Don Quijote de la Mancha 2005, 2001; 146 páginas, 118 fotografías, 30x28 cm, tapas duras.
Idioma: Castellano e inglés.
El segundo libro que comentamos en este número también es una obra cuidadosamente editada, en este caso por una empresa pública que inicia una colección de libros con objeto de preparar la celebración el próximo año de la publicación del libro cumbre de las letras hispanas, “El Quijote”, hace cuatro siglos. Si Cervantes escogió Castilla-La Mancha para las andanzas de su caballero, nada mejor que un libro que nos muestre cómo es esa región y un autor -Antonio Real- que es un consumado paisajista capaz de sorprendernos con imágenes de una zona que no destaca precisamente en la agenda de sus colegas. Los lectores de Fotonatura ya conocerán que, en 2003, Antonio fue premiado por su labor de divulgación de los valores naturales de su tierra. Pero ante el lector, lo único que vale aquí es el trabajo fotográfico publicado, fruto de siete años de esfuerzos y que desde hace cuatro ya tenía la forma de proyecto.
Cuando uno hojea este libro por primera vez, lo que le llama la atención es la presencia de una vegetación más viva y abundante de lo que un viajero que cruce La Mancha con destino a Andalucía podría sospechar. El tópico de las llanuras de monocultivos, sólo rotos por los molinos de viento, se ve retado por un autor que ha recorrido los rincones más recónditos y mejor conservados de la región para mostrarnos el esplendor de la naturaleza en su tierra.
En este viaje exploratorio, Antonio no ha buscado la comodidad del tiempo bonancible, sino que ha recorrido las sierras y campos en condiciones meteorológicas muchas veces adversas. A las previsibles imágenes de la primavera manifestada en árboles floridos y campos de amapolas, se suman no menos tomas donde la nieve, la helada o la niebla fría marcan su presencia en el paisaje. Si sumamos las coloridas tomas otoñales, veremos que la única estación que ha rehuido ha sido el verano en su más dura canícula.
Y es que el autor parece que nos conduce a lo largo de su región con el temor a la sequía. Su preferencia por imágenes en las que esté presente el agua, fuente de vida, es realmente llamativa en una comarca que asociamos con la aridez, y quizás sea éste el motivo de la menor presencia de imágenes estivales, donde la ausencia de agua y el decaimiento de la vegetación motivarían menos al autor. Así abundan las escenas de ríos, regatos y lagunas, del agua corriendo entre las piedras o cayendo en las cascadas, serena en lagunas y embalses, congelada en forma de nieve y de hielo, o incluso mojando el aire convertida en niebla.
En todo este viaje paisajístico, los recursos utilizados son variados, con lo que el libro se hace gráficamente ameno. Las tomas panorámicas de los amplios horizontes se mezclan homogéneamente con los encuadres enfocados en elementos concretos que dan ritmo al paisaje, o a sujetos más cercanos al observador que le dan una visión más íntima al viaje. El texto, del omnipresente Joaquín Araújo, corto como suele ser en estos álbumes fotográficos, desaprovecha la oportunidad de permitirnos conocer con palabras las características y valores naturales de los espacios -más allá del pie fotográfico- que han permitido tomar tales imágenes. También participa en el texto Antonio, con una breve introducción que logra condensar en acertadas palabras el sentimiento y las motivaciones que nos conducen a los fotógrafos de la naturaleza a seguir con nuestra labor de buscar en los lugares más recónditos esos restos de naturaleza que sobreviven a la civilización.
Sin duda, uno de los mejores libros sobre el paisaje natural de Castilla-La Mancha y un recuerdo de cómo debió ser la mayor parte de su territorio en tiempos de Cervantes, y que esperamos ver próximamente distribuido como se merece.
AUTOR/ES