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Editorial



Editorial

Por: 
Fernando Bandín

Acabo de leer en el periódico cómo una gran compañía ha estado estafando a los ciudadanos al embotellar durante años agua del grifo y venderla a sus clientes como agua mineral. No ha sido un problema de salud pública: el agua del grifo es perfectamente potable. Simplemente que los ciudadanos pagaron un precio alto por lo que creían agua de manantial.

Todos los días la prensa nos muestra nuevos casos de fraude o estafa. No es nada nuevo. Tan sólo que en ocasiones el método es más original o rebuscado que el anterior.

La fotografía de la naturaleza tampoco está exenta de fraudes. Ya el profesor Valverde nos contaba como, en sus primeros libros ilustrados de zoología, aparecían burdos engaños tales como el de llevar un trofeo de caza, que pasaba tranquilamente sus días adornando con sus cuernas la chimenea de un salón, al medio de un arbusto, de modo que componía una fotografía de "espléndido macho de ciervo común en medio de la floresta". El profesor Valverde nos ha dejado, pero la práctica de utilizar animales muertos no ha desaparecido y ya entrados en el siglo XXI todavía podemos encontrar obras recién editadas donde se recurre a esta práctica.

Con anterioridad a las obras citadas por Valverde ya se habían publicado auténticos libros de fotografía de la naturaleza, e incluso manuales, hace ahora la friolera de más de un siglo. Con las obras de los hermanos Kearton nació verdaderamente la divulgación de la naturaleza, al margen de las narraciones escritas por cazadores, y nada mejor que ilustrarlas con fotografías de fauna sin trampa ni cartón que los autores lograron tomar a pesar de las limitaciones técnicas impuestas por cámaras, objetivos y películas de aquella época.

Como es de todos sabido, con el advenimiento de la revolución digital, el fraude en la fotografía de la naturaleza se ha disparado, y con ello nuestra preocupación. Hoy en día, ni siquiera se puede alegar a dificultades técnicas. Si los mejores aficionados y profesionales no necesitan caer en ello, entonces, ¿quién recurre al fraude y por qué?

Fotonatura no es inmune a esta pandemia. Aunque creemos haber mantenido la revista al margen de este fenómeno, no podemos decir lo mismo de las galerías. Los moderadores, preocupados por este fenómeno, no lo pasan por alto, pero el elevado número de fotografías permite amparo a algunos trucajes deshonestos. Claro que cuando se pilla in fraganti al autor, entonces surge la dignidad ofendida y el espíritu de artista desbridado.

El argumento más socorrido para defenderse de críticas ante tales manipulaciones fraudulentas es el de que todos falsificamos y de que el hecho fotográfico lleva implícita de algún modo la falsificación. El primer silogismo, si todos robamos yo soy inocente, no creo que le valga al ladrón ante el juez (además de su pena, el togado podría añadirle la de desacato al tribunal, aunque creo que no se la aplicaron a Oubiña). Por razones bien obvias, que el lector comparte, no me demoraré en rebatir tal razonamiento.

Sobre el segundo, hay que reparar en los matices pues, aunque el proceso fotográfico conlleva todo tipo de manipulaciones, no toda manipulación está destinada a engañar al público sobre las circunstancias de la toma. El problema está en dónde los retoques de una imagen pueden llegar a cruzar el umbral a partir del cual merece el calificativo de manipulada, y la ocultación de dicho proceso el calificativo de fraude. Obviamente, la primera pista es la de que no se informe de las condiciones en las que se ha realizado. ¿O es que también nosotros tenemos miedo de decir que el agua viene del grifo?

Nada tiene de malo fotografiar un animal cautivo, pero otra cosa es que nos lo quieran colar por libre y salvaje con la mala suerte de que alguien diga: “¡Hombre! Un Guillén”, como quien dice un Miró. O un Candeleda, o un Proaza, un Jerez, o vaya usted a saber, que animales troquelados y cercados hay unos cuantos en este país, así como una antología del descaro por publicar. La honradez del fotógrafo empezará ahí a ponerse morada, y no de comer precisamente.

Pero finalmente, también hay manipulaciones meramente fotográficas tradicionalmente admitidas porque las practicaban maestros del paisaje como Ansel Adams o del reportaje como Eugene Smith. El establecer aquí el umbral, en estos tiempos de manipulación digital, no es fácil. Uno echa de menos a Galen Rowell, pues, aunque quizás a veces con un exceso de autoexigencia, razonaba de modo muy elegante y contundente sus estrictos criterios. Para él, todo aquello que no estuviera en el fotograma, no era aceptable. ¿Por qué le daba tanta importancia a los límites del fotograma? Porque consideraba que un aspecto fundamental de la fotografía de la naturaleza, del mismo modo que en la de reportaje, era el carácter documental y la credibilidad del fotógrafo, pues el público tenía que tener la seguridad de que la escena fotografiada había existido realmente. Si fallaba esto, toda la obra del fotógrafo, y por extensión la de todos sus colegas, pasaba a estar cuestionada y perder valor.

