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Paisajes y fotografías

Buscando el momento y el lugar

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Si con el equipo que utilizo en la actualidad (una cámara, tres objetivos de distancia focal fija, un par de filtros degradados neutros, un polarizador, un disparador de cable y un trípode) fuese capaz de estar siempre en el sitio adecuado y en el momento preciso, probablemente a estas alturas sería, sino mejor fotógrafo, por lo menos uno con un archivo mucho mayor de imágenes. Pero resulta que a menudo no estoy en el lugar que me gustaría ni en el momento que quiero; que cuando llego a él, lo que veo no me gusta demasiado; que, a veces, cuando decido ir a un lugar concreto, resulta que la meteorología hace que tenga que posponer el viaje; que cuando imagino una idea fantástica en mi cabeza, pasan semanas, meses o años hasta que doy con el sitio adecuado; o también, que cuando estoy por fin en el lugar deseado, con todo el equipo a cuestas, resulta que el río no lleva suficiente agua, que el otoño ha sido prematuro y los árboles están casi sin hojas o que la luna ha salido más a la derecha de lo que yo esperaba. En todos estos casos he vuelto a casa con las manos vacías, habiendo hecho un par de fotos de algo que me llamó poderosamente la atención o, al menos, habiendo definido el momento “idóneo” para volver a intentarlo. Y, sin embargo, en ninguna de estas ocasiones he tenido la sensación de fracaso, puesto que no puedo sentirme de tal manera ante algo que a mí, particularmente, me cuesta mucho, a saber: conseguir una imagen relativamente nueva, que me guste estéticamente y que, además, emocionalmente me transmita algo.
En realidad, hacer fotos de paisaje no es complicado, lo difícil es hacer buenas fotos de paisaje. Si fuese sencillo estaríamos viendo todos los días imágenes increíbles, significativas, originales y de calidad; y, sin embargo, con toda la cantidad de gente que sale al campo con una cámara en su mochila, ¿cómo es posible que haya tan pocas fotografías realmente interesantes y tantas tan parecidas? Picos de Europa, las Rocosas canadienses, Kenia, Yosemite, Alaska, Pirineos, Patagonia, Doñana… Todos hemos visto cientos de imágenes de estos lugares (y de muchos otros), pero cada vez es más difícil ver algo que nos conmueva de verdad, que nos obligue a estar más de treinta segundos mirando a lo que se nos muestra. Está claro que es complejo extraer algo nuevo de un lugar del que se han hecho miles de fotografías, pero también es cierto que siempre es más cómodo dejarse llevar por lo conocido, por la información disponible, por las imágenes de otros o por el trabajo ya hecho. Por eso creo que es tan complicado fotografiar un paisaje: porque hay que ser capaz de ir más allá de los clichés, saber sobreponerse a las expectativas y obtener un trabajo significativo, novedoso y creativo de algo que muchas personas ya han visto directa o indirectamente cientos de veces.

Una percepción personal

Como ha señalado Javier Maderuelo en más de una ocasión, el paisaje es una invención de la mente, no es más que nuestra apreciación personal de un determinado entorno: una de tantas etiquetas con la que denominamos a determinados entornos (no necesariamente naturales). Etiquetas que son precisamente las responsables de que percibamos el mundo de la manera en que lo hacemos. Así pues, al igual que el resto de “realidades” que nos rodean, el propio paisaje se acaba convirtiendo en catalizador de las imágenes que el fotógrafo crea en su mente. Si este último no pone mucho de su parte, el resultado obtenido será probablemente muy parecido al de otras personas y el lugar será el que determine completamente la fotografía. Si, por el contrario, el autor es capaz de involucrarse en un proceso imaginativo-creativo, entonces el resultado final tendrá un alto componente personal y el sitio se convertirá simplemente en el escenario donde llevar a cabo una idea.
Aquí llegaríamos al otro punto por el que creo que es tan difícil fotografiar paisajes: porque hay que estar dispuestos a invertir tiempo y energía en imaginar, visualizar y crear ideas en tu mente, y una vez hecho esto, visitar los lugares elegidos las veces que sean necesarias para poder realizar esas imágenes de las que siempre estaremos orgullosos, que nadie más tiene y que verdaderamente reflejan nuestra percepción personal de ese lugar. No es ninguna casualidad que el propio Galen Rowell llegase a escribir que “producimos nuestras mejores fotografías cuando las sentimos rebosar por cada poro de nuestro cuerpo”. Quizás el mayor problema de dedicarle energía a la realización de nuestra obra sea el confundir esa energía con el esfuerzo físico, de forma que terminemos pensando que a mayor dificultad, mejor resultado, cuando en realidad nuestro esfuerzo debe ir dirigido principalmente a saber plasmar en la imagen buena parte de nuestra percepción personal. En el terreno musical, “al igual que se requiere energía para producir y proyectar sonidos desde los instrumentos musicales, también necesitan energía los intérpretes para emplear sus sentimientos e infundir los sonidos con emociones” (Paul F. Berliner). El fotógrafo Don McCullin no duda un momento de la importancia que tiene la conexión emocional con aquello que fotografías; de hecho, él cree que “si no eres capaz de sentir lo que estas mirando, entonces nunca vas a conseguir que los demás sientan algo cuando miren tus imágenes”.
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