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Un equilibrio difícil

La importancia del mundo natural

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La naturaleza, para bien o para mal, ha sido demasiado a menudo sinónimo de belleza, de paz y de equilibrio. O por lo menos eso es lo que nos han hecho creer. No es casualidad que a lo largo de la historia numerosos artistas de todas las procedencias y estamentos sociales, y al margen de sus técnicas creativas, se hayan fijado en el mundo natural para la realización de sus obras. Tampoco es casualidad que a través de los siglos, monjes, ermitaños y gurús de las más diversas religiones hayan elegido los lugares más apartados (y a menudo los más bellos) para la consecución de sus fines espirituales. En un mundo cada vez más globalizado, la búsqueda de belleza, de equilibrio o de paz espiritual ha dejado de ser patrimonio de unos pocos; así pues, la naturaleza no sólo ha terminado estando al alcance de cualquiera, sino que la propia sociedad nos vende incansablemente los beneficios de estar en contacto con ella. El fotógrafo de la naturaleza, con su estatus de observador privilegiado, corre peligro de verse convertido en una especie de “guía turístico” en la medida que va descubriendo al espectador una serie de paisajes que terminan formando una lista tremendamente influyente de lugares de obligada visita. Por lo general, y a diferencia de la fotografía urbana, el retrato o el documento social, las escenas naturales tienen una larga tradición a la hora de sugerir ciertos valores (pureza, equilibrio, tranquilidad, paciencia, vitalidad, salud...) que en una sociedad que pretende ser ecológica cobran cada vez más importancia.
No fue accidental que AEFONA, la Asociación Española de Fotógrafos de Naturaleza, crease en el año 2002 el Comité de Ética y Conservación con el fin de poner sus imágenes al servicio de la conservación de la naturaleza. La propia Asociación Norteamericana de Fotografía de Naturaleza (NANPA) creó en 1995 un programa, destinado a jóvenes de entre 14 y 18 años, con el fin de que aprendiesen el arte de la fotografía de la naturaleza y al mismo tiempo desarrollasen una apreciación más elevada del mundo natural. La propia NANPA asegura estar comprometida a promover una mayor conciencia, apreciación y preocupación por nuestro entorno natural a través de la fotografía. Todos estos fines son dignos de elogio, pero lo más importante quizá no sea el nivel de buena voluntad de nuestros objetivos, sino en qué grado cumplen las expectativas propuestas. Por desgracia, y tratándose del medio ambiente, con la intención no basta. La tragedia del Prestige o el descenso imparable de la población de lince ibérico se han convertido en algunos de los últimos síntomas de una sociedad que ha demostrado estar mucho más preocupada por los aspectos económicos y políticos que por cualquier otro aspecto social o humano. No deja de ser irónico el hecho de que a ciertos lugares se les ponga la etiqueta de “protegidos” y, al mismo tiempo, se considere que los demás pueden destruirse sin ningún problema.

Naturaleza y consumo

El hecho de que cada vez salga más gente al campo, haya más jóvenes en los llamados campamentos multiaventura, surjan más empresas que organizan actividades en la naturaleza, haya un mayor número de casas rurales, se le ponga la etiqueta de “ecológico” a cosas hasta ahora impensables (coches, campos de golf, empresas químicas, etc.) o se esté utilizando el medio natural para actividades como el tai-chi, la meditación, el hatha yoga, la respiración holotrópica o el aikido, demuestra claramente una mayor presencia de la naturaleza en nuestras vidas, como se hace también evidente ante libros y conferencias de títulos tan sugestivos como: “La sabiduría del bosque”, “La naturaleza del liderazgo”, “Lo que aprendimos del bosque húmedo” o “La exploración y las cimas: escuela de superación y liderazgo”. Sin embargo, esta mayor presencia no significa necesariamente que nuestra conciencia respecto al valor del medio ambiente como tal sea mayor, sino que éste se ha convertido en un componente más de nuestra cultura de ocio y, por tanto, en un ingrediente indispensable de nuestra sociedad de consumo. En 1924, el mismo año en que George L. Mallory y Andrew Irvine intentaron alcanzar la cumbre del Everest, alguien comentó al respecto que “sin el espíritu aventurero la vida sería algo pobre y el progreso imposible”. Ese mismo espíritu ha sido casualmente una de las causas por las que, más de medio siglo después, el campo base nepalí del Everest fuese bautizado como “el vertedero más alto del planeta”. Creo que ha llegado un momento en que el deseo de compartir con los demás el encanto del mundo natural a través de nuestras fotografías no tiene su efecto equivalente en el nivel de protección con que deberíamos cuidarlo. Hay un hecho que es evidente: las imágenes de la naturaleza tienden a encender en gran cantidad de observadores el deseo de acudir a ciertos lugares. La curiosidad, el tiempo libre, los valores supuestamente ecológicos o la ruptura de la rutina, entre otros muchos, nos arrastran irremediablemente de un sitio a otro con la esperanza de poder ver con nuestros propios ojos (o de fotografiar con nuestra propia cámara) aquello que muestra la imagen.
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