Fotografiar la selva tropical con todo lo que ello implica siempre ha resultado un reto. En la provincia de Sabah, al norte de la isla de Borneo, existe una extensa red de parques nacionales con instalaciones perfectamente orientadas al eco-turismo en las que podremos encontrar innumerables posibilidades para captar sus más diversos ecosistemas y animales convirtiéndose en una oportunidad excepcional para todo aquel que quiera sacarle el máximo partido. Árboles de hasta 76 metros de altura, plantas carnívoras que llegan a comer ratoncillos, elefantes pigmeos, rinocerontes de Sumatra, panteras nebulosas, násicos, orangutanes, la flor más grande del mundo y una especie de gatito recién descubierta, todavía por catalogar, son sólo un pequeño pedazo de lo que nos espera para ser captado por nuestra cámara.
No podría explicar con seguridad por qué decidimos ir allí. Como en cualquier zona que decides visitar sin tener una intención específica previa, imágenes entrecortadas correteaban por la espesura de nuestro subconsciente. Mi archivo fotográfico transpiraba esencias de múltiples rincones del globo, como intensos pero efímeros flirteos de verano: tres veces coqueteamos con África, en la India vimos salir el sol a lomos de elefantes en busca de tigres y América, con su cuidada infraestructura, nos obsequió con unas gélidas tardes disfrutando de dos osos polares jugueteando bajo la atenta mirada de un inquisitivo zorro polar. Australia, de eso hace ya más de diez años, nos tatuó el corazón con la carita de un Koala mascando eucaliptos.
Será que tenemos curiosidad de mundo, y esa curiosidad hizo que ojeando un estante en mi estudio —por denominarlo de alguna manera— descubriese unas fichas con un diseño cartográfico espantoso, pero a su vez también con un peculiar atractivo. En el extremo del sudeste asiático, dónde la tierra se acababa y daba paso a una infinidad de islas justo antes de que el mar atracase cálidamente en Australia, se congregaban una infinidad de iconos faunísticos de curiosas siluetas. Sin querer, me quedé colgado mirando aquellas fichas dejando que mis holgazanas neuronas ahondaran en mis más profundos recuerdos de niñez, devolviéndome recuerdos de monos enormes con protuberancias como boniatos colgando de su nariz y largos caninos, extraños ruidos inmersos en oscuras selvas y amenazadoras plantas carnívoras. Aquella mariposa en el estómago, previa a cada viaje, empezaba a revolotear...
¡Selamat datang!
Selamat datang fue sin duda la exclamación que nos acompañó a lo largo de todo el viaje por Sabah, y cuando bienvenido suena tan bien y tan seguido, te acaba haciendo creer que en realidad lo eres.
Situada al norte de Borneo, Sabah es una de las dos provincias malayas ubicadas dentro de la isla de Borneo, la cual está considerada como la tercera isla más grande del mundo. Con una costa de 1.440 km, Sabah está bañada por el mar del Sur de China en el oeste y el de las Célebes y Sulu al este, rodeando una superficie terrestre de 74.500 km².
Repleta de las más bellas exquisiteces naturales se ha ganado el romántico nombre de “la tierra bajo el viento”. Justo al norte del Ecuador, goza de un clima tropical, es decir, cálido y húmedo todo el año con unas temperaturas diarias de 23 a 33 grados centígrados que disminuyen conforme se ascienden sus espectaculares montañas, cosa que más o menos ocurre en todo el mundo pero aquí se agradecía especialmente. Por citar la época de visita más benévola por la menor pluviosidad, la encajaríamos entre abril y septiembre. Para los amantes de la ornitología, los meses restantes —es decir, entre octubre y marzo— son especialmente gratificantes.
Este clima tan húmedo nos obliga a ser extremadamente cuidadosos con nuestro equipo si no queremos que se quede ahí eternamente de vacaciones. Nos serán de gran utilidad las bolsitas de plástico con auto sellado en las que podremos proteger nuestros filtros, objetivos, carretes y demás utensilios que puedan ser víctima de la intemperie y en consecuencia de la humedad. Una toallita no nos molestará para irnos secando el sudor que iremos desprendiendo durante todo el viaje. Para los fotógrafos que utilicen gafas puede llegar a ser una tortura, y bien sabrán lo incómodo que es que se empañen continuamente, por lo que es muy recomendable sustituirlas por lentillas y así poder dedicarse más a fondo a librarse de los bichitos y las sanguijuelas, que corretean emborrachadas por nuestra presencia, vengándonos a golpes de flash.