El paraíso perdido
Al terminar el día me siento satisfecho. Sé que he recogido algunas de las bellas escenas que he encontrado en mi pequeña excursión. En ésta época, los días son cortos y aprovecho las horas oscuras para desplazarme. Me dirijo al valle del Segre, situado entre el cordal principal de los Pirineos y el macizo prepirenaico del Cadí, en las comarcas catalanas de la Cerdanya y del Alt Urgell.
Para mí, eran la representación terrestre del paraíso: una zona llana cubierta por un mosaico de prados verdes, bosques de ribera, algunos campos y pequeñas poblaciones, agua por doquier y bonitas montañas como telón de fondo. Desgraciadamente, la presión urbanística que está sufriendo la zona la está convirtiendo en un paraíso perdido.
Aún así, paseando por los centenares de caminos o conduciendo por las pequeñas carreteras que enlazan las poblaciones alejadas de la ruta principal, la N-260, se encuentran muchos rincones olvidados, testigos rebeldes de lo que fueron los valles altos de la cuenca del Segre.
Lo que busco en esta zona es, precisamente, esta sensación de bienestar que nos producen los paisajes ligeramente humanizados. La combinación equilibrada de elementos naturales y artificiales responde perfectamente a nuestra estética más primitiva. Para transmitir estos sentimientos, además de los colores de otoño, podemos incluir pastos verdes, granjas o vallas de piedra o de madera en nuestras fotografías. O, incluso, alguna ermita románica o alguna de las poblaciones de la zona.
Y sigo mi viaje hacia el oeste. Las condiciones meteorológicas y las características del lugar van determinando el tipo de imágenes que voy almacenando en el disco duro de mi portátil. Sigo el valle del Segre hasta Adrall, donde tomo la carretera de Port del Cantó que me llevará al valle de la Noguera Pallaresa. Antes era un valle olvidado que se despoblaba rápidamente. Ahora, la oferta turística basada en los deportes de aventura está creciendo como la espuma y está transformando el aspecto de la comarca.
El rincón más atractivo es, sin duda, la cuenca alta del río, entre la población de Esterri d’Àneu y el núcleo de Montgarri. Los bosques de ribera, el río, algunos pastos bien conservados y algunos hayedos se combinan con puentes medievales e iglesias románicas notables. En el pequeño pueblo de Alòs d’Isil se encuentra la mayor masía de los pirineos: una soberbia construcción con tejado a cuatro aguas ahora convertida en segunda residencia.La pista, en más o menos buen estado sigue adentrándose en el valle hasta llegar al Pla de Beret, ya en Val d’Aran, uno de los pocos rincones en los que el occitano gascón es lengua oficial y reconocida por la administración catalana. Nos sorprenderán los carteles en los que abundan las combinaciones de “nh”, que se pronuncia como una “ñ”, y “lh” que se pronuncia como una “ll”. Vielha es la capital, pero los bosques más espectaculares del otoño aranés los encontraremos más al norte, en L’Artiga de Lin y en Sant Joan de Torán.
Son dos valles altos, a derecha e izquierda del valle principal que enlaza Vielha con la frontera francesa. Aquí se mezclan el hayedo, el abetal y algunos pastos altos con sus bordas correspondientes. Aún podemos encontrar algunos ejemplares de hayas enormes, testigos de los que fueron estos bosques antes de la llegada de la maquinaria pesada.
El tiempo es cambiante e inseguro. A ratos llueve, después sale el sol durantes unos minutos. En general está cubierto y permite hacer un poco de todo: gran paisaje, interiores de bosque, detalles de vegetación, setas... Son especialmente atractivos los árboles con un porte considerable y el juego de colores que proporcionan el tronco gris, las hojas doradas, el tono cobrizo de la hojarasca que tapiza el suelo y el verde brillante de los musgos que se aferran a las rocas.