La relación de la fotografía con el mundo natural es clave en nuestra disciplina. No así en otras áreas de la fotografía, donde se pueden crear mundos ficticios, pintar imágenes con luz, construir escenas ficticias… Un error muy común es pensar que la fotografía de paisaje, toda la fotografía de paisaje, es fotografía de la naturaleza. Un hecho tan simple como el emplear el cielo de otro fotograma (algo muy socorrido cuando no existían películas pancromáticas) permite descalificar esa toma de paisaje como fotografía de la naturaleza, pues lo mostrado no ha existido en la naturaleza como tal, sino como elementos que juntos conforman un collage.

En la fotografía de reportaje sucede lo mismo y, si bien Eugene Smith se dio ciertas libertades, no por ello es menos cierto que cuando vemos en el diario una foto de un conflicto bélico no queremos que el fotógrafo se invente nada. Ni siquiera que se fundan dos imágenes en una sola para mejorar el resultado sin alterar el significado, como hemos visto recientemente en el escándalo que ha salpicado a un fotógrafo que fusionó dos fotogramas separados tan sólo un par de segundos componiendo una escena que casi llego a ocurrir. Pero sólo casi.

Si hace algún tiempo nos preguntábamos si era aceptable hacer una doble exposición para poder retratar la luna en un paisaje nocturno (debido a las limitaciones técnicas para hacerlo en una sola instantánea), ante lo cual argumentábamos que era lícito en esta disciplina si era para evitar esas limitaciones técnicas, pero ya no tanto cuando era para poner la luna en un lugar de la escena en el que nunca ha estado, ahora, con la revolución digital no vamos a ser menos exigentes si queremos seguir con el estandarte de fotografía de la naturaleza erguido.

Un punto de referencia para los fotógrafos de la naturaleza actuales es el concurso Wildlife Photographer of the Year. El año pasado cumplió su XX edición y, aunque no podemos afirmar con seguridad que es el decano, sí que es el más importante y el que acoge mayor número de participantes, motivo por el cual le dedicamos un par de artículos en este número. En su próxima edición encara el reto de las imágenes digitales en sus normas de un modo bastante restrictivo: No se permite ningún tipo de manipulación digital más allá que los meros ajustes. Estas condiciones pueden parecer restrictivas porque muchas de las ventajas que nos ha prometido la tecnología digital no serán aplicables en imágenes destinadas a este concurso. Entre ellas se encuentran el hacer panorámicas empalmando imágenes, el eliminar el contraste excesivo mediante la combinación de dos fotogramas idénticos con distinta exposición (ahorrando el uso de filtros degradados de densidad neutra), el no tener que utilizar los caros objetivos tilt&shift porque se puede corregir posteriormente la perspectiva informáticamente… Y un largo etcétera.

Obviamente, esto no es una crítica. Si tuviéramos que redactar las bases para evitar el fraude digital (y tal como hemos visto en Fotonatura, hay gente sin prejuicios para engañar al jurado de este concurso), ¿qué haríamos? Por tanto, no cabe más que compartir su decisión.

Pero, ¿es que toda la fotografía que no sea aceptable en este concurso ya no es fotografía de la naturaleza? Yo no lo creo así, y anteriormente se han citado una serie de técnicas digitales que muchos aceptamos. Sin embargo el problema subsiste: ¿Dónde está el umbral? Entre las limitaciones de esas bases y las creaciones de Tim Fitzharris hay leguas. Yo no creo que se pueda considerar fotografía de la naturaleza la obra de este autor titulada Virtual Wilderness. Personalmente creo que tan sólo merecen el calificativo de infografías inspiradas en la naturaleza, para las que ha tomado como materia prima sus excelentes fotografías de la naturaleza.

Lo sorprendente de todo esto es que los mayores defensores de la libertad creativa del fotógrafo de la naturaleza no parecen ser aquellos que tienen una larga y fructífera trayectoria en este campo. ¿Serán tan sólo aquellos que han encontrado una mina de atajos en su afán de alcanzar la fama y los méritos que tanto esfuerzo les han costado a los primeros? ¿No serán tan sólo unos advenedizos que nunca han mostrado un trabajo que permita calificarlos de auténticos fotógrafos de la naturaleza pero que necesitan el pin que los acredite para sentirse ufanos?

La decisión entre honestidad fotográfica y éxito rápido es personal e intransferible, como el DNI. ¿En qué bando quieres encontrarte, querido lector?



Créditos

Dirección: Fernando Bandín
Consejo de redacción: Oriol Alamany, Fernando Bandín, Fernando Ortega.
Diseño gráfico: Fernando Ortega.
Responsable técnico: Juanma Orta.
Redactores: Oriol Alamany, Fernando Bandín, Roberto Costas, Fernando Ortega.
Han colaborado en este número: Isabel Díez, Roger Eritja, Javier Martín, Fernando Puche, José Benito Ruiz y Luis Miguel Ruiz.

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