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Reportajes



Madagascar, paraíso a la deriva

Por: 
Antonio Sabater (texto y fotos)

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Han transcurrido cinco años desde que empecé mi estudio fotográfico sobre el lince ibérico (Lynx pardinus) en el Parque Nacional de Doñana (Huelva) y, lejos de estar cansado de buscar fantasmas en el matorral, sí me apetecía tomarme un descanso en la guerra administrativa sobre cláusulas y condiciones (yo diría chantaje) que trata de imponerme la dirección del parque en las autorizaciones fotográficas.
Por esto presté atención en una conversación con mi amiga Astrid Vargas, la cual me invitaba a viajar y conocer unos prosimios rarísimos y en peligro de extinción, descritos para la Ciencia hace tan sólo 10 años, y que viven, si es que quedaba alguno, en una selva húmeda y remota, allende los mares, en Madagascar.
A las pocas semanas ya había comprado más de media docena de guías de fauna y flora, así como libros fotográficos y cartografía sobre Madagascar. Con nocturnidad y alevosía había devorado cientos de páginas web sobre lémures y sifakas. Aún así, todavía me parecía poco para elaborar un guión fotográfico como primer paso antes de considerar un viaje, cuando menos, costoso y arriesgado por la falta de infraestructucturas. Elaboré un anteproyecto para considerar si había una historia fotográfica que pudiera interesar a los editores. Con la teoría elaborada me reuní de nuevo con Astrid, ya que ella podría aportarme los valiosos datos prácticos (eso que llamamos experiencia). Además de ser la organizadora del grupo de científicos españoles que partían en busca del sifaka de diadema dorada (Propithecus tattersalli), había estado con anterioridad en el país. Pude obtener una información muy interesante y de gran importancia a través de sus cuadernos de campo, fotografías, datos bibliográficos y contactos con la Administración, ONG locales y nativos, a pesar de que no había visitado nunca el noroeste.
Obtuve respuesta y apoyo de casi todos los contactos nativos a los que les escribí un correo electrónico. Ya estaba decidido --en agosto hace una calor de muerte en Sevilla--. ¡Me voy a Madagascar! Para un viaje de casi dos meses de duración y a más de 10.000 kilómetros de casa, hay que preparar el equipaje concienzudamente para que nada falte. No vaya a ser que te pase lo que le ocurrió a Fernando Barrios cuando fuimos al Amazonas: Se le perdió el único juego de gafas na más aterrizar (bueno más exactamente, cuando la avioneta tomó tierra, mucha tierra; bueno, eso es otra historia) y se sentaba el gachón a pelar las papayas encima de los caimanes de 8 metros de longitud.
Lo mejor es hacer una gran lista de los distintos equipajes y necesidades, según el tipo de viaje, y no dejar nada a la memoria. Preparé los equipos fotográficos y cuando terminé tenía en el suelo de mi estudio dos mochilas Lowepro, una bolsa de trípodes y monopiés, y una gran bolsa de complementos (pilas y carretes). En total, 114 kilos que nos repartimos a las espaldas como pudimos mi ayudante y asesor científico Javitxu y yo, y que hicimos pasar como equipaje de mano.
A la ida no tuve problemas con Air France. Presenté el carné de AEFONA y palante a la sala VIP. Pero a la vuelta, Air Madagascar no conocía la importancia de la Asociación y me presentaron una facturita de sobrepeso de 5.250.000 francos malgaches, unas 131.000 pesetas al cambio. ¡Lo contento que estaba yo a la vuelta!
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