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Como viajero, naturalista y fotógrafo siempre me han fascinado las islas, esos retazos de tierra perdidos en la inmensidad del océano, ecosistemas aislados donde la flora y la fauna se desarrollan de modo independiente del resto del mundo. Desde mi primer viaje naturalista y fotográfico al extranjero en el año 1983, muchos de mis viajes han sido o han incluido la estancia en alguna isla. Parecía mi destino natural, pues, que algún día recalara en la porción de tierra habitada más remota del planeta: Rapa Nui —o también Te Pito Te Henua— para sus habitantes; isla de Pascua para las personas de lengua hispana.
Perdida en medio del océano Pacífico, Rapa Nui es un triángulo de tierra emergida de tan sólo 22 x 18 x 16 km situado a 3.700 kilómetros de la costa de Chile y a 4.047 km de Tahití. Su principal atractivo para el viajero y fotógrafo son sus monumentales restos arqueológicos —los famosos y gigantescos moai—, pero esta isla de origen volcánico también ofrece austeros aunque bellos paisajes para el fotógrafo de la naturaleza.
El volcán Rano Kau y su inmensa caldera de 1,5 kilómetros de diámetro, con marismas en su interior, es un lugar hermoso pero extremadamente complejo de fotografiar debido a su inmensidad. Tan sólo una cámara equipada con un gran angular extremo —como un 17 mm en una cámara digital de sensor 24x36— puede abarcar el conjunto desde el borde del cráter y, aún así, no desde todos los ángulos.
En mi primer viaje a la isla, en otoño de 2004, ya tuve la oportunidad de fotografiar varias veces desde este enclave, donde puede apreciarse tanto el interior del volcán como los acantilados marinos de 300 metros de altitud y los islotes que se encuentran frente a la costa. Y volví a hacerlo en mi estancia de tres semanas en invierno de 2006, para pulir la imagen que buscaba. Fue necesario levantarse a las cinco de la mañana y subir a oscuras para estar situado en el lugar adecuado a las primeras luces del alba. En este momento este paisaje de intrincado relieve está bañado por una luz más suave y uniforme que la que recibe el resto del día. Me hicieron falta un total de ocho tomas verticales consecutivas, utilizando una cámara digital de sensor completo (full frame) con una focal de 28 mm, para abarcar toda la amplitud del cráter, así como su entorno inmediato. Para asegurar la uniformidad en las tomas me aseguré de fijar tanto la exposición como el balance de blancos en modo manual y utilicé un filtro degradado neutro de 3 puntos para reducir la luminosidad del cielo respecto al primer plano.
De regreso del viaje empalmé las fotografías en el ordenador para reconstruir este paisaje de la Polinesia que tanto me había emocionado. La panorámica resultante tiene una resolución equivalente a si hubiera utilizado una cámara digital de nada menos que 67 megapíxeles.
Cámara Canon EOS 1Ds Mark II de 16,7 MP a 100 ISO, objetivo zoom Canon 17-40 mm f/4 L a 28 mm, 1/3 sg a f/16, filtro degradado neutro, trípode Gitzo Mountaineer G1227 con rótula de bola Arca Swiss B1, nivel de burbuja.
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