La primera vez que nos asomamos a la marisma nos sorprende la enorme planitud, sólo interrumpida por algunos árboles y las escasas construcciones. Una llanura verde o amarilla, un inmenso mar interior que se confunde con el cielo. Es grande, parece infinito. 142.000 hectáreas azotadas por el viento, el sol, la lluvia. Un calor que cuartea la tierra, un frío que cala los huesos, el barro, el polvo. Una tierra de contrastes extremos, curiosamente cercana a la civilización y que, sin embargo, sigue resistiéndose a los sucesivos intentos de colonización y dominio por parte del hombre.
El río Guadalquivir se localiza en la vertiente andaluza; nace en la Cañada de Aguafría (Jaén) y, después de describir una cerrada curva rodeando la Sierra de Cazorla, se dirige hacia el suroeste bordeando Sierra Morena. A su paso por la provincia de Córdoba se desliza por una suave pendiente formando llanuras aluviales aptas para el regadío. A su paso por Sevilla, el valle se convierte en dominio de pantanos y marismas que albergan una de las reservas de aves más importantes de Europa. Las marismas del Guadalquivir se sitúan en el antiguo estuario del río, estando formadas por suelos de origen aluvial que ocupan terreno de tres provincias: Sevilla, Huelva y Cádiz.
Nuestro trabajo se centra principalmente en la provincia de Sevilla, por cercanía y porque la zona de marisma ubicada en Huelva pertenece en su mayoría al Parque Nacional de Doñana, donde la fotografía, fuera de las visitas guiadas, es prácticamente imposible.
Hablando con interés fotográfico, el Guadalquivir divide en dos “islas” la Marisma Sevillana, cada una con un afluente principal. En la margen izquierda, Isla Menor, que integra el Paraje Natural Brazo del Este, de difícil acceso y sin señalizar, y la desembocadura del río Guadaíra, con la Corta de los Olivillos. En la margen derecha, Isla Mayor (así también se llama el principal municipio de la zona), donde se ubica la mayoría del Parque Natural de Doñana, surcada por el río Guadiamar y su Brazo de la Torre. Ambas islas ocupan grandes extensiones de cultivo de arroz, zonas de marisma más o menos virgen y pastizales, todas ellas surcadas por cientos de canales y caminos.
El clima
Por su situación geográfica podríamos suponer que el tiempo es casi siempre bueno y que gozaremos de sol y temperaturas excelentes. Esto no deja de ser una verdad a medias o una mera suposición. Como lugar extremo, éste impone sus leyes, sobre todo si entendemos la fotografía de la naturaleza como lo que es: muchas horas de esfuerzo y dedicación para obtener buenos resultados, lo que nos obliga a pasar mucho tiempo en la marisma.
En invierno hace un frío húmedo que, tras unas horas en el hide, probablemente rodeado de fango y agua, puede llegar a ser insoportable. En verano, entre las diez de la mañana y las siete de la tarde, el calor es agobiante, llegando a convertir el hide en un horno. La primavera y el otoño suelen ser agradables, siendo estas épocas del año las más idóneas para la práctica de la fotografía de la naturaleza.