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Editorial



Editorial

Por: 
Fernando Bandín

Hace un par de semanas, al comprar la prensa, me encontré el kiosco-papelería semivacío, con un cartel que anunciaba que se saldaba todo a mitad de precio. Preguntado el propietario por el motivo, me contestó: “Cada vez se lee menos y así no compensa...”. Me vi obligado a expresarle mi pesar, sincero, pues si hasta el momento me tenía que desplazar a la cabecera del municipio, a partir de ahora tendría que hacerlo a la capital de la comarca.

Camino de casa, no pude menos que meditar en lo sorprendente de ese argumento, formulado cuando todos los periódicos venían acompañados de colecciones de libros y enciclopedias que, sin lugar a dudas, se vendían, aunque no se leyeran. En la ciudad, los kioscos rebosan de revistas femeninas, de informática, de coches... ¡Hasta de apasionados por la marihuana! Algunas con precios tan ridículamente bajos como un solo euro. Sin embargo, esta aparente ebullición no afecta a las de naturaleza, lo que me dio en recordar los comentarios de un buen amigo sobre la mesa redonda organizada por la Asociación de Periodistas de Información Ambiental (APIA), el 19 de noviembre de 2003, con el título El fracaso de las revistas de naturaleza.

Básicamente, las interesantes conclusiones de aquel debate, realizado cuando acababan de cerrar cinco revistas en los tres últimos años, ofrecen el argumento de que la crisis fue provocada por la falta de publicidad. No es sorprendente, pues la caracterización del público de estas revistas es la de un joven, crítico, que desconfía de la publicidad y dispone de escasos recursos económicos, por lo que los publicistas pueden buscar más efectividad mediante campañas en otros medios. Asimismo, se apuntó la incursión en este ámbito de innumerables revistas que, centradas en temáticas como el turismo, la aventura o el estilo de vida, incluyen reportajes más o menos edulcorados y simplistas de historia natural y espacios protegidos, con lo cual parte del público puede sentirse satisfecho con estas píldoras verdes sin necesidad del menú completo de una revista específica.

Los fotógrafos de la naturaleza que se encontraban entre el público defendieron arriesgadamente la importancia de su rol en estas revistas. La califico como tal porque, si nuestro trabajo es clave del éxito, en el contexto de ese debate supondría, necesariamente, hacer una autocrítica y evaluar nuestra responsabilidad en ese fracaso. Quizás nuestros reportajes no sean suficientemente atractivos por presentar carencias en alguno de sus parámetros (variedad temática, desarrollo, profundidad, creatividad, estilo, calidad técnica). O bien habría que determinar cuál es la de los redactores gráficos y directores de arte (que son a la postre quienes eligen los fotógrafos y las fotografías a publicar, así como su puesta en página, tareas que efectúan careciendo, en demasiadas ocasiones, de la formación adecuada).

Adicionalmente al resumen de ese debate, les recomiendo leer el artículo de Joaquín Araujo titulado La crisis de las revistas de naturaleza y publicado en Eidon. Es particularmente significativo por haber sido escrito cuando era todavía director de la revista La Tierra, pero con anterioridad al debate, que se celebró cuando esta publicación ya había acabado sus días. Sin embargo, considero que el mejor análisis, quizás debido a que el distanciamiento emocional del autor le permite un diagnóstico más riguroso, es el que nos ofrece el doctor Fernando Olivares, profesor de Comunicación Global de la Universidad de Alicante, en su artículo Las revistas de naturaleza: un ecosistema muy frágil, publicado en febrero de 2004 en Ambienta.

En su día, Araujo no dejó pasar la oportunidad de llamar la atención sobre una sociedad que valora cada vez menos la lectura y la reflexión, acompañada de la falta de voluntad de las instituciones por revertir esta tendencia y de unos medios de comunicación que banalizan todo conocimiento. En este círculo vicioso, los productos videográficos o editoriales se ven agobiados por el rendimiento económico y son cada vez de peor calidad, afectando esta tendencia a todos los medios independientemente de su temática. Dado el entorno actual de consumismo desbridado, la falta de una línea de apoyo institucional consecuente ha supuesto, para Araujo, el mayor distanciamiento de la sociedad hispana respecto a los países europeos en cuanto a interés medioambiental.

