Algo más lejos
Si salimos hacia las afueras de cualquier ciudad —lo podemos hacer en bicicleta o transporte público, no necesariamente en coche—, lo primero que nos encontramos son las zonas agrarias, campos de cultivo donde hay infinidad de sujetos que nos podemos llevar en la cámara. La zona es especialmente delicada, ya que como los campos suelen estar sin vallar es habitual pensar que son de todos. Estos campos tienen propietario y antes de entrar a trabajar en alguno de ellos deberemos pedir permiso a los payeses. Basándome en mi experiencia, he de decir que en su gran mayoría acceden muy amablemente; incluso les hace ilusión y te intentan ayudar con sus conocimientos de los animales que frecuentan su campo. En estos lugares suele haber canales de regadío por los que pasa continuamente agua corriente. Aunque habitualmente es complicado para los animales beber ya que la distancia entre el suelo y el agua es muy grande, siempre hay algún lugar donde hay una rama caída o un desnivel adecuado; si no lo hay lo podemos construir nosotros mismos.
Los ríos son, de lejos, la mayor fuente de vida que podemos encontrar. Hay muchas ciudades que pasan cerca de un río o que incluso se han formado alrededor de él. Si rebuscamos un poquito, encontraremos infinidad de motivos con los que entretenernos largos ratos. Es interesante volver a ellos en diferentes épocas del año, ya que son paisajes muy cambiantes. Dependiendo del ciclo anual encontraremos un tipo de fauna u otra. Sin duda, lo mejor es que podamos volver a él siempre que queramos; hay trabajos que se pueden alargar varias temporadas.
Incluso el balcón de casa puede ser un buen lugar. Hace pocos días un amigo que vive en pleno centro de Barcelona me contaba que un mirlo le venía cada día a su balcón y le dejaba todas las macetas patas arriba. Me decía que había probado de todo para asustar al mirlo, pero que no lo conseguía. Yo le propuse una solución fácil y efectiva: si a lo que venía el mirlo era a buscar gusanos en la tierra de las macetas, la solución era ponerle comida (pasta para insectívoros por ejemplo). De esta manera el mirlo seguiría viniendo, pero no tocaría las macetas y se pondría directamente a comer. Además tendríamos la gran oportunidad de fotografiar un mirlo en nuestra propia casa, con todas las facilidades y satisfacciones que eso conlleva. Esta sencilla práctica de montar un comedero para animales puede funcionar en el balcón de nuestra casa, en nuestro jardín, o en un parque público donde dispongamos de un rinconcito apropiado y, por supuesto, del permiso necesario.
Estos son algunos lugares que yo he encontrado, pero hay millones de ellos por descubrir. Sólo hay que salir de casa y buscar: podemos hacer una lagartija en la pared de nuestra vivienda, descubrir un mochuelo en el poste telefónico de un solar por edificar, un nido de verdecillo en el árbol de nuestra calle o retratar los simpáticos ratones que tienen su madriguera en el alcorque de este mismo árbol. Lo interesante es no estancarse en un lugar, ya que allí siempre encontraremos las mismas especies; si cambiamos tendremos más variabilidad y, por lo tanto, más posibilidades de conseguir nuevos temas.