Aún recuerdo el día en que al fin, después de mucho ahorrar, estrené mi primer objetivo. Se trataba de un Tamron 350 mm catadióptrico (el presupuesto no daba para el 500) montado en una Mamiya ZM. Yo por entonces no sabía tan siquiera qué era eso de un objetivo catadióptrico, pero a mi me sonaba muy bien. Al día siguiente de la compra, todavía con la emoción contenida, me acerqué a un pinar cercano a Valladolid dispuesto a estrenar aquel prodigio de la técnica fotografiando todos los pájaros que se me pusieran por delante. Después de echar un par de vistazos a través del visor, limpiar dos o tres veces las lentes y comprobar que aquello no tenía ningún botón zoom ni nada por el estilo que agrandara más la imagen, guardé mi maravilloso equipo en su estuche y volví cabizbajo para casa sin hacer una sola foto.
Me imagino que la historia que acabo de relatar le será familiar a más de un fotógrafo que recuerde sus inicios en este mundillo. Y es que, por lo general, la gente tiene un concepto equivocado del modo de funcionamiento de un teleobjetivo, atribuyendo a estos aparatos muchísimos más aumentos de los que realmente pueden desarrollar.
Una vez recuperado de la impresión inicial y ante esta situación solo cabía una solución: acercarse más al sujeto que quería fotografiar. La tarea se presentaba complicada, ya que de todos es sabido que las aves desconfían de la presencia humana tan pronto como la divisan. Así que, tras varios dolores de cabeza pensando la manera de hallar una solución, llegó el momento de poner en práctica todos los conocimientos de campo que había adquirido con el tiempo.
Mi ingenuidad e ignorancia eran tales por aquellas épocas, que desconocía incluso lo que era un hide, hasta que un buen amigo viéndome tan empecinado, recordó haber visto un libro de fotografía francés en el que, en una de sus páginas dedicada a la naturaleza, salía una persona escondida en una caseta de lona haciendo fotos a unas garcillas bueyeras.