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Un equilibrio difícil

Un filón que se agota

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Sé que voy a seguir buscando lugares en donde poder llevar a cabo mis proyectos fotográficos, igual que sé que es casi imposible que la gente renuncie a visitar un sitio supuestamente paradisíaco sólo por el hecho de que haya que protegerlo. Al fin y al cabo, sería demasiado cínico decirle a la gente que no visite un lugar que tú mismo has estado explorando. Como fotógrafos de la naturaleza tenemos que afrontar un hecho fundamental por el cual el resto de fotógrafos no ha de preocuparse: nuestra fuente de ideas y de imágenes, nuestra gallina de los huevos de oro, se degrada año tras año. Me encantaría saber que nuestras imágenes de la naturaleza realmente conciencian del valor de los espacios naturales, que aquellos que los visitan no van a arrojar basura dejándolos tal y como se los encontraron, y que los parques nacionales no van a ser los únicos espacios verdes que quedarán sobre la Tierra. De verdad que me encantaría, pero lo que ven mis ojos no es ni mucho menos tan idílico. Aún así, no podemos dejar de intentarlo. La certeza de que todos buscamos lo mismo y de que cada vez somos más personas en este viaje no puede, sin embargo, hacernos renunciar a luchar por conservar el mundo natural lo más intacto posible. El artista catalán Antoni Muntadas cree que “el arte puede jugar un papel de sensibilización respecto a determinadas cosas, pero seríamos ingenuos si pensáramos que las arregla”. Incluso siendo así, intentar sensibilizar a la gente puede ser nuestro granito de arena en la lucha por un planeta más limpio y menos degradado. Oscar Wilde escribió una vez que “un mapa del mundo en el que no esté incluida la utopía no vale la pena mirarlo siquiera”.
De igual forma que el turismo tiende a sustituir la realidad por una serie de imágenes publicitarias que no muestran más que una ínfima porción de lo que se quiere promocionar, nosotros, como generadores de muchas de esas imágenes, deberíamos practicar algo más la autocrítica (aunque sea a costa de bajarnos un poco del pedestal) para que nuestro trabajo no sirva únicamente para saturar cada vez más localizaciones y pensar como podemos orientarlo para equilibrar nuestros deseos legítimos de hacer fotos, de compartirlas con el resto de personas y de querer vivir de nuestras imágenes con el deseo —igual de legítimo— por parte de los demás de visitar esos mismos lugares. Como todo en la vida, la fotografía de la naturaleza tiene un precio que pagar, y es el saber que al mismo tiempo que ensalza el medio natural para darle valor y salvaguardarlo lo mejor posible, también promueve la saturación de muchos enclaves por personas que van buscando aquello que vieron en nuestras fotografías. Conseguir que nuestras imágenes transmitan un sentimiento que vaya mucho más allá del valor utilitario de la naturaleza es un reto complicado, pero por el que merece la pena seguir luchando y empezar a reflexionar en serio. En el fondo, las utopías están hechas para luchar por ellas, para darnos cuenta de lo limitado y efímero que es el propio ser humano; pero también y sobre todo para saber que detrás de todas ellas siempre estará, para bien o para mal, la propia naturaleza humana.
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