ha reforzado el ya amplio escepticismo sobre el complot.” Sin embargo, el nivel de paranoia no ha revertido.

En fin, que si antes ya lo teníamos difícil en los aeropuertos, ahora, bajo este clima de amenaza permanente en el que se generan normas absurdas, poco menos que tenemos que demostrar nuestra inocencia. Por tanto, no parece el momento más oportuno para que los fotógrafos logren aclaraciones como las que en su día obtuvo la GDT o negocien ventajas adicionales para el transporte del equipo. No somos los únicos que viajamos con material delicado (imagínense un stradivarius en la bodega tratado con los golpes habituales solidarizado con las maletas). Ni siquiera los seguros que ofrecen las compañías nos son totalmente útiles, porque ¿cómo podemos demostrar que el 500 mm f/4 a consecuencia del viaje tiene una lente desviada o que el estabilizador no funciona? ¿De qué nos sirve la indemnización si nos han arruinado el viaje?

¿Hay alguien que hoy en día se atreva a dar consejos a la hora de cruzar un checkpoint? He visto a gente subir con maletones que superan en volumen y peso las especificaciones, así como otros con más de una bolsa. También, por el contrario, la aplicación estricta de las normas. A algunos, el llorar un poco mostrando el delicado contenido de la bolsa les ha funcionado, mientras que a otros no. Lo único que se me ocurre, por tanto, es revisar previamente las normas de las distintas compañías cuyos servicios utilizaremos, tratando de minimizar el riesgo viajando acompañado y repartiendo los elementos imprescindibles, como medicamentos y cargadores, entre los distintos bultos. Sólo un mal fario puede llevar a que la compañía aérea practique su deporte favorito en todos, perdiéndolos a la vez.

¡Ah! Y ojo con las camisetas. No vayáis a ser devueltos a casa por mostrar frases de pacifista ofensividad en vuestra ropa.



(Post data: En el número de verano comentaba algunos perniciosos efectos de la nueva ley de Propiedad Intelectual. Según la reciente noticia precedida por el titular Millón y medio de juicios civiles han pagado a la SGAE por grabarse en CD o DVD (El País, 21-12-2006), el poder judicial, que ha de velar por el cumplimiento de dicha ley, también la sufre en sus aspectos menos justos. Como desde 2001 es obligatorio que los juicios civiles se registren “en soporte apto para la grabación y reproducción de sonido e imagen”, resulta que entre 2004 y 2006 la Administración de Justicia catalana, por ejemplo, compró 309.800 CD para expedientes originales y copias. Es decir, han pagado algo más de 75.000 euros (más de 12 millones de pesetas) de canon a la SGAE. Irónico, ¿verdad? Pero, claro, el que tiene que enterarse es el poder legislativo. Por cierto, ¿a qué cantante entregó la SGAE los 75.000 euros de la Administración de Justicia catalana? ¿A quién destinó los 25 millones de euros que ingresó el año pasado por este canon?).



Créditos
Dirección: Fernando Bandín
Consejo de redacción: Oriol Alamany, Fernando Bandín, Oriol Muntané, Fernando Ortega.
Diseño gráfico: Oriol Muntané.
Responsable técnico: Juanma Orta.
Redactores: Fernando Bandín, Roberto Costas, Juan Antonio Guerrero, Joan Guillamat.
Han colaborado en este número: Enrique Aguirre, Daniel Montero, Fernando Puche, Javier Ramos y Sergio Tomey.

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