Por su parte, Fernando Olivares desmiente, basándose en estudios empíricos, ese desinterés de nuestra sociedad por los temas ambientales. Sin embargo, achaca el problema a los propios cambios editoriales, aduciendo que “diversas revistas han caído en su propia encrucijada al no acabar de armonizar las exigencias de sus públicos más fieles, en términos de integridad y de pureza en las líneas editoriales, con las aspiraciones de todo proyecto empresarial, de maximizar beneficios a través de progresivas inversiones publicitarias.” Para terminar, afirma que sólo hay espacio para las revistas que sean “capaces de adaptarse, de competir y de seguir armonizando una línea editorial comprometida con una temática y unos valores positivos para el medio ambiente natural, con una explotación publicitaria que permita hacer viable el proyecto editorial.”

Desde la modesta atalaya de las vivencias personales y sin restar importancia a los argumentos citados, quisiera añadir dos aspectos que, a mi parecer, no se han tenido en cuenta. Por una parte, está la insuficientemente valorada madurez del público. La generación que forjó su afición en los documentales de Rodríguez de la Fuente —del que se celebra el 25 aniversario de su fallecimiento— y que permitió la época de esplendor de las revistas verdes españolas, ha pasado actualmente el ecuador de su vida. La madurez vital y el conocimiento general de la naturaleza española del que hacen gala, les lleva a requerir unos medios que no basen sus contenidos en repetir temas, en incidir en conocimientos ya sabidos, con enfoques superficiales o presentando generalizaciones huecas o consignas. Es más exigente y requiere información fresca, tomada en las propias fuentes con un enfoque más periodístico y dialéctico, con profundidad, rigurosidad y análisis, donde se recurra a la contraposición de versiones u opiniones antes que al texto digerido. Independientemente de la necesidad de un cambio de enfoque, obviamente, este acercamiento a los temas no se puede adoptar sin suficientes recursos económicos y humanos, siempre escasos en las redacciones.

El segundo aspecto, extrañamente olvidado, es el efecto de Internet en los medios de comunicación. Hasta tal extremo ha incidido, que algunos sectores poblacionales dedican más tiempo a ella que a la televisión. Pero, si hasta la caja tonta ha sufrido esas fugas de público, ¿cuántos no habrán abandonado la lectura de revistas por la búsqueda de información en la web? O, simplemente, para dedicar gran parte de su tiempo de ocio a la actividad frenética de participar en foros, desarrollar webs personales, redactar el día a día en bitácoras o, si me lo permitís, subir fotos en Fotonatura. Por favor, para comprenderme, analizad cómo distribuíais vuestro tiempo libre antes de la generalización de los ordenadores personales e Internet.

En esta situación, no sólo las revistas tienen que competir con Internet a la hora de ofrecer contenidos atractivos y rapidez en divulgar noticias, sino que se tienen que enfrentar con un medio que regala al público la posibilidad de representar un rol activo, de transformarse de lector en autor, con la autosatisfacción que ello supone. Además de ver robado el tiempo de ocio que llenaban, tienen que luchar contra estrategias desconocidas.

La paradoja de todo ello es que en Internet no es fácil disponer periódicamente de contenidos de calidad como los que ofrece condensados una publicación mensual. Puede significar mucha pérdida de tiempo el buscar textos actuales y rigurosos —al margen de los informes editados por instituciones—. Es sorprendente la ingente cantidad de información ambiental de baja calidad, trivial, repetida o anticuada que nos encontramos en la web, que a la postre oculta aquello que nos puede interesar. Pero más chocante aún es el enorme esfuerzo realizado por individuos, instituciones o grupos conservacionistas, que desarrollan sus propias webs con información redundante, aportando a la postre un balance neto bien pequeño y aumentando la entropía de la red. No parecen sumarse esfuerzos, sino dispersarse inútilmente. Como en muchos otros aspectos de la vida, no cabe más que preguntarse: ¿quién gana? Nadie.


Créditos

Dirección: Fernando Bandín
Consejo de redacción: Oriol Alamany, Fernando Bandín, Fernando Ortega.
Diseño gráfico: Fernando Ortega.
Responsable técnico: Juanma Orta.
Redactores: Oriol Alamany, Fernando Bandín, Roberto Costas, Fernando Ortega.
Han colaborado en este número: Roger Eritja, Javier Martín, Luis Martín Moris, Carlos Minguell, Francesc Muntadas, José Benito Ruiz y Rosa Vázquez.
Agradecemos la colaboración en el homenaje a David Gómez de: José Manuel Aguilera, Javier Ara, Sergio Tomey, José Benito Ruiz, Félix Fernández, Jorge Sierra, Jordi Bas, Rafael Marzal, y Joaquín Albadalejo.

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