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Editorial



Editorial

Por: 
Fernando Bandín

Las primeras lluvias, tímidas tras la larga sequía, han llenado la ribera del río de olor a tierra húmeda, recordándonos la proximidad del otoño. Esa estación, sin duda, es la más fascinante, con los bosques exhibiendo colores cambiantes y pasando los árboles a mostrarnos de nuevo su verdadera forma, desnuda ya de follaje. Las aves se concentran y arribarán los primeros migrantes, conformando uno de los espectáculos más interesantes de la naturaleza. Los bandos de estorninos llegan a ser espectaculares: Desplazándose al atardecer por el cielo urbano en bandos compactos, hacen pensar en la sincronía de su vuelo. Cada individuo debe acompasarlo con sus congéneres con extrema precisión para no provocar un accidente mortal. Y, sin embargo, el conjunto del bando parece volar sin meta definida, quizás pasando el tiempo antes de bajar definitivamente al dormidero. Con el otoño comienza un nuevo curso. No sólo para los escolares o para gran parte de las empresas, sino que también para nuestras vidas. Muy al contrario de la extendida opinión de que el año comienza el primero de enero o con el inicio de la primavera, en la práctica la pausa veraniega hace que el retorno a la vida habitual marque el principio del ciclo anual, con el arranque de proyectos y votos personales (¡bien lo saben los vendedores de fascículos y colecciones!). Pasado el momento culminante de la otoñada, también retornarán a los fotógrafos asuntos cíclicos. Los concursos con intereses claramente espurios serán tema de conversación. Uno de ellos ya ha empezado a generar controversia, dada la importancia simbólica para los fotógrafos de la naturaleza de uno de los dos socios en la iniciativa. No es nada nuevo que se organicen certámenes cuyo único objeto es recabar los derechos de publicación de un conjunto de fotografías, logrando de esa forma una colección extensa, e hipotéticamente de calidad, al precio irrisorio de un premio. Pero sí es nuevo que se vea implicada una cabecera cuyo éxito y prestigio se ha fraguado en las fotografías que publica —es decir, en el trabajo de autores a los que ensalzan como los mejores— para que ahora negocien el uso de su marca en una actividad tan lesiva e irritante para los fotógrafos, traducida en este caso a la obtención por parte de su socio de imágenes gratuitas para publicidad. Pero, si es legítimo para ambas partes velar por los intereses económicos respectivos, no lo es menos que en los concursos participa quién quiere y, si tienen éxito como forma de acumular derechos de reproducción, es porque algunos fotógrafos así lo aceptan. Aparentemente, para la parte del colectivo que está en desacuerdo con este tipo de concursos, sólo nos cabe renunciar a la participación y tratar de boicotearlos mediante la no divulgación, tanto sea ésta de boca en boca como a través de las publicaciones de nuestras organizaciones. Incluso, pudiera ser que éstas emitieran cartas de protesta sistemáticamente, tanto a los organizadores como a las entidades asociadas, pues transmitir este rechazo es la única forma de demostrar el efecto publicitario negativo de esas convocatorias. El paso siguiente, la manifestación pública de este rechazo, tanto respecto a los organizadores como personalizado en los propios ganadores de dichos concursos, creo que nunca se ha dado. El caballo de batalla de la defensa de los derechos también galopa por otros campos. Además de la cada vez más preocupante venta royalty free de imágenes en Internet, la comercialización de derechos por un solo uso, la más frecuente en el mundo editorial, se ha intentando socavar por parte de grupos de presión que desde hace tiempo tratan de modificar la legislación europea de derechos de autor para que los editores puedan reutilizar las imágenes todas las veces que deseen tras el pago de un solo uso. Pero la realidad es que algunos fotógrafos ya venían renunciando a sus derechos. No se trata del caso del fotógrafo en nómina o contratado por jornadas (por otra parte, situación poco frecuente en nuestra especialidad). Se trata de la venta de derechos de imágenes de archivo por tiempo indefinido a precio de una sola publicación, con casos tanto entre aficionados noveles como entre profesionales. Un hecho reciente ha venido a traerlo de nuevo al candelero, pues en esta ocasión es una entidad pública la que ha hecho una oferta de adquisición de una numerosa cantidad de fotografías, pagando una cifra irrisoria por cada una, a pesar de ser una cesión de derechos indefinida e incluso quedarse con la dispositiva original. Como en el caso anterior, basta que los fotógrafos renuncien a participar para que no tenga éxito ese concurso público. Pero ya lo ha tenido el año precedente y no hay nada que nos haga sospechar que este año ocurrirá lo contrario. Efectivamente, no deja de ser tirar piedras al propio tejado, pues esa entidad comercializa las fotografías haciendo competencia a todos los fotógrafos, incluido el propio autor. Más aún, comercializa las imágenes a menor precio que lo habitual en el mercado. Aunque los fotógrafos se defendieran reduciendo sus tarifas, siempre serán más competitivos: Pueden bajarlas todo lo que quieran, ya que los salarios y las instalaciones de las entidades públicas los pagamos todos los ciudadanos. Por otra parte, el asunto también hace meditar en la existencia de archivos fotográficos de la naturaleza en organismos gubernamentales bajo el paraguas disculpatorio de la documentación, ya que no es información histórica o científica que requiere ser preservada. Piénsese que no se