Los habitantes de las grandes ciudades se quejan, con razón, de los numerosos problemas que sufren por el tamaño de su ciudad, olvidando muchas veces sus múltiples ventajas. Una de ellas, la que más añoro, es el acceso a eventos culturales de primer orden, rara vez disponibles en ciudades pequeñas.
Por suerte para mí, en la ciudad más cercana a donde vivo tiene su sede una de las fundaciones europeas que más invierte en cultura, la Fundación Pedro Barrié de la Maza. No sólo nos ha regalado con exposiciones de fotografía de los autores clásicos americanos más destacados (algunas de ellas visitaron Europa por primera vez gracias a sus gestiones), sino también de consagrados maestros de la pintura.
En el momento de redactar estas líneas, en sus salas cuelgan obras impresionistas de la colección Museo Wallraf-Richartz-Fundación Corboud. Es decir: Monet, Sisley, Courbet, Renoir, Cézanne, o Gauguin, entre muchos otros. Un lujo de exposición para una ciudad pequeña, por lo que el público respondió acudiendo a disfrutar, frente a sus telas, de esta oportunidad de ver y comprender la pintura impresionista directamente. Tarea difícil de otro modo, puesto que sus vívidos colores y matices de luz nunca se reflejan fielmente en las publicaciones, por mucho que se haya esforzado el impresor.
Gran parte de la obra expuesta son paisajes. Estos maestros sacaron los caballetes a la calle y al campo, preocupándose más de reflejar la luz del instante que los detalles de la escena (con lo que fueron muy realistas en lo primero en detrimento de lo segundo). Los paisajes urbanos nos muestran monumentos y ajetreadas calles. Por su parte, las escenas campestres no son paisajes espectaculares, donde las fuerzas tectónicas hayan manifestado toda su fuerza creadora, sino paisajes cotidianos de la campiña, muy modelados por las labores agrícolas y con la presencia constante de paisanos y construcciones rurales.
Durante la visita, ante el tratamiento de temas que me son habituales, se deslizó el pensamiento reflejo de preguntarme cómo hubiera abordado el tema de estar en su lugar y meditar en por qué el maestro había tomado ciertas decisiones compositivas. Así, veía cómo en el cuadro puntillista de Alfred William titulado Pueblo cerca de la costa del Mar del Norte, el campo labrado recortado por el borde derecho del encuadre tenía toda la razón de ser tratado así: bastaba imaginarlo completo para que la escena no fuera tan efectiva. De algún modo le había descubierto y me sentía cómplice. Ante el Castillo de Chillon de Gustave Courbet, de inmediato me dije que yo también habría encuadrado de ese modo ante la suerte de ese instante de luz tormentosa tan hermoso, recurriendo a una composición equilibrada, pues de nada habría servido abarcar más espacio del lago. Poco a poco, un diálogo semejante se desarrollaba ante cada cuadro.
Paralelamente, comenzó un juego con mi acompañante: Adivinar a qué hora del día y época del año había sido pintada cada tela. Los impresionistas indagaron en la calidad de la luz que inunda el paisaje, variante con la hora del día, con el tiempo meteorológico y, finalmente, con los meses del año. Un caso llamativo es el estudio que Monet hizo de la catedral de Rouen (no presente en esta exposición). Desde febrero hasta abril, por dos años consecutivos, pintó una extensa serie de cuadros (más de cuarenta telas), con mínimas diferencias de perspectiva, reflejando los cambios de iluminación que sufría la fachada de ese monumento a lo largo del día. Algunos efectos luminosos duraban sólo unos minutos, pero él fue capaz de captar las distintas tonalidades según cambiaba el ambiente y la atmósfera de la catedral.
Ante el cuadro Huerta de Pontoise durante la puesta de sol de Camille Pissarro no se podía menos que pensar que había retratado la huerta en invierno, a última hora de una fría tarde, cuando comienza a caer el rocío y se cubren los árboles sin hojas de leves tonalidades azules, mientras los verdes vivos de la vegetación se vuelven esmeraldas, invitando ya a recogerse en la calidez del hogar. A pleno sol del mediodía, Gustave Caillebotte en Jardin en Trouville no dudó tampoco en dar una cuantas pinceladas azules, fuertes en este caso, a las hojas de los rosales, para reflejar la luz fría que se producía en la zona sombreada de un jardín, mientras dejaba los verdes y rojos vivos para las zonas soleadas.
