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El otoño pirenaico

Un asunto de compromisos

Después de algunas horas de lluvia y humedad decido dejar Les Alberes y desplazarme más al oeste, hacia Ogassa, un pequeño pueblo, antes minero y ahora ganadero, cercano a Ripoll. Está situado en un valle cerrado, un callejón sin salida alejado de los circuitos turísticos. Pero a los pies del Taga, bajo los prados alpinos que rodean la cima, se extienden densos hayedos.
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Se trata de bosques relativamente jóvenes en los que las hayas comparten el terreno con algunos cerezos, arces y fresnos lo que proporciona una gran variedad de colores. Fueron explotados hace unos 50 años, pero afortunadamente, la fuerte pendiente y las dificultades de acceso los han convertido en poco rentables según las técnicas de extracción actuales. El día se ha levantado brillante. La lluvia de ayer ha limpiado la atmósfera y ha dejado un cielo azul profundo y un aire transparente.


Malas condiciones para fotografiar en el interior del bosque. Por muy espesa que sea la vegetación, siempre hay rayos de sol que consiguen penetrarla y llegan al suelo formando un mosaico de luces y sombras que ni las emulsiones fotográficas ni los sensores digitales, con sus 10-12 pasos de latitud, pueden registrar correctamente.


En cambio, el cielo tiene un color precioso y la excelente visibilidad del día lo convierte en perfecto para fotografiar espacios abiertos. Decido tomar la pista forestal que sube a Coll de Jou desde la ermita románica de Sant Quirze d’Ogassa, fotografiar el bosque desde fuera y jugar con el contraste cromático que ofrecen el cielo azul, las hayas doradas y los prados verdes.
El sol brilla con fuerza, incluso a primeras horas del día, y sus rayos rebotan sobre la superficie brillante de las hojas creando reflejos que restan mucha fuerza al color del bosque. En principio, debería utilizar un filtro polarizador para eliminar esos reflejos y recobrar los colores reales. Pero, al montarlo en el objetivo y hacerlo girar para buscar el ángulo adecuado, el cielo se oscurece y pierde su magnífico azul para tomar un tono negruzco nada agradable.
Estamos ante un dilema: O se eliminan los brillos de las hojas y se pierde el azul intenso del cielo o respetamos ese azul y perdemos la intensidad del dorado de las hojas. El polarizador es un filtro mágico y sus efectos son, en muchas ocasiones, espectaculares. Pero, en algunos casos, puede arruinar imágenes magníficas.
La fotografía es una disciplina de compromisos. Siempre buscamos el balance adecuado entre dos o tres parámetros que tienen efectos contrarios. A menudo desearíamos tomar fotografías con un tiempo de obturación muy corto —para detener el movimiento— y con un diafragma muy cerrado —para obtener una gran profundidad de campo—. Queremos, además, una imagen nítida, en la que aparezcan todos los detalles. En este caso buscaríamos el compromiso entre la sensibilidad —lo suficiente baja para evitar el ruido o el grano, y lo suficiente alta para una exposición corta—, el tiempo de obturación y el diafragma.
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En nuestro caso, la solución es la misma: Utilizar el polarizador, pero a un ángulo en el que los brillos empiezan a desaparecer, aunque no del todo, y el cielo empieza a perder su pureza, aunque no demasiado. El resultado será una fotografía que no reflejará exactamente lo que estamos viendo. Pero será una imagen bonita, con un cielo azul profundo, aunque un poco mate, y un bosque dorado espectacular, aunque con algunos brillos.
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