Hace seis años, cuando Oriol Alamany y el que subscribe aceptamos el reto de escribir el libro
Fotógrafos de la naturaleza, éramos plenamente conscientes de la difícil tarea que supondría. Especialmente complicado era el abordar uno de sus tres capítulos, la historia de la fotografía de la naturaleza. No sólo existían pocas y fragmentadas fuentes de información para comprender su evolución en el mundo, sino que, para la de España, la situación era particularmente pobre.
Nuestro interés por revelar el pasado de esta especialidad no se encontraba aislado. Compañeros como Luis Miguel Ruiz y Antonio Sabater, que por aquel entonces habían compartido tareas en la directiva de la Asociación de Fotógrafos de la Naturaleza, también eran conscientes de la importancia por recuperar esa historia olvidada. Las invitaciones a impartir conferencias en sendos congresos anuales tanto a José Antonio Valverde, Juan Antonio Fernández y a Artur Sarró, o las publicaciones en
Iris de reseñas sobre Juan Antonio Fernández, Antonio Cano o Torres Faguás, fueron muestra de ello. Luego siguió un largo abandono en la tarea de recuperar la memoria, hasta que el año pasado, de nuevo, se invitó al congreso de fotógrafos a José Antonio Valverde. A la postre, no pudo ser más acertada dicha invitación que, ahora, suena a despedida.
El periodista ambiental José María Montero ha tenido la amabilidad de trazarnos un perfil de la labor científica y defensora del medio ambiente del viejo profesor. Sin embargo, tras su fallecimiento el pasado 13 de abril desaparece, además, el testigo del nacimiento de la fotografía española de fauna.
Anteriormente a la guerra civil española no existe un sólo autor que pueda considerarse fotógrafo de la naturaleza, con una salvedad. Emili Godes realizó hacia 1930 una exposición, aún hoy sorprendente, de macrofotografía, pero la contienda y los avatares de su vida lo apartaron de esta actividad. Caída en el olvido, serían, por tanto, los primeros pasos dados por Antonio Cano y Valverde en nidos de águila perdicera y quebrantahuesos a finales de los 50 los que darían inicio a la fotografía de fauna tal como hoy la conocemos. Por otra parte, Doñana era un polo magnético para ornitólogos y fotógrafos europeos, principalmente británicos. Ya desde inicios de siglo, R. B. Lodge, W. Farren, Bentley Beetham y George K. Yeates acudieron a su llamada y fotografiaron en la marisma. Valverde, valedor de este espacio, supo de la importancia de la presencia de fotógrafos para divulgar su existencia en una Europa de la cual España estaba aislada políticamente. El libro
Portrait of a Wilderness (
Wild Paradise en su versión americana), con texto de Guy Mountfort y fotografías de Eric Hosking, es buena muestra de ello.
La situación en el mundo era bien distinta. Frente a la juventud de la española, la fotografía de la naturaleza en el ámbito mundial se acerca a los dos siglos de antigüedad. Los trabajos en los prístinos paisajes del oeste americano de Carleton E. Watkins, Timothy O’Sullivan y Eadweard Muybridge datan de mediados del XIX. La descomposición del movimiento animal que llevó a la fama a este último se realizó en 1887, pero tres años antes el alemán Ottomar Anschütz ya congelara en imágenes cigüeñas silvestres en vuelo que, salvo la utilización de pesadas cámaras de placas y película en blanco y negro, no se diferencian formalmente en nada de las que muchos realizamos en nuestros días con cámaras, teleobjetivos y películas sofisticadas. A principios del siglo XX, George Shiras III y Carl George Schillings ya realizaban tomas con trampas fotográficas en las noches americanas y africanas, respectivamente, y en 1909 Arthur Radclyffe Dugmore tomaba la carga de un rinoceronte negro con su voluminosa cámara réflex de placas. A pesar de todas estas hazañas, el gran hito lo realizan los hermanos Kearton, que publican en 1895 el primer libro totalmente ilustrado con fotografías de animales silvestres.
Si bien Valverde abandonó sus primeros pinitos en la fotografía de la naturaleza para centrarse en su labor científica, otras generaciones fueron apareciendo. La obra de estos autores, poco o nada reconocida en su época, tiene el mérito de los exploradores que se internan en un terreno desconocido. No tenían maestros que les guiaran —la transferencia de conocimientos de los fotógrafos que acudieron a Doñana debió ser nula— y los equipos de aquella época eran extremadamente caros en una España que estaba saliendo de su aislamiento y se catalogaba como país en vías de desarrollo. Estos pioneros realizaron grandes trabajos que sólo rebuscando en viejas revistas podemos atisbar, quizás permaneciendo lo mejor de su obra deteriorándose en olvidados archivos.
La mayoría de estos autores trabajaron con entrega y calidad, como lo demuestran las placas de paisajes de los hermanos Jordi y Jaume Blassi o las tomas de alta velocidad de Mila Olano y Javier Etchevarri, pero son totalmente desconocidos para los fotógrafos actuales. No deja de sorprender la arrogancia de algunos de éstos al creer que son pioneros en la utilización de ciertas herramientas y técnicas —cuando no mero descaro al adjudicarse papeles que no les corresponden en la evolución de la fotografía española—. Y eso ocurre por el grave desconocimiento imperante: Sólo si conocemos nuestra historia podremos tener la perspectiva necesaria para poner cada cosa en su sitio.
Si pensamos que muchos de estos autores son actualmente personas de edad avanzada —cuando no ya fallecidos—, seremos conscientes de que sus relojes vitales no nos permiten demorarnos en la recuperación de sus papeles y de la vigencia de muchas de sus imágenes y planteamientos. Perder su memoria es perder nuestro pasado, perder nuestras referencias. Urge pues, recuperar este pasado y conservar sus archivos, para que nombres como Iñaki Amestoy, Jesús Elósegui, Rafael Trecu, Josep Ramon Pons Oliveras, , Luis Pechuán, Antonio Díaz de los Reyes, Antonio Camoyán, Ernesto Junco, Santiago Saavedra, Álvaro Silva, Ignacio García Fabregat, Francisco Ontañón, Xavier Palau, Javier Andrada, los franceses Charles Vaucher y hermanos Jean François y Michel Terrasse, los belgas Willy Suetens y Patrick van Groenendael, además de los ya citados anteriormente, no pasen al olvido definitivo.
En nuestra memoria quedan las gratas charlas con el profesor Valverde sobre aquellos tiempos en que Doñana aún era un paraíso salvaje.
Créditos
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Han colaborado en este número: Arturo Bullard, Antonio Luis Campos, José María García de Francisco, Miguel Guillén, José María Montero, Carlos Quandt y Pedro A. Sánchez Ayaso.
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