En aquella ocasión, al escuchar la pregunta no pude evitar esbozar una tímida sonrisa. “¿No haces nada más?”, volvió a repetir. No me fue posible mentir, así que respondí que no, que eso era exactamente lo que hacía. Y en el fondo es así, hago fotografía de naturaleza; o de paisaje, que es como le gusta denominarla a mucha gente.
La gran cantidad de imágenes de naturaleza que circulan a nuestro alrededor como parte de anuncios, libros, revistas, artículos, campañas promocionales, posters, calendarios..., las ha convertido en algo cotidiano, familiar, en algo que a menudo difícilmente sorprende, algo corriente. En algo incluso banal, o insípido, que diría François Jullien. Y esta consideración, hasta cierto punto superficial, es la que ha hecho que demasiada gente haya terminado juzgando este tipo de fotografías únicamente por lo que veían sus ojos, sin intentar siquiera profundizar un poco en lo que pudiese haber detrás de la imagen. Sin intentar siquiera orientar un mínimo interés, no hacia lo que se muestra, sino hacia cómo se muestra, el momento, la sensibilidad del fotógrafo y su forma de abstraer lo que para él es significativo.
Pero en realidad ninguna cosa es banal por sí misma; es la sociedad, el observador y su juicio los que deciden colocar sobre ella una etiqueta determinada. Y si los paisajes llevan encima una etiqueta que los identifica como postales, como fotografías sencillas, como imágenes triviales o como reflejos más o menos fieles de la realidad es, en parte, porque muchos fotógrafos (y muchas más personas relacionadas con este mundo) siguen considerando que, puesto que el mundo natural está ahí afuera, al alcance de cualquiera, fotografiar un paisaje es cuestión de tener un equipo medianamente bueno y de aparecer en el sitio adecuado en el momento preciso. Son, de hecho, aún bastantes fotógrafos los que continúan pensando que el conocimiento del “dónde” es condición suficiente para poder realizar fotografías similares a todas aquellas que tanto admiramos.