La larga extensión de la cordillera Pirenaica y su intrincado relieve han permitido que todavía se conserven grandes bosques caducifolios casi intactos. Llegado el otoño, reflejan todo su esplendor, cambiando de color según avanza la estación. Afectados por la altitud y el grado de exposición a las inclemencias, nos encontramos que mientras algunos ya casi han perdido la hoja, otros comienzan a alcanzar sus colores más intensos. Francesc Muntada ha querido mostrarnos sus enclaves preferidos y las dificultades que nos encontraremos para fotografiarlos mediante la narración de un viaje hacia el oeste siguiente la espina dorsal de esta cordillera.
Llueve. Desde la calidez de mi estudio observo las calles mojadas y el tráfico infernal que llena la ciudad de sonidos estridentes. Siento la necesidad de salir fuera, de sentir en mi cara el frescor de octubre, la humedad de esta fina y persistente lluvia, el olor de la tierra mojada. Repaso la mochila y todo está en orden. Pienso en Edward Weston o en Carleton Emmons Watkins, en lo que debía ser fotografiar paisajes invernales en las Rocosas californianas con el material disponible entonces y me pregunto qué imágenes habrían creado aquellos pioneros si hubieran tenido nuestros equipos.
La ciudad ha quedado atrás. A medida que me voy alejando el tráfico se hace más fluido, más humano. Ya casi no llueve y el paisaje aparece limpio tras el parabrisas: campos muy verdes delimitados por filas irregulares de álamos dorados. Aquí y allí una casa de campo blanca recoge la poca luz que consigue atravesar la espesa capa de nubes y la reparte, generosa, entre los escasos transeúntes.
Al fondo, se alza la muralla azulada de los Pirineos, mi destino. Irati, Oza, Ordesa, L'Artiga de Lin, Ogassa, la Cerdanya, Les Alberes... Son nombres que cada otoño resuenan en mi cabeza. Bosques de hayas en los que se mezclan álamos temblones, cerezos, fresnos, arces y nogales. Forman un mosaico de tonos cálidos que van desde el rojo sangre al amarillo limón pasando por una extensa gama de naranjas, cobres y dorados.
Primeras dificultadas
En el interior de estos bosques, el otoño nos ha preparado otros regalos, como si la navidad se hubiera adelantado y unos Melchor, Gaspar y Baltasar de madera hubieran repartido el contenido de sus sacos por doquier: musgos de verdes infinitos, suelos tapizados de hojas multicolores, setas de mil formas y mil tonos diferentes y frutos de todos los sabores esparcen sus olores por las extensas arboledas. Pasear por los bosques pirenaicos en otoño es como recuperar viejos instintos adormecidos que nos proporcionan el sentimiento de profundo bienestar que estas tierras fértiles y productivas despertaron en nuestros antepasados recolectores.
Atravieso la frontera por el paso de la Jonquera y dejo la autopista en la primera salida francesa, donde tomo la pequeña carretera que sube al Puig Neulós y atraviesa los hayedos que ocupan la cara norte. Sigue lloviendo y el bosque está envuelto por una fina capa de niebla que baila por las copas de los árboles al son del viento. La humedad se pega a las hojas, a los troncos, a la piel y al equipo. Aún así, tomo algunas fotografías, aunque destino más tiempo a secar cámara y objetivos entre toma y toma que a componer imágenes y calcular exposiciones y profundidades de campo.
La lluvia es molesta, pero al mismo tiempo proporciona una luz difusa, suave, ideal para fotografiar en el interior de un bosque. El parasol evita, en la medida de lo posible, que algunas gotas caigan en la lente frontal del objetivo. Antes hubiera montado un filtro 81A para compensar el exceso de luz azulada propio de los días cubiertos. Ahora, el balance de blancos de las cámaras digitales lo hace mejor sin añadir ningún cristal al objetivo.
El paisaje está precioso, pero no trabajo a gusto: sentir como el equipo se va mojando me provoca una inquietud excesiva.
Las cámaras actuales resisten bien la humedad, pero es imposible evitar que algunas salpicaduras aparezcan en las ópticas. Cada gota se convierte en una zona desenfocada y la atención constante que comporta comprobar el estado de las lentes antes de cada toma me produce una gran incomodidad.
Trabajar bajo estas condiciones implica limpiar constantemente y con mucho cuidado la lente frontal de los objetivos. Los paños de micro fibra son muy útiles porque, aunque no absorben demasiado bien la humedad, ofrecen bastantes garantías de que no van a rayar los delicados cristales ni los recubrimientos que mejoran su calidad óptica.