Una de las señales más evidentes de que la primavera está a punto de explotar es la llegada de miles de abejarucos al continente europeo, procedentes de sus cuarteles de invierno en África. Estos auténticos arcos iris alados no dejarán de surcar nuestros cielos durante los meses estivales, deleitándonos con sus mejores piruetas dignas de aviones de combate en plena batalla. Nada más llegar a sus antiguos lugares de cría, los individuos de la colonia inician una serie de rituales que no escapan a la atención de cualquier amante de la Naturaleza. En muchas ocasiones, son sus inconfundibles cantos y reclamos los que nos advierten de que por ahí cerca los tenemos deambulando.
La actividad es incesante en la colonia: la búsqueda de un compañero, la confección de los túneles de cría, las constantes peleas por hacerse con los mejores posaderos... Pronto estarán establecidas las parejas, y las cópulas y cebas nupciales se alternarán con la construcción de la cámara de cría donde se encerrará la hembra con la puesta para incubar los huevos, ayudada esporádicamente por el macho, durante unas tres semanas aproximadamente.
Los pollos permanecerán poco más de un mes en el oscuro túnel donde nacieron y, nada más asomar la cabeza por la entrada, comenzarán a volar torpemente por los alrededores del nido.
Pasadas unas semanas, el grueso de la colonia enfilará rumbo al estrecho de Gibraltar, para regresar por donde llegaron y pasar los meses más fríos alejados de nuestras tierras.
Fotografiando abejarucos
Sin lugar a dudas, podríamos afirmar que se trata de una de las especies de aves más retratada y perseguida por aficionados y profesionales de la fotografía de la naturaleza en España. Su fácil localización y su personalidad no excesivamente desconfiada favorecen que legiones de fotógrafos intenten cada año llevarse a casa un buen recuerdo de su encuentro con estos coloridos individuos.
Fotografiar un abejaruco no es difícil. Eso sí, inmortalizar en bellas imágenes las distintas fases de su ciclo vital, a través de las más variadas técnicas, se antoja una tarea más complicada. El primer paso será, por tanto, localizar una buena zona para desarrollar con éxito nuestro trabajo.
La especie se distribuye por gran parte del territorio nacional, exceptuando Galicia, la cornisa cantábrica, Pirineos y el archipiélago canario. Los datos recogidos por el último censo indican una población mínima en torno a las 100.000 parejas. Pero no todos los lugares donde reside son aptos para captar una imagen de calidad.
Normalmente, los abejarucos repiten las mismas zonas de cría, si una excavadora o un nuevo centro comercial no se lo impiden. Se recomienda comenzar el trabajo en un lugar relativamente despejado de grandes árboles. De existir, los distintos individuos de la colonia podrían aprovechar esta circunstancia para usar las ramas más altas como posaderos y, por tanto, quedar fuera del alcance de nuestros equipos fotográficos.
Las mejores zonas para trabajar son las llanuras que rodean a pequeños cursos fluviales. La cercanía del agua les proporcionará el sustento alimenticio necesario para sobrevivir, consistente en una dieta basada en una amplia variedad de insectos alados. Los taludes del río y las suaves llanuras que lo rodean servirán para que estas aves construyan sus oquedades de cría. Con mucha frecuencia, construirán sus nidos en pleno suelo, si no encuentran las paredes adecuadas donde hacerlo. Lo ideal es buscar posaderos aislados entre sí (por pura estadística, cuantos menos sitios para posarse, más facilidad para nosotros) y cuya altura no sea excesiva, evitando así que nuestros fondos en las fotos se conviertan en monótonos cielos azules.