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Reportajes



Fotografiando las grullas

Por: 
Jose-Elías Rodríguez

Tengo que reconocerlo: A pesar de la paciencia que se me supone como fotógrafo de la naturaleza, cada otoño me siento inquieto por escuchar y ver las primeras grullas que llegan a mi tierra. Y es que el espectáculo de los bandos de estas aves, garabateando los maravillosos cielos del atardecer, me ha cautivado y no soy nadie sin la algarabía de los gritos de las grullas, sintiendo en mi piel los vientos, frescos y húmedos, de finales de octubre.
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Aún recuerdo cuando mis abuelos, al escucharlas, levantaban la vista y me pedían que dijese un número, que las grullas lo dibujarían a su paso por encima de la aldea, rodeada entonces por la dehesa. Muchos años después conseguí verlas de cerca y fotografiarlas, nervioso siempre ante su gallarda presencia, con el vello erizado por la emoción y tiritando, por el frío y por los nervios.
Más de 80.000 grullas comunes invernan en España y casi el 80% lo hacen en Extremadura, tierra de acogida del ave, tal vez, más europea de todas. Después de su largo viaje desde el norte continental, con paradas en la isla alemana de Rüggen, en el francés lago de Chantecoq y en la laguna aragonesa de Gallocanta (curiosa coincidencia en el nombre de ambos humedales), llegan en octubre a esta región para alimentarse. Arrozales, rastrojos de cereal, dehesas y pastizales aportan la alimentación a las grullas. Embalses, lagunas y charcas les sirven de dormideros.
La mejor forma de verlas es a la salida o a la entrada de sus dormideros, justo al amanecer y al ponerse el sol. Aunque muchas de ellas volarán casi de noche, el grueso de la población lo hará con el sol en el horizonte, momento mágico para su observación y fotografía. Hace unos años, acompañado de mi hija, disfrutamos de uno de esos momentos inolvidables e irrepetibles con los que, a veces, nos regala la vida: escondidos entre unas rocas cerca del dormidero, escuchamos, más que vimos, el paso de las grullas. El sol hacía rato que se había escondido y las últimas aves nos sobrevolaron apenas a 10 metros, sentimos el trompeteo de los adultos, el siseo de los pollos, el aleteo de todas. Un par de minutos de estruendo que rasga el aire y, poco a poco, el silencio de la noche invernal: las grullas duermen.
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