hace lo mismo con la fotografía de deportes, de espectáculos o de cientos de otras áreas. No se trata sólo de cubrir necesidades internas, pues al final esas imágenes acaban en folletos y libros tanto de las propias entidades públicas como de las privadas, cegando legítimas fuentes de ingresos del fotógrafo. Y, a mayores, alimenta el fenómeno de las publicaciones de baja calidad, pues se publica lo que se tiene gratis, o se consigue a bajo precio y de una sola fuente, en lugar de buscar las mejores fotografías que el mercado ofrece a precio habitual. Claro que este tipo de competencia desleal no es la única que llevan a cabo las instituciones. La intromisión en la industria editorial, más allá de lo razonable en una sociedad no estatalista como la nuestra, es injustificable. Al margen de las magníficas e indispensables obras de determinados organismos, por el contrario, apabulla el número de publicaciones inútiles, reiteradas y de baja calidad con la que nos inundan gracias al presupuesto estatal, autonómico o local. Es muy bonito jugar a editores, especialmente cuando no se quieren afrontar los problemas ambientales con determinación y sabiendo que nunca nadie se ha quejado de que se gaste el dinero público en libros o folletos. Y, de paso, siempre se da un crédito clientelar al contentar a los autores, crédito que ya se cobrará en su momento. El balance de las ferias del libro de este año —cada uno cuenta la feria según le fue— permite calcular un saldo notablemente negativo por parte de las instituciones públicas. No estaría mal que algún día se explicase el porqué de tan baja calidad de contenidos, con precios claramente excesivos para realizar la función para la que hipotéticamente fueron impresos, de temáticas sobradamente cubiertas por la iniciativa privada y, paralelamente, con la paradoja de la espera por ver la luz de publicaciones minoritarias de gran calidad científica o divulgativa de difícil hueco en la industria editorial. Continuando con la tercera pata del lecho de nuestro paciente, no se pueden dejar de citar los precios de venta. Me di de bruces con ello ordenando viejos papeles, pues encontré las tarifas que ofrecía ya hace casi diez años una conocida enciclopedia: Me sorprendió ver que aún hoy se considerarían buenas, a pesar de que nuestros costes han subido una barbaridad (piénsese, por ejemplo, en los desplazamientos, donde el combustible se ha duplicado de precio en ese período). Sin embargo, las tarifas no parecen haber iniciado la recuperación y las ventas no florecen, aunque ningún fotógrafo quiere reconocer —salvo contados casos y, habitualmente, en privado— la crisis: nadie desea mostrarse como perdedor. Triste pata, porque no parece que ya nadie defienda un consenso en este terreno ni, por tanto, se puede considerar tema de actualidad. Para terminar, siguen sucediéndose incidencias con la concesión de permisos. No basta a ciertas autoridades ambientales el haber legislado de una forma injustificadamente restrictiva respecto a nuestra actividad —sin atreverse, por otra parte, a hacerlo con otros colectivos que campean a su albedrío por los mismos pagos, desarrollando actividades que impactan negativamente—, sino que se suceden irregularidades en su concesión al reclamar derechos sobre imágenes, incluso patentes en el mismo escrito de concesión de permiso. Poca preocupación, y menor protagonismo, ha tenido la mayoría de los afectados en denunciarlo públicamente y, paradójicamente, han de representarlos compañeros que pocas habas se juegan en ello. Mientras, algún responsable de la administración niega en público —sea por ignorancia o por cinismo— lo que se está haciendo en particular. Pero no todo son malas noticias, pues la asamblea de AEFONA celebrada en junio ha aplicado por unanimidad el sentido común y mejorado su proyecto de regulación, sino en todos los puntos que comentamos en su día aquí, al menos sí en el más significativo. La maravilla del vuelo de los bandos de aves, como en el caso de los estorninos, ha llevado a ciertos científicos a interesarse por la capacidad de sincronización en acciones y procesos por parte de los organismos vivos. Aparece en campos tan dispares como las pulsaciones de las células cardíacas, los cardúmenes o el canto de un coro de niños. La evolución ha perfeccionado esta capacidad hasta extremos notables, si bien no se sabe con detalle cómo se lleva a cabo. Sin embargo, los colectivos humanos no han evolucionado todavía lo suficiente en su capacidad organizativa. Los fotógrafos, por lo que vemos, no escapamos a esta regla, y la ausencia de liderazgo no ayuda. El defender nuestra actividad, tanto desde el punto de vista comercial como en el de su práctica, su difusión y el trato digno a nuestro trabajo, sigue siendo una asignatura permanentemente pendiente que retomar en cada nuevo ciclo anual. Créditos Dirección: Fernando BandínConsejo de redacción: Oriol Alamany, Fernando Bandín, Oriol Muntané, Fernando Ortega.Diseño gráfico: Oriol Muntané.Responsable técnico: Juanma Orta.Redactores: Oriol Alamany, Fernando Bandín, Roberto Costas, Oriol Muntané.Han colaborado en este número: Rosa Basurto, Roger Eritja, Enrique Fernández, Montse Masclans, Francesc Muntadas, Fernando Puche, Michael Reichmann e Iñaki Relanzón. Fotonatura.org no se responsabiliza de las opiniones de sus colaboradores, de las cuales son sólo responsables los autores de los textos. La reproducción total o parcial de los contenidos de esta revista digital en cualquier medio está totalmente prohibida, salvo expresa autorización escrita de los respectivos autores.
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