En La llanura de Gennevilliers, campos amarillos, también de Caillebotte el pensamiento derivó hacia la técnica. Allí había un 28 mm y parecía haberse subido a algo para alcanzar un punto ligeramente elevado en un espacio tan llano. Los impresionistas, cuya primera exposición se realizó en 1874 en el estudio de Nadar, fotógrafo célebre por sus retratos, se vieron influenciados por la fotografía en diversos aspectos de su trabajo, entre ellos el uso de la perspectiva que proporcionan los grandes angulares. De una forma u otra, arranca una escena atractiva de un paisaje a primera vista monótono a causa de su falta de relieve y del cielo cubierto que no permite a la luz darle más encanto.
El cuadro de Pierre Bonnard titulado En la barca (Vernon) me pasó desapercibido en un primer momento, pues elude el contacto directo. Sin embargo, al volverme, de repente, como un prestidigitador guasón, me mostró todo su propósito. La expectación en una laguna durante un día frío de primavera, los árboles movidos por el viento y el agua reflejando las nubes que avanzan, es disfrutada serenamente por un abrigado barquero mientras su perro descansa aburrido a su lado, llenándolo de satisfacción.
Por su parte, Henri Lebasque con su Una tarde en el parque nos hace sufrir el calor del mediodía, el ambiente cargado de humedad liberada por la vegetación, donde la vista sufre el contraste de luz entre la sombra de los árboles y el sol que cae a plomo. Los árboles, agotados por su fuerza, muestran alicaídos sus hojas. Uno no desea más que entrar en el cuadro para refrescarse a la sombra de los chopos y deslizarse en el sueño de una siesta amodorrada. ¡Qué más quisiéramos que haber podido controlar de ese modo el contraste en película dispositiva! ¿Podremos llegar a ello con los sensores digitales?
Cuando me enfrento a las obras de grandes maestros, no dejo de preguntarme qué es lo que les permitió, cuál fue la clave, que les hizo acertar en su obra. Uno se dice a sí mismo “pero si eso es lo que estoy intentando” —pero sin lograrlo, claro—. Obviamente, la clave es el talento.
Pero no sólo. Hay un aspecto que se suele olvidar y es el ideológico. No sólo se trata de tener las habilidades precisas, sino que también hay que tener la intención de explorar ese terreno conceptual. En el campo de la fotografía del paisaje natural existe una desgraciada tendencia a querer retratar sólo lo espectacular, los paisajes más prístinos e intocados por la huella del hombre, las sierras más agrestes y la montañas más abruptas. La rareza del paisaje, su lejanía, hacen que la imagen tenga un valor per se para muchos. El amor por lo delicado, el matiz y el detalle, por el contrario, no llaman la atención apenas pues se representa como un exceso de sensiblería o, simplemente, intrascendente. Parece como si la fotografía en este ámbito todavía no hubiera pasado de la época de las grandes exploraciones, cuando el fotógrafo y antes el dibujante tenía que documentar aquellos espacios porque las palabras tan sólo podían describirlos pobremente y nunca con el marchamo notarial que aportaba la fotografía.
De este modo, actualmente uno se encuentra libros de fotografías llenos de fotos con estas características. Realmente, lo único que transmiten es información sobre espacios, generando ganas de viajar a esos lugares recónditos, pero poco más, como meros folletos de agencia de viajes, lujosos, eso sí. Apenas un solo sentimiento. Sin embargo, aquellos impresionistas, con unas cuantas pinceladas falsamente deslavazadas, logran lo que otros con equipos fotográficos sofisticados no consiguen actualmente: emocionar. Seguramente porque los fotógrafos tampoco lo intentamos.
Créditos
Dirección: Fernando Bandín
Consejo de redacción: Oriol Alamany, Fernando Bandín, Oriol Muntané, Fernando Ortega.
Diseño gráfico: Oriol Muntané.
Responsable técnico: Juanma Orta.
Redactores: Oriol Alamany, Fernando Bandín, Roberto Costas, Juan Antonio Guerrero, Joan Guillamat.
Han colaborado en este número: Joaquín Albaladejo, Roger Eritja, Álex Martín, Luis Martín, Marcos G. Meider, Francesc Muntada, Ramón Navarro, Fernando Ortega, Carlos Roldán, Ramón Torres.
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