Cada vez que alguien me pide un consejo de compra y doy un repaso a la oferta del mercado en cámaras compactas, no puedo dejar de asombrarme con la espectacular evolución de este segmento y con la inacabable lista de modelos escasamente diferenciables. Si a ello se suma que éstos desaparecen con tal rapidez que uno carece de referencias anteriores, realmente es difícil aconsejar.
Tras el estrepitoso fracaso de los fabricantes en su intento de que la clientela renovara el parque de cámaras con la iniciativa del formato APS, al final lo han logrado con el advenimiento de la era digital. Ahora bien, no sin riesgos, pues, tal como se ha visto, conllevó grandes inversiones económicas no siempre recuperadas. Como a la par hicieron presencia nuevos actores procedentes de la informática y de la electrónica de consumo, con sus respectivos canales de venta (hipermercados y comercios de electrodomésticos), el resultado es de todos bien conocido: prestigiosas marcas han dejado el mercado fotográfico y otras han tenido que realizar alianzas estratégicas con los recién llegados para sobrevivir.
No hay nada de malo en ello: Son las leyes del mercado que fuerzan constantemente a renovarse y ser competitivos. Pero, aunque esto sea ineludible, no deja de ser triste para los amantes de la fotografía el ver cómo la falta de tradición fotográfica y los imperativos del esnobismo consumista alejan los diseños de las cámaras más populares de su verdadero fin, acercando su espíritu al de meros complementos de moda, tal como ocurre con móviles o reproductores de música.
Como sabemos, la electrónica ha sido capaz de comprimir en cámaras de tamaño inferior al de un paquete de tabaco funcionalidades sorprendentes. Por ejemplo, es difícil creer que en una cámara de esas dimensiones pueda encontrarse un zoom óptico con factor 12x, o en términos referenciales, un 35-420 mm. (Ante esto, mi teleobjetivo de 400 mm apenas si merece el prefijo “tele”, pues sólo ve reducidas sus dimensiones a 30 cm, 10 menos que su longitud focal.) Además, no es necesario exponer ni enfocar, pues la cámara lo hace automáticamente, cumpliendo perfectamente el ideal de Kodak de que el usuario sólo tiene que disparar. (Y tampoco revelar carretes, con lo que —para su desgracia— ya no “hace todo lo demás” el gigante de Rochester.) Por reducir, ni siquiera cuentan ya con visor: Primero los minimizaron hasta el extremo, luego mostraron imágenes electrónicas y ahora ya se encuadra directamente en la pantalla.
Cuando el aficionado se introduce en la fotografía a través de una de esas caras y glamurosas cámaras compactas, con la esperanza de que sus numerosas prestaciones le garanticen buenos resultados y le permitan avanzar hasta donde le lleve su interés por este arte, se va a encontrar con una situación muy diferente a la que se vivía en los tiempos en que uno se iniciaba en la fotografía de mano de una Kodak Retinette, una Zenith o con el lujo de una Pentax K1000. Allí había un aro de velocidades, otro de diafragmas y el de enfoque. Era un lío acordarse de ajustar todos ellos antes de la toma, pero para algo debían servir —el de sensibilidad se manejaba al poner el carrete y no se volvía a tocar—. Y cuando uno aprendía su utilidad, podía hacer muchas cosas: el límite era la propia creatividad.
Me preocupa que con la generación actual de compactas, los que se inician en la fotografía pierdan la oportunidad de aprender claramente los principios técnicos básicos. El aro de enfoque permite enfocar selectivamente y no necesariamente el primer plano. ¿Cómo si no imágenes históricas como la de Ernst Haas de la madre que busca noticias de su hijo entre los soldados que retornan tras el armisticio, titulada Waiting for a miracle? Con tales cámaras, el enfoque automático se centra en lo que su algoritmo le dicta, no en lo que precisa la escena. Pero, además, se añade el hecho de que la profundidad de campo es muy amplia y prácticamente inamovible, pues carecen de un rango amplio de diafragmas —en ocasiones tan sólo uno o dos valores— y éstos llevan aparejada una profundidad de campo enorme dado el pequeño tamaño del sensor. Por tanto, apenas si hay posibilidades de enfoque selectivo o de lograr fondos suaves.
Si no podemos enfocar donde queremos, ni diafragmar a nuestro gusto, ¿podremos elegir la velocidad de obturación? Salvo mediante subterfugios, tampoco. Así que nos quedamos tan sólo con las herramientas del encuadre y de la longitud focal. No va a ser fácil lo primero, porque muchas de estas pantallas, ante una intensa iluminación, poco detalle muestran. En cuanto al zoom, nos encontraremos con un severo inconveniente —compartido con las réflex— respecto al aprendizaje. Como sabemos, aunque en el cuadro el sujeto principal aparezca con las mismas dimensiones, no es lo mismo acercarse y usar el angular que alejarse y emplear el tele, ya que ofrecen perspectivas diferentes. Cuesta mucho transmitir al novel el efecto óptico de cada focal —independientemente del tipo de cámara— y no termina de asumirse completamente, entre otros motivos porque es más cómodo manejar el práctico zoom que caminar.
Antes, aprender era difícil. Uno se encontraba de golpe con todos los parámetros que influyen en una toma fotográfica y debía tomar decisiones. La película y el revelado resultaban caros, por lo que había que ser comedidos al disparar. El tiempo de espera, entre la toma y la recepción de los revelados, era largo, con lo que fácilmente se olvidaban las condiciones de la toma. Pero, al menos, uno podía tomar todas las decisiones incluso en las cámaras más económicas.
Ahora, el revelado es inmediato. Si sale mal, se puede volver a intentar —así como realizar multitud de variantes compositivas— sin coste alguno, pero siempre con las manos atadas en cuanto a modificar ciertos parámetros. Lo peor resulta cuando uno quiere seguir avanzando en este arte, pues se da cuenta que su cara inversión en microelectrónica no sirve y tiene que dar otro salto, para alegría de los comerciantes.
Los fabricantes están en una guerra de cifras. Lo que importa son los megapíxeles y otros parámetros espectaculares. Sin embargo, como bien apuntó Michael Reichmann recientemente, sería más interesante que dejaran de incrementar inútilmente la densidad de píxeles en estas compactas, redujeran el ruido de estos diminutos sensores y pensaran más en las necesidades del fotógrafo. Porque puede ser en un principio novel, pero con el tiempo será más experto y no necesariamente abandonará ante todos los motivos su compacta frente a una réflex.
En resumen, se necesitan cámaras para fotógrafos, pensadas con la tradición de la industria fotográfica y con funcionalidades dirigidas al control de la imagen resultante. Todo ello, independientemente del punto de venta y de que su diseño las haga doblemente funcionales, satisfaciendo a la par el fetichismo de los más esnobs.
(Quizás todo esto sea nostalgia de aquellas joyas llamadas Minox y Rollei 35. De todos modos, mi consuelo ha sido ver que, a pesar de sus limitaciones, a las semanas de la compra recomendada, una larga colección de fotos aceptables habían justificado la adquisición a pesar del nulo conocimiento técnico del propietario. Ése ha sido el gran acierto de los fabricantes.)
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Redactores: Oriol Alamany, Fernando Bandín, Roberto Costas, Juan Antonio Guerrero, Joan Guillamat.
Han colaborado en este número: Roberto Fernández, Álvaro Fernández Polo y José Ángel Hernández.
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