En el número de agosto de 2002 de la revista norteamericana Outdoor Photographer, el fotógrafo William Neill ponía el dedo en la llaga al abordar el asunto de la masificación de gran cantidad de parajes naturales. El punto crítico, sin embargo, no era la creciente (y de momento imparable) afluencia de personas a cada vez más espacios protegidos, sino el papel que los fotógrafos jugamos en este fenómeno tan cotidiano y a la vez tan dañino. Él mismo reconocía haber visitado muchos de esos maravillosos lugares gracias a las imágenes de otros y se lamentaba de ver a cientos de visitantes en sitios donde hace 10 años él había estado haciendo fotos sin cruzarse apenas con nadie. Su esperanza era que, a pesar de la continua publicación de imágenes de espacios protegidos, seamos lo suficientemente sensatos como para tratarlos lo mejor posible e involucrarnos en su protección. La pregunta que él se hace es algo que deberíamos plantearnos todos los fotógrafos de naturaleza: “¿Puede el deseo de compartir la belleza de un lugar conducirlo finalmente a su desaparición?”
A mí también me gustaba más salir a tirar fotos hace años, cuando fuera de temporada y entre semana era fácil encontrarse sólo en medio del campo, sabiendo que nadie iba a cruzarse por delante de tu objetivo, no teniendo que apartar ningún desperdicio de la composición elegida y con la certeza de que encontrarías alojamiento en el primer sitio que preguntases. Pero éste es un deseo que también comparten miles de personas que salen habitualmente al campo, con cámara o sin ella. De hecho, actualmente no puedo evitar explorar ciertas localizaciones rodeado continuamente de personas que, en su mayoría, han llegado allí a través de las mismas revistas y las mismas imágenes que yo he ojeado. A todos nos gustaría estar solos en determinados momentos, explorar nuevos lugares sin la compañía de decenas de personas y saber que ningún fotógrafo ha puesto su trípode donde nosotros vamos a colocarlo; sin embargo, hoy en día esto suena cada vez más a utopía.
Una ética de doble filo
En los últimos años no he dejado de escuchar a fotógrafos de la naturaleza que aseguraban que con su trabajo pretendían mostrar la belleza y la fragilidad de nuestro entorno para, de esta manera, concienciarnos de que debe ser preservado. Esto debería llevar, en teoría, a una mayor conciencia medioambiental, a una mayor protección de ciertas áreas y a una percepción más altruista de nuestro entorno. Sin embargo, muchos parques nacionales (Ordesa entre otros muchos) han tenido que ser protegidos de la avalancha de visitantes que reciben cada año, y demasiados espacios naturales han terminado convirtiéndose en las principales atracciones de una industria turística que, en realidad, ha buscado el beneficio económico más que la preservación medioambiental. Tanto en el pasado como en la actualidad tenemos numerosos ejemplos de documentos gráficos que han servido para lograr la declaración de parque nacional de vastas áreas de nuestra geografía planetaria. A pesar de ello, esas mismas imágenes han dado lugar a peregrinaciones masivas que han terminado poniendo en peligro los propios ecosistemas que se querían proteger. La presión ejercida por las grandes compañías petrolíferas para perforar un lugar como Alaska es un claro ejemplo de que la verdadera protección del medio ambiente sigue siendo una asignatura pendiente, a pesar del trabajo y las protestas de fotógrafos tan reconocidos por su defensa del medio ambiente como Robert Glenn Ketchum o Clyde Butcher.
Querámoslo o no, un gran número de esos lugares emblemáticos se ha convertido en iconos de obligada visita que reciben al año tantos visitantes como la propia torre Eiffel o el Museo del Prado. De hecho, la promoción que se hace de muchos de estos espacios naturales no suele obedecer a razones estrictamente ecológicas, sino al objetivo más ambicioso de atraer a un número cada vez mayor de personas a determinadas áreas geográficas. Incluso cuando he visto publicados reportajes acerca de parques nacionales o enclaves naturales que incidían en su valor ecológico y en la necesidad de preservarlos, no he podido resistir la tentación de querer ir allí, de querer ver con mis propios ojos todos esos paisajes que prometían hacerme sentir sensaciones únicas. Reportajes, es cierto, hechos en muchas ocasiones por fotógrafos, como nosotros, sensibles al medio ambiente y claramente favorables a una mayor protección del mismo.