Por el Pirineo occidental
En Aragón, mis lugares preferidos son el parque nacional de Ordesa y la selva de Oza. Hay que tener en cuenta que el parque nacional tiene su reglamento propio y que para tomar fotografías con fines comerciales es necesario pedir una autorización que, normalmente, conceden sin problemas. Lo que es más sorprendente es que el parámetro que normalmente utilizan los guardas del parque para determinar si la fotografía es comercial o no es la utilización del trípode. Así pues, para fotografiar con trípode, técnica completamente recomendable, es aconsejable solicitar una autorización, por muy absurdo que pueda parecer.
Pero, a pesar del inconveniente burocrático, Ordesa es la perla de los Pirineos. El paisaje más espectacular que puede ofrecernos la vertiente meridional de esta cordillera. Se trata de tres valles profundos encajados en un macizo calcáreo, tres grietas descomunales que abrió el Monte Perdido cuando salió del fondo del mar para tocar el cielo.
Riscos verticales de más de 700 m de altura se combinan con terrazas aéreas tapizadas de hierba tierna. El agua que baja por doquier ha abierto profundas heridas en estas paredes y ha formado pequeños valles laterales. El fondo de esos valles, así como el de los valles principales, está cubierto por una espesa masa forestal en la que se combinan especies caducifolias y coníferas.
Los días grises y lluviosos que encuentro en esta zona me obligan a buscar imágenes sin cielo. Afortunadamente, en Ordesa es fácil encontrar puntos de vista elevados desde los que se pueden tomar picados sobre el bosque. También aprovecho para fotografiar el interior de estos bosques en los que los árboles son los protagonistas indiscutibles. La selva de Oza, en el alto valle de Echo, es un extenso hayedo que ocupa el valle principal y que trepa por ambas vertientes hasta ocupar zonas del todo inaccesibles. Aquí encontraron refugio los últimos osos pirenaicos españoles antes de los intentos de reintroducción que se han llevado a cabo en los últimos años.Las oportunidades para fotografiar aparecen en cualquier rincón: un claro entre los árboles que permite ver el paisaje y la extensión del bosque, un riachuelo que salta entre rocas cubiertas de musgos, grupos de setas que se arrinconan al tronco de un viejo haya, el bosque, los árboles, estas palabras que martillean el cerebro del fotógrafo en otoño pero que nunca llegan a cansar, sino, al contrario, siempre abren nuevas puertas, nuevas oportunidades, nuevas visiones.
Cuando por fin llego a Irati, el viento y la lluvia han desnudado el bosque casi por completo. Sólo quedan en pie los esqueletos de las hayas colosales que forman esta joya pirenaica. Incluso los robles de Tristuibarrea han perdido las hojas. Solamente puedo fotografiar árboles sin vida y el suelo cubierto por los despojos del temporal.
Fotografiar árboles dentro de un bosque no es una tarea sencilla. En general, nunca hay espacio suficiente para una perspectiva adecuada y las ramas y los troncos se mezclan creando una amalgama inextricable. Sólo aquellos individuos con características muy especiales un tronco retorcido, ramas partidas, un tamaño claramente mayor que los demás... destacarán. El suelo, en cambio, es muy gratificante. Hojas de distintas especies y de distintos tonos cálidos contrastan con el verde intenso de los musgos y con los tonos brillantes de algunas setas y frutos.
Mi viaje por los Pirineos ha llegado a su fin al mismo tiempo que moría el otoño fotográfico. Todavía faltan algunas semanas para el invierno, pero si deseo fotografiar los colores de la estación dorada deberé buscarlos más al sur y a menos altura.
Antes de emprender el viaje de vuelta a casa, lleno mis pulmones del aire fresco, de los olores del bosque húmedo atlántico que me rodea. Escucho con atención el silencio del bosque: este conjunto de sonidos leves, suaves, testigos inadvertidos de la multitud de seres vivos que me rodean. Mi mirada se desliza por los troncos, por las hojas caídas, por las ramas podridas y llenas de musgos. Es un ritual que siempre repito, inconsciente, porque nunca termino, ni quiero terminar, un reportaje. Quiero llevar conmigo, muy adentro, la nostalgia por los lugares que he visitado. La nostalgia por volver.
AUTOR/ES